junio 27, 2012

No hubo ni habrá fraude

Rubén Aguilar (@RubenAguilar)
Consultor y profesor de la Universidad Iberoamericana
raguilar@eleconomista.com.mx
El Economista


El Presidente Vicente Fox (2000-2006), en el marco de la veda comunicacional impuesta por el proceso electoral, se reunió en privado con una decena de medios, unas semanas antes de la elección presidencial del 2006. Los encuentros, celebrados en Los Pinos, sólo tenían el propósito de escuchar cómo los periodistas y académicos veían la elección. En ese grupo se encontraba la revista Nexos.

En la reunión José Woldenberg, en ese momento Director de la revista, y Héctor Aguilar Camín, uno de sus fundadores, plantearon al Presidente que la decisión del Consejo General del IFE de no dar a conocer, la noche de la elección, el resultado del conteo rápido si éste registraba una diferencia menor a 1% entre el primero y el segundo lugar, daría lugar a la desconfianza sobre el proceso y provocaría conflictos.

Woldenberg y Aguilar Camín recomendaron al Presidente que vía el Secretario de Gobernación, que era Carlos Abascal, se hablara con el Presidente del IFE, Luis Carlos Ugalde, para ver si era posible revertir esa decisión, que anunciaba tensiones y problemas. Abascal habló a Ugalde y éste le dijo que no estaba en sus manos dar marcha atrás a ese acuerdo del Consejo General, la máxima autoridad de la institución.

En Los Pinos, el día de la elección, se instalaron 10 pantallas donde se podía ver el resultado de las encuestas de salida. Las empresas que lo realizaron hicieron dos cortes ese día. Al final de la jornada, los números de todas coincidían y se movían en el rango de 0.40 y 0.60% de diferencia entre el primero y el segundo lugar. El mismo número que arrojó el conteo rápido del IFE, que no se dio a conocer, y coincidió con el resultado final de la elección que fue 0.52 por ciento.

El Consejo General del IFE aprobó que en la elección del próximo domingo se informe el resultado del conteo rápido, que estará listo hacia las 9 de la noche.

Éste con un alto nivel de certeza dirá quién es el ganador de la elección. No es el dato oficial, que se obtendrá en la noche del lunes 2 de julio, cuando termine de operar el PREP, ya con 98% de las casillas computadas, que será, no hay duda, el mismo que arrojó el conteo rápido el día anterior.

Ahora ya no habrá lugar a la duda y la sospecha. En el 2006 no debió haber existido. En esa ocasión casi 1 millón de ciudadanos se hizo cargo de la instalación de las casillas y el conteo de los votos. Su trabajo fue impecable. Lo mismo sucederá este domingo cuando más de 1 millón de ciudadanos cumplan su tarea. Ellos, no el IFE, son quienes se hacen cargo de la jornada y los que impiden la posibilidad del fraude.

Si alguien el próximo domingo argumenta fraude, para desconocer el resultado de la elección no tendrá sustento alguno. El sistema lo impide. En todo caso su descalificación no será del IFE, sino al millón de ciudadanos, todos voluntarios, que ese día se responsabilizan de la elección y actúan de garantes. Lo mejor del sistema electoral mexicano es precisamente eso, que el día de la jornada electoral los ciudadanos se hacen cargo de la misma.

La trifulca que sigue

Mauricio Merino
Investigador del CIDE
El Universal

Si alguien cree que el 1 de julio terminará esta competencia desenfrenada por el poder, verá pronto que se equivoca, porque desde el domingo la contienda continuará intacta. Las campañas habrán terminado y las elecciones se habrán celebrado; es probable, incluso, que haya un ganador oficial —si la diferencia entre el primero y el segundo lugar lo permite— y habrá discursos que serán recordados por siempre. Pero las dudas sembradas, los abusos de los partidos, las verdades a medias, y el encono social derivado de esta contienda seguirán vivos.

No hay ningún resultado, ninguna combinación y ningún escenario capaz de evitar la trifulca siguiente, porque la gran mayoría sigue creyendo que vivimos en una democracia de turnos y sigue pensando —animada por la forma en que esta nueva campaña se ha presentado en los medios— que quien gane la Presidencia ganará todo el poder. Como si no estuviéramos eligiendo al titular del Ejecutivo entre otros ocho mil puestos públicos, sino al monarca absoluto del reino, y como si éste, tras investirse con la corona del mando, estuviera obligado a excluir a todos sus adversarios sin contrapesos ni restricciones.

Como es evidente, desconfío de la clase política mexicana. Los dirigentes de los partidos políticos y sus candidatos han sido los principales beneficiarios del cambio de régimen, pero hasta ahora no han sabido honrar a la democracia. Por encima de los discursos más o menos beligerantes (o más o menos amables) con la actuación de las autoridades electorales, la conducta sistemática de los dirigentes políticos ha sido la deslealtad institucional: desde la más deliberada construcción de desconfianza hacia el IFE y el Trife, hasta el abuso estratégico de los medios legales para golpear a los adversarios —a sabiendas de que las autoridades se verán rebasadas— pasando por la vulneración táctica de las reglas del juego en el uso de los dineros, en la intervención de los gobiernos locales, en la construcción de clientelas con presupuestos públicos y en la oscuridad de las campañas locales.

Todos los partidos políticos han puesto su parte para convertir a los procesos electorales en una guerra entre enemigos irreconciliables, en vez de buscar la consolidación de la democracia, como un régimen capaz de procesar los conflictos de manera civilizada, construyendo equilibrios políticos productivos entre visiones distintas. Y mucho me temo que, tras esa deslealtad sistemática hacia los principios del régimen democrático, lo que vendrá luego del 1 de julio no será sino la reiteración de la desconfianza, del antagonismo y de la lógica de exclusión que inundó sus campañas. En esas condiciones, no habrá posibilidad alguna de celebrar los resultados electorales del domingo siguiente como la expresión libre y consciente de los ciudadanos. Más bien, habremos de contener la respiración hasta conocer de qué magnitud será el conflicto siguiente.

Si gana Peña Nieto, será inevitable que los partidarios de Andrés Manuel declaren el fraude que ya anticipan; si gana AMLO, serán los seguidores del PRI, quienes ya sienten la victoria en la bolsa, quienes se opongan al veredicto con todos los medios que tienen a mano —seguidos de un largo etcétera—; si gana Josefina Vázquez Mota, será imposible evitar la sospecha sobre la intervención del gobierno de Calderón en los resultados. Cualquiera que sea el desenlace, lo que se ha configurado para este domingo no es el final de un proceso destinado a elegir representantes políticos y redistribuir el poder por un periodo de tiempo, en armonía y con madurez, sino el principio anunciado de un nuevo conflicto de largo plazo.

Ningún régimen democrático puede resistir, infinitamente, la deslealtad sistemática de los partidos políticos que lo integran. Si algo bueno habría de traer el 1 de julio habría de ser la conciencia sobre la necesidad urgente de abrir el régimen de partidos que hoy tenemos, para darle una nueva oportunidad a los ciudadanos.

Paco Calderón




Campaña floja o ¿diferente?

Ernesto Canales Santos
Socio fundador del despacho Canales y Socios Abogados, S. C.
Colaborador Invitado
Reforma

La crítica más común que escucho sobre JVM es que su campaña se ha percibido como poco efectiva, ¿cómo puedes votar para Presidente de la República por una mujer que ni siquiera puede armar un equipo "fuerte y cohesivo" en su lucha electoral?

En cambio el de EPN avanza como una aplanadora haciendo añicos a cualquier obstáculo y dejándole un terreno terso para su lucimiento personal, igual el de AMLO aunque actuando de una manera más amorosa; de Quadri, bueno un farol de la calle, tenaz pero nada más.

¿Qué nos dice esto en cuanto a lo que podemos esperar de ellos como Presidentes de México? Yo creo que mucho.

¿Autoritarismo o Consenso? Lo primero no es lo nuevo y no sólo pertenece al viejo PRI, en el cual abrevaron los dos, EPN y AMLO, sino que es también a lo que la historia nos ha acostumbrado: reyes, imperios, pontífices, dictadores, guerras y un largo etcétera.

En cambio, lo de ahora, lo más avanzado en el mundo es buscar las soluciones escuchando a los expertos e interesados para encontrar la fórmula óptima, la que consense las mejores voluntades.

El lucimiento personal más inmediato, de efecto fotográfico electoral, está en mostrar un liderazgo avasallador, imponiendo planes y metas; previo a la campaña, ambos Candidatos del viejo PRI habían decidido sus acciones de gobierno, no como principios rectores, sino en forma de compromisos concretos.

¿De qué les han servido las campañas? Ciertamente no para enterarse qué pensamos los mexicanos, pero sí para vender promesas, no todas fundadas, como la de los once mil y pico de pesos de AMLO para cada uno de nosotros, con los ahorros en la burocracia, o el mejor ingreso general para todos en el país de EPN.

¿Por qué no le ha gustado a mucha gente la Campaña de Josefina? Concluyo que la balanza la inclinan en contra precisamente al enfrentar la personalidad de JVM no rodeada de las fanfarrias del autoritarismo.

¡Qué ironía! Pareciera que no rompemos aún el tabú del "tlatoani", nuestras capas culturales adormecen la capacidad de despertar a lo nuevo, nos quedamos sintiéndonos cómodos con un modelo anterior.

¿Qué más muestras de autoritarismo que el de EPN con su cláusula de gobernabilidad, para controlar el Congreso, o su discurso de cierre del primer debate en el que nos dice que en esta elección no solo estamos decidiendo por los siguientes seis años sino "... por muchos más"? Conste: ¡nos lo está advirtiendo!

"Yo sé cómo hacerlo; yo tengo mis números; confíen en mí ya lo pensé" grita AMLO día tras día ¿Nos gusta esto de entregar nuestra voluntad política como cheque en blanco? ¿Así nos comportamos cotidianamente? ¿Por qué hacerlo con el del PRD, antes del PRI?

"Soy un pragmático, un hombre de resultados, sin ideologías" le dice atlacomulcamente a Carlos Puig en entrevista para Letras Libres de junio; práctico y autoritario: en su sexenio, de darse, prevalecerán ineludiblemente las acciones que le lleguen con mayores presiones porque su desfogue e implementación le acarrearán beneficios más acelerados, pero ¿serán los mejores?

La lista de notables, no todos, que presentó AMLO como integrantes de su posible Gabinete es un perverso ejercicio para distraer a la gente de a pie de sus propuestas: "... yo ya las pensé y tengo un grupo (superior a ustedes) que me las avala, ustedes voten por mí y les irá mejor...". ¿Ah sí?, pregunto.

"Josefina no tiene propuestas, a cada auditorio le dice lo que quiere oír" escucho; en esta campaña he asistido a cerca de diez reuniones con la Candidata, de muy variado contenido y efectivamente en todas ha encontrado un tema apropiado para los que están presentes, ¿ganas de complacer o capacidad para detectar el palpitar de la gente?, ¿sensibilidad para adentrarse en la problemática que interesa al país?

Un gobierno de escuchas y de consensos puede ser muy ineficiente si el que lo encabeza no sabe tomar decisiones, ¿será el caso de Josefina?, ¿es esta manera de cómo ha manejado su campaña un anticipo?

Todo lo contrario, Josefina Vázquez Mota se le plantó a Felipe Calderón, Presidente de corte (muy) autoritario y le tumbó a su delfín Cordero, no se trató de un asunto menor, el afán de JVM para quedar bien tiene límites, a los que llegó sin procrastinar y a tiempo, por más precipicios que avizorara.

¿Qué podemos esperar de un Gobierno de la Candidata del PAN? Consensos, que los procura de manera natural, un número más grande de acuerdos entre múltiples interesados, más inclusiones de asuntos o puntos de vista de la ciudadanía que con los otros Candidatos.

JVM no es que haya tenido una campaña que refleja poco liderazgo, ha sido un espejo de una personalidad centrada en concertar divergencias, algo inusual en nuestra realidad política que nos coloca en estratos superiores para el desarrollo del país.

Además de su indisputada cualidad de Honestidad, podemos decir que Josefina es también diferente en la manera en que aborda los problemas.

Punto y aparte

Luis F. Aguilar
Reforma

Panistas, "ya no". Izquierda, "aún no". Priistas, "no más". Los demás no cuentan.

Así se puede resumir lo que se dice en la calle, con afirmaciones acaloradas y coloridas o con tono mesurado. Es también lo que registramos en el mundo fino de las opiniones de los medios, algunas analíticamente sólidas, otras simplemente bien escritas, con retórica elocuente. En cualquier caso, lo que se dice a cuatro días de las elecciones federales y estatales es algo comprobable. Muchos ciudadanos consideran que los panistas se deben ir porque tuvieron una extraordinaria oportunidad de dirección política del país, que desaprovecharon por su limitada capacidad para construir consensos y por su atascamiento en el manejo del asunto crítico de la seguridad y sus cementerios. Otros muchos consideran que la izquierda actual no debe llegar a la dirección del Estado porque no está aún lista para la tarea directiva nacional por razones varias, que van desde su inconsistencia institucional hasta una idea rupturista, colérica y hasta facciosa de gobierno. También otros muchos consideran que los priistas no deben regresar a gobernar porque su genética política los induce a repetir su historia de arbitrariedades, corrupciones, clientelismo. No tiene sentido reproducir los ya sabidos argumentos que se han utilizado para señalar y dramatizar los inconvenientes de cada uno de los partidos y candidatos y demostrar que el PAN debe irse ya, el PRI no debe volver jamás y el PRD con su coalición no está aún listo para gobernar en condiciones de democracia. Todo está dicho y la moneda está en el aire, aunque el resultado electoral no es asunto de suerte y menos de fraude.

Es probable que en este momento la mayor parte de los ciudadanos se hayan ya decidido por un candidato y partido, aunque hay muchos que aún no han tomado una decisión por la carga de sus ocupaciones privadas o porque sus deliberaciones todavía oscilan entre varios pros y contras, entre dudas, preocupaciones y esperanzas. De todos modos, en cuestión de horas todos decidiremos y cortaremos de tajo la perplejidad de nuestra deliberación mental, la cual sería interminable y no llegaría a conclusión alguna si se atuviera a su natural lógica de verdad, prueba, certeza. Decidir es cortar, etimológica y psicológicamente. Poner punto y aparte a un largo razonamiento cuyas conclusiones son insuficientes en varias situaciones de nuestra vida personal y asociada y no aportan elementos convincentes para saber qué querer y qué hacer. Decidir es inevitable en todas aquellas situaciones en las que el conocimiento no nos ofrece elementos seguros y ciertos para proyectar y desarrollar nuestras vidas, por lo que para poder seguir caminando con rumbo no tenemos más opción que optar, seleccionar, escoger entre proyectos diversos de vida, sin estar totalmente seguros de que sean los apropiados y realizables. Decidir es entonces asumir riesgos, optar por alguien o por algo a partir del conocimiento incompleto que tenemos, sin estar totalmente ciertos que la opción descartada pudiera ser la conveniente.

Esto es lo que sucede en la competencia electoral. Cognoscitivamente no estamos seguros de la validez y consecuencias de nuestra decisión por un candidato, que puede sustentarse en razones y no en ciegas pasiones, pero que no podrá jamás justificarse como totalmente verdadera y cierta. En este momento ni el analista político más informado cuenta con elementos para estar totalmente seguro de que el PAN deba irse, que el PRI no deba regresar y que la izquierda no esté preparada para gobernar en condiciones de democracia. La decisión en política es de validez parcial, partidaria (precisamente), pues descansa en conocimientos incompletos, tal como nos ha sucedido en nuestra vida, cuando nos hemos decidido por algunas de nuestras potencialidades y aspiraciones y hemos descartado otras, teniendo más tarde que revisarlas, corregirlas o cancelarlas, aprender. En el fondo es una preferencia por una opción de gobierno en vez de otra, que se sustenta en la información limitada y hasta precaria que tenemos sobre candidatos y partidos y que nos lleva a concluir que unos parecen más convenientes o menos inconvenientes que otros para conducir el país. Parecen, no necesariamente son.

Si Usted al votar es de los muchos que tienen algo o mucho que perder por su decisión, a diferencia de los que no tienen nada que perder o así lo creen, es de ayuda estar más seguros acerca de los inconvenientes del futuro gobernante que de sus ventajas probables. Fundamental es no encontrar nada en el pasado del candidato que muestre es oportunista en su adhesión a los principios de la democracia o que manifieste una crónica indisposición a acordar, integrar, pactar, o sea propenso a ejercer el poder en modo revanchista, permanentemente recriminador y discriminador, conflictivo. Elegir democráticamente gobernantes previsiblemente antidemocráticos es contradicción e insensatez.

El Sendero del Peje

Francisco Garfias (@panchogarfias)
www.elarsenal.net
Arsenal
Excélsior

La encuesta final de Covarrubias y Asociados, publicada por El Sendero del Peje, es un revés al discurso de fraude que Andrés Manuel López Obrador trajo cosido en los labios. Otorga diez puntos de ventaja a Peña Nieto sobre el tabasqueño.

No le hace que se trate de un ejercicio de la casa que ha realizado los sondeos para el candidato de las izquierdas o que se hayan publicado en un periódico digital que evoca el mote del tabasqueño y que dirige el buen Federico Arreola, un hombre que ha trabajado por la causa de AMLO.

Las descalificaciones llegaron de mero arriba. Ni El Peje ni Manuel Camacho Solís admiten los números de Covarrubias. La nota hubiese sido lo contrario. “No está bien hecha (la encuesta). Voy tres puntos arriba y se va a ampliar, lo estoy sintiendo en la calle”, le dijo López Obrador al teacher López-Dóriga.

En la versión de Andrés Manuel, las encuestas son “por encargo” o tienen errores. Los casos del periódico Reforma (la última que publicó le da 12 puntos de ventaja al priista) y de Covarrubias los atribuye a “errores”. No cree que haya habido mala leche.

Pero el candidato del Movimiento Progresista sigue adelante con su estrategia para hacer creer a los ciudadanos que le van a “robar” la elección. Ya hasta tiene de coordinador de defensa del voto. Se trata, ni más ni menos, de Martí Batres, una garantía de imparcialidad (ji, ji, ji). Por lo menos es lo que este último manejó en su cuenta de Twitter. López-Dóriga le preguntó a Andrés si va a reconocer los resultados oficiales de la elección: “¡Cómo no los voy a reconocer, si voy a ganar..!”, dijo el tabasqueño, y soltó la carcajada. Manuel Camacho es otro caso. Dijo que desde hace mucho Covarrubias dejó de encuestar para López Obrador.

La conversación entre una senadora del PAN y una ex diputada federal del PRD era de una franqueza que impactaba. No estamos autorizados a reproducir sus nombres, pero sus palabras reflejan el sentimiento de resignación que existe entre los menos exaltados de ambos partidos. Las dos coincidían en que, la de ayer, fue la última sesión de la Comisión Permanente con el azul como el partido en el gobierno. Felipe Calderón seguirá en Los Pinos hasta el 30 de noviembre, sí, pero el eje del poder se desplazará hacia otro partido. El 4 de julio es la próxima sesión del Congreso. Tendrá lugar en una atmósfera diferente. El PAN estará en plena transición hacia la oposición, por primera vez en 12 años. “A ustedes los desgastó tremendamente el poder. Nosotros fuimos incapaces de presentarnos como opción viable. Van a regresar los porros del PRI”, lamentó la ex diputada. Su interlocutora del PAN asintió.

Jorge Castañeda, canciller en la era de Fox, sí le cree a las encuestas. Escribió un artículo en el periódico francés Les Echos, bajo el supuesto de que Peña será el ganador. En esa entrega hace un interesante apunte: “Peña Nieto será el primer Presidente priista en ser elegido democráticamente, el primero en convertirse en jefe de Estado gracias a los votos obtenidos en las urnas, y no por haber sido señalado por su predecesor” (alusión al dedazo).

El Güero está convencido de que el regreso del PRI a Los Pinos no significa automáticamente la restauración del régimen que desapareció en 2000. “Temer el regreso de un régimen autoritario equivaldría a negar todo lo que hemos realizado en los últimos 12 años”, concluyó.

Los gobernadores no pueden hacerse a un lado en la lucha contra el narcotráfico. “O la bebes o la derrama”, dice Javier Duarte, mandatario en Veracruz, uno de los estados donde los cárteles de la droga se han empoderado. La entidad es de las más peligrosas para ejercer el oficio del periodismo. Nueve muertos en lo que va de su administración. El hombre culpa a la delincuencia organizada. “Durante mucho tiempo, estos cabrones ganaron espacios, tejieron sus redes de complicidad”, dijo. “¿Yo? Estoy cumpliendo con mi responsabilidad”, aseguró.

La macrosala de prensa que el lunes inauguró Leonardo Valdés, consejero presidente del IFE, costó la friolera de 30 millones de pesos. Ni más ni menos. Hay 15 mil periodistas acreditados en todo el país. Mil en la Ciudad de México. Eso convierte la elección del primero de julio en la de mayor cobertura en la historia.

Más datos de Valdés: 79.4 millones de ciudadanos están inscritos en la lista nominal de electores. De ese total, 3.5 millones tienen entre 18 y 19 años. Hay otros 10.5 millones que no votaron en la elección presidencial de 2006. No tenían 18 años y hoy tienen 24. Es decir, habrá 14 millones de ciudadanos que votarán por primera vez.

Charlamos con Rosario Guerra. La candidata del Panal a la Jefatura de Gobierno va por 4% del voto chilango. Eso les asegura tres diputados pluris. Política experimentada, hábil operadora, tiene descartado volver al PRI. “¿A qué regreso? ¿A que me den otra madriza?”, preguntó.

Hizo notar que sus agresores al interior del tricolor (Israel Betanzos y compañía) van a tener fuero en recompensa por haberla golpeado.

La venganza de Fox

Carlos Puig (@puigcarlos)
masalla@gmail.com
Duda razonable
Milenio

Nunca entendí las verdaderas razones del profundo desprecio del gobierno de Felipe Calderón hacia Vicente Fox.

Es cierto que fue la suya una candidatura ganada a pulso en contra de la voluntad y los recursos del presidente, que quería a Santiago Creel, su secretario de Gobernación, en Los Pinos.

Es cierto que su actuación, más bien su obsesión, anti-lopezobradorista, provocó un clima que a la postre marcaría con tinta indeleble la administración calderonista; pero también es cierto que a la hora de la hora, en la elección de hace seis años, Fox se la jugó con Felipe Calderón. ¿Cuánto del 0.46% es gracias a Fox? Según el Tribunal Electoral de la Federación, un buen cacho.

Aun así, el calderonismo convirtió a Fox en un fantasma, lo mantuvo lo más lejos posible. Y un poco más. En los tiempos más aciagos de la crisis de violencia en el país, el discurso del presidente comenzó a insinuar a veces, a señalar en otras, que la enorme dimensión del problema que ahora enfrentaba era en parte provocado porque “antes”, los “otros” con responsabilidad no habían actuado como deberían.

Había en ese discurso calderonista una acusación implícita —a veces no tanto— contra su predecesor. Fox no se puso muy contento.

Su primera reacción fue ponerse del lado de quienes quieren la legalización de las drogas. Después comenzó a “mostrarse preocupado” por los niveles de violencia, para pasar a la franca crítica de la estrategia del presidente.

De manera menos pública, pero igual de cierta, los miembros del entorno calderonista se dedicaron a borrar las huellas del foxismo al tiempo que se burlaban de su frivolidad, su dependencia de Marta, sus tropiezos, su ignorancia. Todo eso iba llegando a oídos del ex presidente.

Y sí, algo hay de cierto que también hay un asunto de lana. O no exactamente de dinero, pero sí de apoyo. El gobierno de Calderón no ha siquiera volteado a ver al Centro Fox. Algunas visitas, un par de contratos de conferencias o seminarios, son señales que ayudan al centro a obtener otras donaciones. Pero no hubo nada.

Calderón había aprendido de los priistas y su manía de acuchillar a quien había ocupado La Silla antes que ellos.

La bronca con Manuel Espino, presidente del PAN en el foxismo, no fue más que una extensión más de la bronca entre calderonistas y foxistas.

Es curioso. Josefina Vázquez Mota es un producto del foxismo. Fue Vicente Fox quien la hizo secretaria de la muy rica en presupuesto y muy importante Secretaría de Desarrollo Social, pero por alguna extraña razón hasta Josefina se contagió del antifoxismo o por lo menos así lo pensó Fox.

Así que, como quien hace una maldad, comenzó a deslizar su idea de que había que apoyar al puntero. Que había que estar detrás de Peña Nieto.

Para un panismo a la baja, en tercer lugar y sufriendo, la imagen de su ex presidente apoyando a un priista solo abona a la percepción de desastre.

Si el 1 de julio el PAN de Calderón pierde Jalisco, Morelos y la Presidencia, en un rancho de Guanajuato alguien esbozará una sonrisa. El PAN del 2012.

Y… "¡sorpre!", que gana Josefina

Carlos Mota
motacarlos100@gmail.com
Cubículo Estratégico
Milenio

Una persona del más alto nivel en el gobierno me ha dicho que hay una encuesta interna con la que tienen la certeza de que Josefina Vázquez Mota podrá dar la sorpresa este domingo. Llámenle esperanza, fe, ilusión, empecinamiento, tenacidad, ingenuidad, certeza, idea, o como se quiera, pero el tema ahí está y se inscribe dentro de aquella frase en la que el presidente Felipe Calderón hablaba en relación con que no se debe “subestimar” la capacidad del electorado de decidir quién será el presidente.

Puede ser “sorpresa” o puede ser “milagro” —como ella misma caracterizó su potencial triunfo hace unos días. De hecho, si fuera esto último, no le sobraría a Josefina apersonarse este viernes o sábado en la Basílica de Guadalupe para cumplir con el ritual completo. No tiene que hacer proselitismo. Solo tiene que acudir a escuchar la palabra de Dios.

En Grecia las recientes elecciones tuvieron una característica curiosa: varias casas encuestadoras daban por ganador al candidato del partido de centro-derecha Nueva Democracia (también hubo veda para publicarlas varios días antes). Había una mayoría de encuestas en ese sentido. A su vez, otras encuestadoras hablaban del potencial triunfo de la izquierda radical, la del partido Syriza, que se oponía a las medidas de austeridad impuestas por los europeos para rescatar a su país de la debacle. Ganó la derecha y perdió la izquierda, pero el día de la jornada electoral hubo largas horas de espera en la que los resultados preliminares no permitían declarar un ganador.

El electorado mexicano vive estos días en relativo sosiego el hecho de que las encuestas no hayan arrojado diferencias mínimas que tengan al país al borde del asiento, esperando el resultado final. Básicamente todo mundo da por hecho que Enrique Peña triunfará, lo cual sería lo más lógico si es que las ciencias actuarial y estadística asistieron efectivamente la mente de todos los que se dedican al muestreo, a las desviaciones estándar y a los márgenes de error. No obstante, hasta donde entiendo, las encuestas no hicieron pronósticos —es decir, no incluyeron promedios móviles ni utilizaron algún modelo de regresión. De tal suerte, todo puede pasar el domingo. ¿Será?