junio 10, 2012

Segundo debate entre la candidata y los candidatos a la Presidencia de la Republica





'De batirse' por Paco Calderón





México nuevo

Jean Meyer
Profesor e investigador del CIDE
jean.meyer@cide.edu
El Universal

Así se intitulaba, hace 51 años, un hermoso artículo de Jacques Madaule en el prestigiado diario francés Le Monde. “México cuenta hoy 35 millones de habitantes, es decir, que es el primer país de lengua española y el segundo más poblado de América Latina”. El autor profetizaba, con horror, que en 1981 íbamos a ser ¡50 millones¡ Se quedó corto. De esa vida intensa y joven no hay mejor ejemplo que la capital, México, que con sus más de 5 millones de habitantes es una de las más grandes ciudades del mundo. Lo sigue siendo.

La capital es… una mezcla muy mexicana de opulencia y pobreza, a la imagen del país, con un norte mucho más desarrollado que el sur; México se encuentra, un poco como Roma, a la bisagra de dos partes muy diferentes de este inmenso país. Eso no ha cambiado.

México es insuficientemente poblado en relación a su extenso territorio, pero lo es demasiado ya, con sus recursos actuales. Necesita que todo se desarrolle a un ritmo más rápido. Los encargados de la dirección económica del país lo saben perfectamente, pero se topan con unas coaliciones de intereses privados que deberán vencer. Sin comentario.

Por lo mismo se puede afirmar que la Revolución Mexicana no ha terminado. Sólo conoce una pausa, que no debería durar mucho más. Pero pasó la época cuando la Nueva España vivía como un imperio ermitaño, aislada del mundo entero.

Dependemos, como todas las naciones, del contexto internacional, y ahora mucho más todavía que en 1961, cuando un joven J.F. Kennedy levantaba el entusiasmo de los mexicanos, cuando la guerra fría pasaba por la casi tragedia de la crisis de los misiles en Cuba. Mundialización y globalización son las claves de la situación y el PRD dista mucho de llegar al poder mientras que del PRI, ¿qué se puede esperar? Muchos de los suyos consideran que el país les pertenece, que lo del año 2000 se debe a la traición del presidente Zedillo, que el PAN usurpó el ejercicio y el gozo del poder, y que el PRD es el cesto de la basura del Revolucionario Institucional. Ahora vienen a “vengarse” (¿de qué?), a cobrárselas a los que se atrevieron a gobernar sin ellos.

Después de las elecciones, el vencedor deberá recordar que el atropellar a los hombres con apoderarse de sus bienes, por el camino de la corrupción y del saqueo del erario, equivale a anular la voluntad de laborar por los logros y el mejoramiento, porque vemos que el fruto de nuestros afanes concluye en la riqueza de los políticos que nos lo arrebatan. El desaliento de la ciudadanía es siempre proporcional a las vejaciones padecidas; si los actos de explotación, las vejaciones, los abusos, en lugar de disminuir, aumentan, la desmoralización y/o el enojo de la nación no dejarán de aumentar.

Los nuevos timoneles de la gran nave mexicana harían bien en escuchar al sabio Ibn Jaldún, quien desde un lejano año 1400 les dice: “el progreso social y la actividad de su desarrollo dependen del trabajo y de la aplicación de los hombres a los medios de ganancia y bienestar. Si el pueblo se limita al sustento cotidiano y carece de ánimo para procurar el mejoramiento, los recursos del desarrollo colectivo acaban por paralizarse, la situación social se trastorna y la gente se dispersa para buscar en otros países los medios de existencia que no encuentra en el suyo”. Cito Al Muqadimmah, en la traducción del Fondo de Cultura, capítulo XLIII: “un gobierno opresivo ocasiona la ruina del progreso público”.

Dejo la palabra a Cicerón: las finanzas públicas deben ser sanas, el presupuesto equilibrado, la deuda pública reducida, la arrogancia de la administración combatida y controlada. La población debe aprender a trabajar en lugar de vivir de la ayuda pública. Cincuenta y cinco años antes de Cristo. ¿México nuevo? Sabiduría antigua.

Todo lo que ha cambiado

Enrique Krauze (@EnriqueKrauze)
Reforma

En el debate de esta noche, los candidatos podrán mostrarse como son, presentar sus propuestas y darse "hasta con la cubeta". Además, gracias a la demanda de los estudiantes, lo harán con una amplia cobertura nacional. Todo lo cual me ha hecho pensar cuánto ha cambiado el país desde el trágico 10 de junio de 1971, Jueves de Corpus, que mi generación no podrá olvidar.

Algunos de los líderes del movimiento de 68 acababan de salir de la cárcel, no por un acto de justicia sino por la gracia del "Señor Presidente". Para mostrar que el impulso de libertad seguía vivo, se convocó a una marcha, la primera desde la matanza de Tlatelolco. De pronto, cuando la manifestación avanzaba por la Avenida San Cosme, fue atacada por unos misteriosos jóvenes armados con varas de Kendo, que lanzaban piedras sobre los ventanales y aparadores al grito de "¡Viva el Ché Guevara! Eran los famosos "Halcones", grupo de choque de supuestos "estudiantes" entrenado especialmente por el gobierno para reprimir estudiantes. Los golpeaban y subían a unas camionetas sin placas, con rumbo desconocido. Varios tanques antimotines apoyaban la operación. Las ráfagas de metralleta tardaron horas en acallarse. Al atardecer, los "Halcones" revisaban los camiones de pasajeros pistola en mano para atrapar a los manifestantes. Por la noche, entraron al Hospital Rubén Leñero para ultimarlos. Nadie supo el número de heridos y muertos. El Presidente Echeverría prometió una investigación que nunca se realizó.

Ése era el México de la Presidencia Imperial, cuando el Presidente tenía el monopolio de la violencia legítima y de la violencia impune. Además de los inmensos poderes (políticos, económicos, militares, diplomáticos) que detentaba constitucionalmente, el Presidente imperaba como un sol sobre los planetas que giraban en torno suyo. Los poderes formales (Congreso, Suprema Corte, los gobernadores, los presidentes municipales) dependían del Presidente. Los burócratas, buena parte de los obreros sindicalizados y las uniones campesinas congregadas en el PRI se subordinaban al Presidente. Los empresarios y la Iglesia tomaban en cuenta las directrices del Presidente. Las empresas descentralizadas y paraestatales obedecían los lineamientos del Presidente. La Hacienda Pública y el Banco de México se manejaban discrecionalmente desde los Pinos. Los medios de comunicación masiva eran soldados del Presidente. El gobierno organizaba las elecciones y el PRI (con su infinita alquimia) las ganaba de todas, todas. Sólo algunos periódicos, revistas y casas editoriales eran independientes. La única oposición democrática era la que desde 1939 ejercía el PAN. La oposición revolucionaria de izquierda se refugió mayormente en la Academia o se fue a la sierra.

Después de aquel 10 de junio, buena parte del Establishment intelectual defendió al Presidente. Fernando Benítez declaró que México tenía un dilema: "O Echeverría o el fascismo", y Carlos Fuentes escribió que no apoyar a Echeverría era "un crimen histórico". De inmediato, Gabriel Zaid mandó a Carlos Monsiváis (director del suplemento "La Cultura en México", de Siempre!), un artículo que incluía la frase: "El único criminal histórico de México es Luis Echeverría". Monsiváis optó por no publicarlo y Zaid dejó de escribir en Siempre! Por eso fue tan importante que el viejo de la tribu, Daniel Cosío Villegas, criticara públicamente a Echeverría y al régimen, desde los valores y principios de la democracia liberal.

Cuarenta y un años más tarde, México ha cambiado porque adoptó los valores y principios de la democracia liberal. La Presidencia Imperial ha desaparecido. El Presidente sólo puede hacer uso (bueno o malo) de sus poderes constitucionales. Hay genuina división de poderes: el Congreso es independiente y la Suprema Corte es autónoma. El Federalismo se ha vuelto real: los gobernadores son sus propios dueños, y si hacen un uso "imperial", corrupto e impune de su poder local, al menos corren el riesgo (que no ocurría antes) de que la prensa o sus adversarios los descubran. Los grandes sindicatos del Sector Público no son transparentes ni democráticos pero tampoco obedecen ya al Presidente. Los grupos empresariales operan con mayor independencia del Estado, la Iglesia actúa sin ataduras, y los medios de comunicación gozan de la más plena libertad de expresión. Si algunos empresarios y sindicatos abusan de la libertad (con prácticas monopólicas) y los medios masivos hacen lo mismo (con prácticas poco transparentes), las leyes deben acotarlos.

Cuarenta y un años más tarde, un instituto ciudadano autónomo maneja las elecciones. Un millón de vecinos interviene en el conteo. La oposición al gobierno en turno es mayoritaria. La ejercen el PRI, el PRD y los otros partidos. Y la ejercen revistas, periódicos, estaciones de radio, comunicadores, periodistas, académicos, intelectuales, estudiantes, grupos de la sociedad civil y las redes sociales, ese ejército creciente multitudinario, muchas veces intolerante, que sin embargo sirve a la libertad.

Gane quien gane en el debate de hoy, gane quien gane el 1 de julio, hay que cuidar el edificio de la democracia que tanto ha costado construir. Lo que nos queda es mejorar y modificar ese edificio, pero no minarlo y menos derruirlo. A quienes no se han enterado hay que recordárselos: Díaz Ordaz ha muerto y Echeverría ha sido juzgado por los tribunales. Éste diez de junio, sencillamente, no es aquél.

Lo impensable

Jorge Volpi (@jvolpi)
Reforma

Las negociaciones se han celebrado con el mayor sigilo: cualquier filtración podría quebrarlas por completo. A la casona en el sur de la ciudad han acudido sólo los más leales consejeros de los candidatos -ninguno de los cuales, por cierto, pertenece a la alta jerarquía de sus partidos. Los contactos informales se iniciaron poco después de la desastrosa presentación de Peña Nieto en la Universidad Iberoamericana y la consolidación del movimiento estudiantil. Tal vez si los jóvenes no se hubiesen atrevido a salir las calles y a unirse en un frente común contra el candidato del PRI la mera posibilidad de estas conversaciones hubiese sido imposible.

El riesgo, para los involucrados, ha sido muy alto. Los propios candidatos reconocen que sus partidos -y buena parte de sus seguidores- se sentirían traicionados pero, aun así, se han arriesgado a negociar. Aunque López Obrador fue quien al principio puso más obstáculos, al final, contradiciendo la tozudez que tantos le atribuyen, acabó por dar el sí. Vázquez Mota también albergaba resquemores, pero también acabó por dar luz verde a sus representantes. Los dos saben que, más allá de sus desavenencias, el resultado de estas pláticas podría darle un vuelco no sólo a la elección, sino a la historia reciente del país.

Tras dos semanas de frenéticos dimes y diretes, insultos y manotazos sobre la mesa, amenazas de ruptura y reconciliaciones in extremis, los negociadores redactan un borrador final. Nadie alberga demasiadas esperanzas: ¿quién podría imaginar que dos figuras tan distintas, tan opuestas, puedan llegar a ponerse de acuerdo sobre el futuro de la nación? Frente al borrador aprobado, López Obrador y Vázquez Mota expresan sus dudas. Resulta tan difícil imaginar políticos dispuestos a sacrificarse -a sacrificarse en verdad- por el bien común... Y sin embargo, en un abrumador golpe de timón, ambos estampan sus firmas en el documento.

El Pacto de la UNAM, como se le conoce por la vecindad de la casona con nuestra "máxima casa de estudios", no sólo implica un acuerdo electoral, sino un vasto programa de gobierno. Una arquitectura que, pese a los conflictos que de seguro acarreará en el futuro, los dos candidatos consideran equivalentes a los pactos de la Moncloa españoles: la reinvención democrática de México doce años después de haber expulsado al PRI de Los Pinos.

En el curso de una improvisada conferencia de prensa conjunta, previa al segundo debate, que toma por sorpresa al PRI, al gobierno y a la sociedad en su conjunto, López Obrador y Vázquez Mota comparecen lado a lado ante las cámaras. La solemnidad y relevancia de la cita no se le escapan a nadie, y pronto la prensa internacional celebra el acuerdo como el día en que México cambió. Frente al pasmo y el estupor generalizados, los dos anuncian la alianza que habrá de unirlos y detallan el mecanismo empleado para llegar al acuerdo.

Conforme a los datos de cuatro casas encuestadoras propuestas por ambos candidatos -anuncian-, López Obrador se halla en un claro segundo lugar en las encuestas, por lo que se convertirá en candidato único de esta especie de auténtica concertación mexicana, tan distinta de la farsa propuesta por Peña Nieto. Vázquez Mota, por su parte, ocupará el cargo de secretaria de Gobernación y jefa de Gabinete, en caso de ganar las elecciones. El gobierno pactado entre ambos contará con los mejores hombres y mujeres de cada partido, y ya anuncian los nombres de Juan Ramón de la Fuente, Alonso Lujambio, Marcelo Ebrard, Santiago Creel y buen número de independientes. El objetivo principal del acuerdo, aclaran, no es impedir que el PRI regrese al poder, sino articular una refundación integral del Estado mexicano, establecida en los 50 puntos que dan a conocer a continuación.

Las reacciones no se hacen de esperar: el PRI y sus aliados mediáticos, tan expuestos en estas semanas, no tardan en denunciar el matrimonio contra natura de los antiguos rivales, el propio gobierno federal muestra su rechazo, prominentes panistas e izquierdistas abandonan la alianza y anuncian su apoyo a Peña Nieto, pero el resto del país recibe la noticia con entusiasmo. La mayoría piensa que este Gobierno de Unidad Nacional es lo único que en verdad podría salvar a México. La seriedad y eficacia de Vázquez Mota constituirán un freno a las tendencias radicales y mesiánicas de López Obrador, mientras que la fuerza social de éste limará las aristas más conservadoras de su nueva compañera.

El 1o. de julio, a la medianoche, los resultados son contundentes: PRI-PVEM, 38.2% de los votos; la nueva Alianza por la Unidad Nacional, 56.3%. Rodeados por sus colaboradores y miles de ciudadanos entusiastas, Vázquez Mota levanta la mano de López Obrador. Éste, a su vez, le agradece su apoyo y alaba su valentía. Ambos se comprometen a cumplir con los principios de su acuerdo y a trabajar mano a mano por el bien del país. ¿Un relato impensable? Tal vez. Pero, en este mundo imaginario, nadie duda de que es lo mejor que podría ocurrirle a México.

¿Y si hubiera sido Ebrard?

Pascal Beltrán del Río (@beltrandelriomx)
Bitácora del director
Excélsior

Nunca sabremos qué habría sido de esta elección si Ebrard hubiese sido el candidato. Pero se vale imaginar que él sería un rival más completo.

El hubiera se presenta como una incógnita, pequeña o grande, en la vida de los individuos y las sociedades. Hace reflexionar sobre las decisiones tomadas y permite imaginar escenarios distintos.

Aunque el lugar común sea que no existe, el hubiera puede hacer que uno se alegre de no haber caído en desgracia o llore las oportunidades perdidas. En ese sentido, es un elemento de análisis.

Hace tres años, el periódico británico The Independent dedicó un largo reportaje a la pregunta: ¿qué habría pasado si el papa Clemente VII hubiera permitido que el rey Enrique VIII anulara su matrimonio con Catalina de Aragón?

No se trataba de un ejercicio fútil, histórica o periodísticamente. Se basaba en la revelación de documentos por parte del Vaticano en los que, en 1530, súbditos ingleses apelaban a la cabeza de la Iglesia católica para que aprobara la disolución de la pareja real, que, luego de 24 años de casada, no había podido procrear a un heredero al trono y así mantener la dinastía Tudor.

Para el historiador David Starkey, la negativa del Papa ha sido “el hecho más significativo de la historia de Inglaterra”, pues no sólo forjó el carácter de esa nación, sino que la impulsó a separarse cultural y políticamente de Europa y a buscar, en el otro lado del Atlántico, territorios para expandir las ideas protestantes.

Otro experto, Eamon Duffy, de la Universidad de Cambridge, ha probado que el catolicismo no era débil en Gran Bretaña en aquel tiempo y que la reforma que sucedió a la ruptura con Roma tuvo que ser impuesta por la fuerza.

Uno de los actos fundamentales del anglicanismo, consumado en su primera década, fue la traducción de la Biblia al inglés, lo cual rompió la arraigada tradición del uso del latín, pero no sólo eso, sino la popularización de la lectura del libro.

Entonces, ¿qué habría pasado si Clemente VII autoriza la anulación del matrimonio de Enrique VIII, tal como lo había hecho el papa Alejandro VI a favor del rey francés Luis XII en 1499? Los historiadores entrevistados por The Independent no tienen duda: el mundo sería hoy muy distinto. Entre otras cosas, la Gran Bretaña sería un país católico y quizá nunca hubiera sido la potencia en la que llegó a convertirse.

Pero no se trata de imaginar una cadena de acontecimientos a partir de los caprichos de la naturaleza o chifladuras como aquella de “si mi tía tuviera ruedas…” Por ejemplo, no es cosa de pensar qué habría pasado si Catalina de Aragón hubiera tenido un hijo varón, sino de evaluar las decisiones de los poderosos a la luz de lo sucedido después y como consecuencia de ellas.

En ese sentido, creo que la historia de la elección presidencial de 2012 se decidió el 15 de noviembre pasado, cuando se dieron a conocer los resultados de la serie de encuestas para elegir al candidato de la coalición de izquierda.

Ese día, en una conferencia en el hotel Hilton Alameda, Andrés Manuel López Obrador alcanzó su segunda candidatura presidencial y dejó en el camino al jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, quien le cedió el paso con una dignidad pocas veces vista en la política mexicana.

El gesto de Ebrard fue fundamental para lo que vendría después: la primera unificación de la izquierda en muchos años. Las facciones lopezobradoristas, cardenistas y las conocidas como Los Chuchos se unieron en torno de López Obrador. Se olvidaron viejos agravios y descalificaciones.

Nadie podría negar que López Obrador ha tenido éxitos en su campaña. Arrancó tercero en la contienda y logró rebasar a la panista Josefina Vázquez Mota (aunque la última encuesta de BGC-Excélsior los tiene empatados en segundo lugar). Uno de sus mayores logros ha sido capitalizar a su favor el movimiento de los jóvenes universitarios que rechazan el retorno del PRI a Los Pinos.

Sin embargo, estamos a tres semanas de las elecciones y López Obrador aún está a más de un dígito de distancia del priista Enrique Peña Nieto en la mayoría de las encuestas. Y no parece, salvo que ocurra un acontecimiento extraordinario —por ejemplo, en el debate de esta noche—, que el tiempo le vaya a alcanzar para remontar la distancia entre él y el puntero.

Y eso es porque, entre otras cosas, la candidatura de Vázquez Mota no da visos de derrumbarse. Al contrario, en las últimas dos semanas la ex secretaria de Estado subió cuatro puntos en la encuesta BGC-Excélsior, a raíz de haber arreciado sus ataques contra el candidato de la izquierda, de quien prácticamente no se había ocupado en la campaña. Al no caerse las perspectivas de Josefina, la cantidad de votantes panistas dispuestos a votar por otro candidato distinto al PRI es limitado. Y el tiempo sigue su marcha.

Sería temerario decir que la elección del 1 de julio esté ya decidida, pero cada día que pasa sin hechos que cambien el curso de la campaña —ya pasó un mes desde el acto en la Universidad Iberoamericana que desató una ola de antipriismo—, más se fortalece el puntero de las encuestas. Eso se siente en las últimas declaraciones de López Obrador, quien ha denunciado que se ha puesto en marcha un operativo de “fraude” en su contra.

Aquí es donde cabe preguntarse qué habría pasado si aquel 15 de noviembre Marcelo Ebrard hubiera sido declarado como el candidato de unidad de las izquierdas.

Se puede decir, objetivamente, que al jefe de Gobierno del Distrito Federal nadie le hubiera podido echar en cara que es un riesgo para la economía del país, como hoy sostienen el PRI y el PAN sobre López Obrador. Si algo ha sido Ebrard en su visión de futuro es pragmático y cuidadoso. En el tiempo que tengo de observarlo, nunca le he conocido una promesa o una acción de gobierno que no estén razonablemente sustentadas en datos.

Tampoco se podría acusar a Ebrard de abonar a la polarización del país ni de haber hecho un plantón en Reforma ni de acusar a quienes no piensan como él de ser títeres de los poderes fácticos.

No cabe duda que priistas y panistas habrían escarbado en su historia, en busca errores, inconsistencias y actos ilegales. Pero, sinceramente, ¿qué habrían encontrado que sea peor que lo que se usa hoy en spots negativos contra López Obrador? Probablemente nada.

Por otra parte, ¿habría podido Ebrard unificar a la izquierda como lo ha hecho AMLO? No veo por qué no, pues es un hombre claramente identificado con las ideas de esa corriente, aunque su éxito en ese sentido habría dependido de la capacidad de López Obrador de ser tan generoso con él como él lo ha sido.

Sin embargo, la verdadera diferencia no reside en eso sino en la posibilidad de que Ebrard recogiera una cantidad mayor de voto útil de lo que está captando AMLO. Las encuestas muestran a un porcentaje bajo de electores panistas dispuestos a votar por la izquierda para impedir que gane el PRI. Pero ¿cuántos sí habrían votado por Ebrard en un escenario idéntico al de hoy?

El jefe de Gobierno está concluyendo una muy exitosa gestión al frente del Distrito Federal. Tan es así que el candidato de la izquierda a sucederlo tiene un nivel de aceptación sin precedentes. La enorme mayoría de los capitalinos quiere continuidad en el gobierno local y eso es, en muy buena medida, por las cuentas que deja Ebrard.

En declaraciones recientes, el mandatario local ha contribuido a suavizar el clima de crispación de este proceso, haciendo un llamado a respetar el resultado del 1 de julio. También logró desactivar el choque que estuvo a punto de ocurrir, la noche del viernes, en el estadio Azteca, entre miembros del movimiento #YoSoy132 y presuntos porros del PRI que llegaron al partido México-Guyana en camiones fletados.

Ciertamente nunca sabremos qué habría sido de esta elección si Ebrard hubiese sido el candidato. Pero se vale imaginar que un aspirante como él sería, en las circunstancias actuales, un rival más completo para enfrentar a Enrique Peña Nieto.

Quizá éste, si finalmente gana la contienda, voltee hacia los hechos del 15 de noviembre y diga: “De la que me salvé”.

Ya llegó la intervención

Alberto Peláez
Visor Internacional
Milenio

Veamos. El tema, yo lo veo así. A España no le hace falta que la intervengan porque en el fondo ya lo está. El presidente del gobierno, Mariano Rajoy, habla por boca de su amo: el presidente del Banco Central Europeo, el italiano Draghi; el presidente de la Comisión Europea, el portugués Durao Barroso; la presidenta del Fondo Monetario Internacional, la francesa Lagarde y la canciller alemana, Angela Merkel. Representan a los cuatro jinetes del Apocalipsis, los cuatro puntos cardinales, con un país, España, que no tiene ni idea hacia dónde tirar.

Hoy por hoy, España va hacia la deriva. La puntilla se la ha colocado la banca española y, en una parte importante, la cuarta entidad financiera: BANKIA. Hace seis meses, este gigante con más de diez millones de clientes, presentó sus cuentas con unos resultados positivos de trescientos millones de euros. Hace tan solo unas semanas, había un déficit de más de tres mil millones. El gobierno de Rajoy ha optado por la nacionalización de BANKIA con una previsión de fondos que supera los veinticuatro mil millones de euros, unos treinta mil millones de dólares.

Con esta situación, los mercados están muy preocupados con España. De una manera o de otra, ha pasado lo que con Grecia, que no hemos dicho toda la verdad. La banca no es tan potente como se decía, ni mucho menos; el déficit del Estado no es del 6 por ciento como dijo el Gobierno de Zapatero sino del 8.5 por ciento es decir, 250 mil millones más, es decir, una cantidad no menor.

Con este panorama, el barco español navega a una deriva desconocida. Eso sí, por el camino va tirando combustible en forma de evasión de capitales. El dinero es miedoso y más, sus dueños. En los últimos meses, más de cien mil millones de euros han salido de las arcas españolas en forma de evasión de capitales.

Pero ¿cómo van a tener confianza en España, unos mercados que son tiburones? Es que no hay un dato para la esperanza. La deuda de las familias españolas supera los 855 mil millones de euros, es decir más de 900 mil millones de dólares, un mundo de dinero que nos afecta a todos los españoles en menor o mayor grado.

Hace menos de una década el dinero era muy barato. Las hipotecas, los créditos, todo era sencillo de conseguir y barato de pagar. ¿Qué ocurrió? Que muchos españoles pidieron prestado para comprarse una casa, un coche, unas vacaciones o todo al mismo tiempo. Ahora, tenemos que devolverlo para pagar el déficit privado.

El déficit público también anda desbocado. Las Comunidades Autónomas y el Estado Central se lo han consumido todo.

A este panorama, hay que contar además que los intereses de la deuda española en el exterior, la famosa prima de riesgo, son cada vez más caros. Va a llegar un momento en que no vamos a poder pagar.

¿Cómo van a confiar los mercados? ¿Cómo vamos a confiarnos a nosotros de nosotros mismos? La intervención ya está aquí.

#NiñosOrgullosos