junio 17, 2012

'Al averno' por Paco Calderón





Mi voto

Luis Rubio (@lrubiof)
Reforma

Llegó el momento de decidir: la oportunidad que cada ciudadano tiene que traducir su experiencia y responsabilidad en un voto. Cada uno de los contendientes tiene activos y pasivos y cada uno de ellos entraña una visión distinta del futuro. Explico aquí mi voto.

En una sociedad abierta, los ciudadanos deciden quién los va a gobernar por medio de una marca en una papeleta, acción que parece pequeña pero que constituye una decisión fundamental: ahí el ciudadano resume sus expectativas para mejorar su vida. Aunque un candidato nos pueda gustar más que otro, lo crucial es saber quién de ellos sabrá responder cuando venga el momento de tomar decisiones en circunstancias de crisis que, por definición, no son anticipables y no están en un script. En ese momento -que siempre se presenta- lo único que cuenta es la fortaleza de la personalidad y temperamento del presidente, lo que en inglés se llama character. No existe traducción perfecta pero el concepto engloba la entereza, valores y visión de quien está a cargo. Por eso la persona importa.

En estos meses los candidatos nos han saturado de mensajes y discursos. Mucho de eso acabará en el basurero de la historia porque el calor de la contienda genera propuestas e ideas que no siempre son factibles (o deseables) en la realidad del gobernante. Quien gane la elección tendrá que definir no sólo objetivos y estrategias, sino el personal que será responsable de llevarlos a la práctica. Ya hemos visto los costos de los equipos pobres y/o leales. Será clave un equipo profesional y excepcionalmente capacitado que rompa los entuertos, independientemente de su origen partidista.

El contexto que caracteriza al país requiere habilidades muy particulares. Justo en el momento de mayor cambio y turbulencia en el país y en el mundo (1994-2012), tuvimos tres presidentes que no contaban con las habilidades políticas para sumar contrincantes y enfrentar desafíos sin parangón. En los próximos seis años el país tendrá que alcanzar al menos dos cosas: la reconciliación política interna que siente las bases para la construcción de un nuevo régimen: un país de instituciones; y la transformación de las estructuras económicas para eliminar los privilegios, monopolios y fuentes de favoritismo que resultan en tasas tan pobres de crecimiento. ¿Cuál de los candidatos tiene la capacidad y visión para avanzar estos objetivos manteniendo la estabilidad?

Desde mi perspectiva, hay cuatro factores o atributos esenciales que definen a la mejor persona para gobernarnos. Primero, valores: sus creencias, visión del mundo y concepción del ciudadano frente al gobierno. Segundo, su talento ejecutivo: capacidad de definir objetivos, armar equipos, supervisar subalternos y responder cuando las circunstancias cambian. Tercero, habilidad y disposición a negociar con los contrarios. Finalmente, la entereza para mantener la ecuanimidad y claridad de visión para no perder el rumbo en las buenas y en las malas.

Mi voto es para el candidato que reúne estos atributos. En cuanto a sus valores, cree en la libertad de las personas como esencia de la vida, respeta creencias y preferencias distintas a las suyas, tiene una profunda preocupación por la pobreza y la desigualdad y sabe que sólo sumando -una coalición- y construyendo instituciones se puede construir para el futuro. Su ética es la de una ciudadana que entró como adulto a la política y que separa lo propio de lo público con una nitidez sin parangón. Tiene una particular convicción que es la de la igualdad de oportunidades para todos, comenzando por los que llegan con mayores desventajas a la vida.

En la década pasada, observé a Josefina Vázquez Mota como secretaria de desarrollo social, de educación y como líder de su bancada: en cada uno de esos puestos mostró una impactante capacidad ejecutiva, muy superior a la de Calderón. Como jefa supo armar los mejores equipos, se deshizo de quienes no funcionaban, exigía cuentas precisas y no tenía problema de trabajar con gente más capaz que ella. Me la imagino invitando a su equipo a los mejores, independientemente de partido o ideología: quienes sumen y puedan resolver los problemas del país. No es experta en todos los asuntos y por eso busca al mejor talento, sin limitarse al que está en su grupo cercano. Cuando no conoce un tema, pregunta y tiene una prodigiosa capacidad para entender y actuar.

En la SEP demostró capacidad negociadora y no tuvo dificultad alguna para entenderse con la líder magisterial y llevarla a una reforma innovadora: fin a la venta de plazas y compensación a los maestros en función del desempeño de los niños en exámenes estandarizados, ambos anatema para el sindicato. Cuando los huracanes, conoció la pobreza y desesperanza más agudas y se abocó a resolver las causas, no sólo a atenuar los síntomas: cambió e institucionalizó Oportunidades y eliminó la politización en el reparto de víveres y otros apoyos.

Entró a la política como ciudadana y no ha dejado de serlo. Entiende el estado de ánimo del país y lo que ha logrado ha sido producto de su esfuerzo, capacidad, sensibilidad y visión. No es dogmática y, por sobre todo, es una persona con sentido común.

Conocí a Josefina hace más de veinte años porque un día la escuché en el radio y de inmediato la busqué para invitarla a incorporarse a mi institución (no aceptó). A lo largo de todos estos años, la he visto en momentos de éxito y en momentos de dificultad. Jamás perdió la brújula. Siempre, hasta en las peores circunstancias, supo reagruparse y seguir adelante. Como todos los humanos, tiene falibilidades pero su historia muestra enorme capacidad de aprendizaje y autocontrol. Detrás de su sonrisa hay una política que calcula y que ha demostrado una y otra vez capacidad para decidir, torcer brazos y sumar a sus interlocutores, hasta a los más difíciles. Lo que muchos interpretan como suavidad no es más que disposición a escuchar y a sumar: dominó al Congreso e hizo posible la aprobación de prácticamente toda la agenda del presidente. No teme a los asuntos más peligrosos. Cuando actúa, nadie la para.

Es evidente que los tres contendientes tienen cualidades y experiencias valiosas. Sin embargo, estoy convencido que sólo ella reúne la mejor combinación de atributos, capacidades y visión. También tengo la certeza de que sólo ella tiene la capacidad de nombrar al equipo más capaz de resolver los problemas de seguridad, economía, empleo y estructura institucional porque no tiene miedo de invitar a quienes tengan las habilidades y darles la totalidad de su apoyo para lograrlo. Ya es tiempo de que tengamos en la presidencia a alguien con los pantalones bien puestos.

No al voto nulo

Jorge Zepeda Patterson
El Universal

En muchas charlas de sobremesa en las que se discute por quién votar, el tema ya no es de preferencias sino de descartes: ¿cuál es el menos malo?

A estas alturas la clase política que tenemos ha terminado por ser parte del problema más que de la solución. Partidos facciosos que deciden los asuntos públicos de acuerdo con el interés de las carreras políticas de sus líderes. Funcionarios corruptos procedentes de todas las corrientes ideológicas. Elecciones internas plagadas de cuchilladas traperas entre los propios correligionarios. Parálisis en la toma de decisiones por el egoísmo cortoplacista de los protagonistas.

Es explicable que algunos ciudadanos hayan decidido optar por anular su voto. Es una manera de decir a los partidos “no nos gusta lo que me ofrecen, no votaré por ninguno, pero ejerceré mi derecho ciudadano”.

Me parece, sin embargo, que el voto nulo sería un error. Primero, porque pese a que intenta pasar un mensaje de inconformidad por la oferta disponible, al no optar por ninguno, en realidad no es neutral. Anular el voto en la práctica implica optar por el puntero, en este caso Enrique Peña Nieto. Un voto nulo es un voto que se sustrae de la competencia, es decir, un peligro menos para el que llega con ventaja al día de la elección. Por supuesto, cada quien está en su derecho de votar como guste, pero debe ser consciente del efecto político de su decisión.

La segunda objeción me parece más importante. El 1 de julio tenemos que ir a votar por nosotros mismos, para nosotros mismos. Los cambios que el país necesita no van a venir por obra y gracia de la clase política que nos gobierna, no importa quién gane la elección. Incluso si el nuevo presidente decide convertirse en un verdadero demócrata, sea cual sea quien gane, encontrará la formidable resistencia de los grupos de poder.

El cambio de fondo sólo puede venir por la presión de los ciudadanos. Las modificaciones que el PRI introdujo en los años 90, cuando abrió el sistema electoral con un IFE ciudadano y reconoció los primeros triunfos de la oposición no fueron una graciosa concesión de Los Pinos. Fueron producto de la creciente insatisfacción de la sociedad, incapaz de ser contenida por las estructuras del viejo régimen. Desde el movimiento del EZLN en Chiapas hasta las protestas cada vez más amplias de los panistas, pasando por descontentos de las bases sindicales, una explosión del activismo social en multitud de ONG, una prensa crecientemente crítica.

Votar nulo o votar por cualquiera de los candidatos no servirá de nada si luego de ello la sociedad se apoltrona y otorga durante otros seis años una patente de corso para que la clase política haga de los asunto públicos su coto privado. No hay democracia real sin participación activa del ciudadano: presionando a través de las redes, participando en organizaciones de toda índole, exigiendo rendición de cuentas, consumiendo medios de comunicación independientes del poder, saliendo a la calle cuando algún tema nos involucre, influyendo en la opinión pública.

¿Y qué tiene que ver esto con el voto nulo? Me parece que votar por alguien nos responsabiliza. Puede ser que signifique votar por el menos malo, en efecto, pero nos obliga a comprometernos con el mundo real, y no quedarnos en el deseo utópico de que las cosas fueran diferentes. Hay que partir de lo que tenemos (esos candidatos y no otros) y exigir a cambio de nuestro voto un desempeño de cara a los intereses de la sociedad. Haber votado en favor o haber votado en contra de quien finalmente gane es, me parece, un principio activo. Para exigir, para apoyar o para rechazar los actos de gobierno de aquel sobre quien ejercimos un juicio activo en la elección.

Votar nulo es una manera de lavarse las manos moralmente, pero fácilmente puede derivar en el desinterés, en la cómoda actitud de quien no se siente involucrado con la cosa pública. Nada tuvo que ver, ni en favor ni en contra de aquel que nos gobierna. Votar nulo equivale a decir “no participo en su mascarada”, pero esa posición fácilmente puede extenderse al resto de la vida política, al resto del sexenio.

No digo que votar por alguien nos convierte en ciudadanos activos. Pero es un acto que compromete. O debería. En todo caso es un principio activo, un primer paso de la marcha para convertirnos en verdaderos ciudadanos. Lo que me queda claro es que una democracia es imposible sin demócratas, y la clase política actual dista de serlo. Y sólo lo será en la medida en que la obliguemos. Para botarlos primero hay que votarlos.

1 de julio: la esperanza desmedida

Pascal Beltrán del Río (@beltrandelriomx)
Bitácora del director
Excélsior

Ahí vamos de nuevo. En dos semanas, como cada seis años, depositaremos el voto por el hombre o la mujer que, creamos —porque la propaganda política no nos deja opción—, puede sacar al país del atolladero en que nos metió la persona por la que votamos la vez anterior para sacarnos del otro atolladero.

Digo que la propaganda no nos deja otra opción porque entre los millones de spots con que nos han bombardeado día y noche, o en las decenas de millones de carteles que tapizan nuestras calles, no hay un solo reconocimiento de lo que la experiencia nos muestra como obvio: lo que el próximo Presidente de la República pueda hacer en beneficio de la mayoría es sumamente limitado.

No soy nihilista, estimado lector, pero tampoco desmemoriado. Es cierto que hemos ampliado, como sociedad, la gama de las alternativas políticas. Antes de 1988, la oposición en México era simplemente testimonial. Y el sistema político era tan perverso que, incluso con candidato único, como sucedió en 1976, éste logró 16.7 millones de sufragios a su favor, casi 70% de quienes se encontraban entonces inscritos para votar.

Eso ha cambiado drásticamente. Desde 2000 gobierna otro partido político; la posibilidad de alternancia es real. Hoy nuestra democracia tiene un grado de incertidumbre respecto de quién ganará la próxima elección presidencial. Y todo eso es bueno.

Sin embargo, persiste una esperanza desmedida de que el Presidente de la República tiene la capacidad, por sí mismo, de conducir al país a un estadio superior de desarrollo, de acabar con la desigualdad social, de desaparecer la violencia criminal.

Por desgracia no hemos superado esa noción —perfeccionada en el autoritarismo, y que seguramente se remonta a nuestros orígenes como nación— de que el Presidente, el Primer Mandatario, el Tlatoani, nos guiará hacia la tierra prometida, como hizo Tezcacóatl con las tribus que migraron desde Aztlán.

Yo no sé quién va a ganar la elección del próximo domingo 1 de julio. En lo personal, me da lo mismo, pues mi trabajo como periodista será esencialmente igual si el Presidente se apellida López Obrador, Peña Nieto o Vázquez Mota.

Lo que sí sé —y no porque sea adivino, sino que la historia resulta una gran guía— es que poner nuestra confianza en un hombre o una mujer para resolver los problemas que tenemos como sociedad, o, más aún, abrazar las oportunidades que nos da el mundo global y que hemos desperdiciado en los últimos años, es simple fe sin sustento.

No me impresionan los actuales candidatos a la Presidencia, aunque tampoco cometería la mezquindad de decir que no les encuentro atributo alguno. Los cuatro aspirantes tienen méritos, pero el tamaño de los problemas los rebasa si todo lo que ofrecen es su talento y su propia visión.

Y ahí es donde los mexicanos hemos de reconocer que nos estancamos en la construcción de la democracia. Creamos, con muchos esfuerzos y recursos públicos, una arena electoral de piso parejo que garantiza que cualquiera de las tres grandes fuerzas políticas puede ganar la Presidencia y otros cargos importantes, como gubernaturas, o una mayoría en el Congreso.

Sin embargo, desde 1996, ¿qué adiciones revolucionarias hemos hecho a nuestra vida democrática?

Quizá aquí usted diga ¿cuáles hacen falta? Yo veo una que me parece muy importante: no hemos hecho nada por hacer florecer las organizaciones de la sociedad civil, indispensables para la conducción de los temas de interés público.

No sé si ha sido por el temor de los partidos de perder el monopolio que tienen en su relación con la sociedad: atender los problemas cotidianos de la gente de un modo chantajista, intercambiando soluciones a menudo temporales (el caso de las inundaciones es muy ilustrativo) por votos.

En la reciente Cumbre Ciudadana, convocada por decenas de organizaciones de la sociedad civil, quedó de manifiesto que éstas no cuentan con el marco legal ni el apoyo fiscal para desarrollarse. No debe sorprendernos que México tengo un número ínfimo de estas organizaciones respecto de otros países.

¿De qué otra forma pueden organizarse los ciudadanos para resolver problemas sociales y comunitarios sin pasar por el filtro de los partidos políticos y convertirse en clientela? Es cierto, en el Distrito Federal los comités vecinales deciden la aplicación de una partida pequeña del presupuesto, pero este tipo de derechos sigue siendo sumamente limitado a nivel nacional.

Nuestro sistema de gobierno dejó de ser dominado por un partido único y mutó en una partidocracia. Se amplió el número de miembros del club, pero nada más. Uno de los candidatos presidenciales, Andrés Manuel López Obrador, pide que no se le compare con sus competidores, pero ¿acaso él no utilizó su parte de las enormes prerrogativas que reciben los partidos políticos para sus campañas electorales? ¿No son todos los candidatos integrantes del mismo sistema monopolizado por la clase política?

No se trata de tirar a la basura lo que hemos construido como sociedad, sino reconocer que la casa ya quedó chica a nuestras necesidades y que hay que ponerle rápidamente otro piso.

Participar en la vida democrática no puede ser ir a votar cada seis años pensando que si gana nuestro candidato el país dejará atrás sus miserias y si pierde, se irá por el caño.

Incluso lo que tenemos está muy mal aprovechado. Sin duda, será más importante lo que ocurra en el Congreso los próximos años que lo que suceda en Los Pinos. Pero ¿cuántos se ocupan de la elección legislativa, a cuántos les interesa?

En el próximo trienio, nuestros representantes en la Cámara de Diputados y el Senado tendrán en sus manos la posibilidad de rediseñar un marco constitucional que mantiene al país anclado en una serie de mitos mientras otros países avanzan rápidamente en la pista global. Cuando uno viaja a Asia, es fácil darse cuenta de lo poco que importa lo acontecido hace 50 años, mientras que en México seguimos atorados en los tabúes de la Conquista.

Tenemos un marco legal anacrónico, lleno de parches. Y hace mucho que carecemos de una visión global.

No hemos sido capaces de responder las preguntas fundamentales que tiene que hacerse cualquier país que quiera ser competitivo hoy en día: ¿Qué le vamos a vender al mundo en diez, 20, 30 años? ¿Cuál es nuestra ventaja frente a otras naciones?

Esas no son cuestiones que puedan recaer en manos de un solo individuo, por mucha fe que tengamos en él o en ella y por mucho poder formal que tenga. Deben ser ambiciones colectivas, construidas con base en la mayoría más grande posible. Son retos que tenemos que resolver como país, y, en este momento, el mejor lugar para hacerlo es el Congreso.

Lo digo aunque sé muy bien que no tenemos, de lejos, la mejor calidad de representación política. No debe sorprender a nadie que los legisladores cuenten con uno de los niveles más bajos de popularidad en México, y esto deriva, en mi opinión, de que la ciudadanía no percibe que sus intereses estén bien representados.

Ese es el paradigma que hay que cambiar, pero no lo vamos a lograr si permitimos que domine la desmemoria sexenal: la creencia renovada de que el próximo Presidente de la República es el partero del renacimiento de la nación.

Vea lo que prometen los candidatos en sus spots: uno pone su autógrafo en una bolsa de papel estrasa y con eso garantiza el éxito de un negocio, como si a partir del 1 de diciembre le bastara al dueño simplemente con levantar la cortina; otro afirma que creará siete millones de empleos, como si no supiéramos que éstos dependen de las inversiones y que éstas no llegan si existe un clima de desconfianza.

Por eso, vote por quien quiera el 1 de julio, pero hágalo pensando que el próximo Presidente, por sí solo, únicamente puede hacer más mal que bien.

Si realmente quiere que cambie lo que estorba al desarrollo del país e impide un mayor equilibrio social, entonces participe, infórmese, discuta, comprométase. De entrada, exija a los legisladores que no se desestimule fiscalmente a las organizaciones de la sociedad civil, y que aprueben las reformas que México necesita para competir globalmente.

Téngalo por seguro: el mundo no nos va a esperar mientras le llega la iluminación al próximo Presidente.

Gasolina barata, menos impuestos… por cortesía de Obrador

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
La semana de Román Revueltas Retes
Milenio

Obrador ha dicho que si llega a gobernar bajará los precios de la gasolina y de la electricidad. Ah, y los impuestos también los va a disminuir, junto con los costes de los alimentos. O sea, que va a instaurar, de un plumazo, un paraíso de recompensas crecientes y esfuerzos menguantes. Me parece una propuesta tremendamente atractiva: más por menos. Casi nadie te promete cosas así. En el banco, por ejemplo, para que te reduzcan la tasa de interés tienes que ser un cliente modélico durante años enteros; el descuento que te ofrecen cuando compras un coche es porque lo vas a pagar de un tirón; las ofertas de los grandes almacenes suelen aplicarse a los artículos descontinuados; las rebajas llegan por el fin de la temporada; en fin, todo cuesta y siempre hay que pagar para que se generen las ganancias que determina el mercado.

Tal vez aquí, en el concepto de “ganancia”, es donde está el problema. Y es que, con perdón, los mexicanos tenemos una cultura muy extraña y muy contradictoria. Somos, creo yo, un pueblo de comerciantes. Miren ustedes, para mayores señas, cómo han sido invadidas las calles de nuestras ciudades y cómo hemos privatizado unos espacios públicos que ahora están en poder de los llamados mercaderes ambulantes. Al mismo tiempo, tenemos una declarada aversión al individuo emprendedor y la riqueza (la ganancia) que haya podido atesorar siempre estará bajo sospecha. Pero, a la vez, el ideal de mucha gente es llegar a colocarse en un cargo gubernamental —es decir, conseguir una plaza en la burocracia— y, ahí, disponer, entre otras cosas, de la facultad de heredarle dicha plaza a un familiar en lo que viene siendo el más escandaloso acto de privatización del patrimonio común de los ciudadanos, a saber, la apropiación de un puesto que deja así de pertenecerle al Estado mexicano y se convierte en la posesión personalísima de un individuo particular. Y esto, mientras los políticos nos recetan un discurso exaltando lo público y defendiendo lo estatal: ¿no nos dicen que el petróleo, explotado y administrado por Pemex, es “patrimonio de todos los mexicanos”? ¿Y no defienden también una tal “rectoría” del Estado?

Nuestras contradicciones son colosales: en las ciudades del mundo desarrollado, el transporte público —que nunca es rentable— está administrado por las autoridades municipales. Pues bien, aquí vivimos bajo la dictadura del microbús todopoderoso, conducido por el troglodita de turno, en un esquema tan privado como ineficiente y peligroso para los usuarios. Y en todas las localidades de la República circulan buses humeantes, ruidosos y desvencijados operados por corporaciones cuyos dueños, por lo visto, son absolutamente intocables porque ninguna autoridad les pide cuentas ni se atreve a quitarles la concesión para, ahí sí, estatizar un servicio público. Por fin ¿somos estatistas de corazón (feroces defensores de Pemex) o promotores descarados de la iniciativa privada (valedores de las mafias y los monopolios particulares)?

Ah, pero si se trata de consumir ciertos productos, bienes o servicios, pues entonces exigimos que papá Gobierno aporte los dineros que nosotros deberíamos de apoquinar. Esos 300 mil millones de pesos que Obrador se va a sacar de la chistera, ¿dónde están? Pues, muy sencillo, los dilapida el Gobierno en subsidios para que la gasolina no nos resulte muy costosa. Nunca ha dicho el hombre, sin embargo, que vamos a tener que pagar un litro de Magna al precio que cuesta. Al contrario, nos avisa que van a bajar los precios. Y esto, mientras Obama se preocupa grandemente de no ser reelegido si es que sigue subiendo el galón de gasolina en su país. El hombre más poderoso del planeta no puede controlar en lo absoluto los mercados energéticos pero, miren ustedes, aquí Obrador nos promete, desde ya, las rebajas.

En esto, curiosamente, no opera el principio de la “ganancia” sino el de una pérdida colectiva que pareciera no quitarnos el sueño aunque la plata salga de nuestros bolsillos de contribuyentes. Tampoco nos inquieta demasiado el secuestro de lo público por los antedichos grupos corporativos y unas mafias (otras) de las que Obrador nunca ha siquiera hablado. Por lo que parece, esas ganancias, tan particulares como las de cualquier mercader, no le preocupan. Su cruzada es otra: la complacencia de los ciudadanos a punta de ofrecimientos populistas con cargo al erario, la denostación de la “ganancia mala” (la de los “ricos y los poderosos”, desde luego) y la permanente denuncia, deliberadamente selectiva, de ciertos “grupos” a los que nunca menciona por nombre y apellido. Hay que reconocer, eso sí, que el hombre conecta muy bien con nuestra contradictoria y confusa naturaleza.