julio 02, 2012

Lealtad hacia México

Víctor Beltri (@vbeltri)
Analista político
contacto@victorbeltri.com
Excélsior

Disfruté enormemente la final de la Eurocopa el día de ayer. Independientemente del resultado, y a pesar de que por motivos familiares tengo más afinidad con uno de los dos equipos, me gustó la pasión del juego, la entrega de las dos selecciones, y el compromiso de la afición. Conforme avanzaba el partido, no podía dejar de pensar en la elección que, al mismo tiempo, tenía lugar en nuestro país.

El encuentro terminó y, como era natural, uno de los participantes celebraba la victoria mientras el otro se retiraba, cariacontecido. Sin embargo, algunos de los jugadores del equipo perdedor se acercaban y felicitaban a sus contrarios, quienes los abrazaban, conscientes de que el partido terminaba y, a pesar de que la rivalidad continúa, los pequeños rencores se olvidarían en un momento. A fin de cuentas, tendrán otra oportunidad en unos cuantos años. Tal vez no serán los mismos jugadores, y probablemente cambiará el director técnico. Pero ellos saben que el esfuerzo constante los puede llevar, de nuevo, a la final. Y entonces ganarla.

Al momento de escribir estas líneas no se sabía todavía quién había resultado ganador de la elección. Probablemente no se sepa, tampoco, cuando usted las lea: los perdedores podrían interponer los recursos que consideren adecuados para hacer valer su derecho sobre las posibles irregularidades en el proceso. Pero vale la pena reflexionar sobre los errores que hemos cometido en el pasado reciente, y las lecciones que podemos aprender de ellos.

El error de hace seis años fue la división del país. El confundir proyectos políticos temporales con el bienestar de la nación. El etiquetar, de plano, el proyecto de López Obrador como un peligro para México, y no rescatar lo valioso de sus propuestas. El adjetivo de espurio para el presidente Calderón, y la indignación estéril que no sirvió de contrapeso. Seis años de negaciones mutuas, de lucha de contrarios, de apostarle a la suma cero.

Hoy, México se encuentra en una posición muy distinta. Nuestros problemas son otros, y muy probablemente son mayores a los que teníamos en aquel entonces. Hoy necesitamos, más que nunca, estar unidos. No podemos darnos el lujo de otros seis años más de parálisis y luchas por victorias pírricas que no reflejan sino nuestras pequeñas miserias. Es el momento de apostarle todo a nuestro país.

No sé, realmente, quién podrá ser elegido Presidente de la República al final del proceso electoral, que se encontrará sub judice a menos de que todos los candidatos perdedores reconozcan su derrota y no impugnen el resultado, lo cual no creo que suceda. Pero, independientemente del resultado, y a pesar de las afinidades personales, como en el partido de futbol, tenemos que pensar en el futuro de nuestro país, y comprometernos con él.

En lo particular, y por eso en esta ocasión me permito escribir en primera persona, creo que es necesario, es indispensable, apoyar a quien sea declarado ganador de la elección. Apoyarlo, pero sin dejar atrás la crítica responsable y constructiva. Mi Presidente será quien sea reconocido como tal al final del proceso. Trataré de participar con ideas, y le aseguro que mi crítica será honesta, y al mismo tiempo sin reserva alguna. Sea quien sea. Andrés Manuel, Josefina o Enrique. Cualquiera de ellos.

Es tiempo de lealtades. Y es el tiempo de que entendamos que la lealtad debe ser hacia nuestro país, y no hacia proyectos personales ni partidistas. Hemos perdido demasiado tiempo, desperdiciado demasiadas oportunidades. México nos necesita, y requiere de nuestra participación. No podemos volver a jugar el papel del airado que simplemente niega la realidad y se rehúsa a cooperar con lo que no le conviene. La lealtad es hacia México, y es hora de que lo entendamos: nuestra esencia no es ser perredistas, panistas o priistas, sino ciudadanos que deben de buscar el bien común y servir, en las condiciones actuales, como contrapeso a la tentación del uso indiscriminado del poder. Es la única manera de construir desde la oposición. Cooperar, pero también señalar y corregir.

Hoy comienza una nueva era en la historia de nuestro país. Ojalá que los perdedores tengan la nobleza de acercarse con el vencedor, felicitarlo y desearle lo mejor. Ojalá que el vencedor tenga la grandeza de escucharlos, e incluir la visión de los otros partidos en sus políticas públicas y planes de gobierno. Y ojalá que nosotros, la sociedad civil, no nos olvidemos nunca de que nuestra responsabilidad es exigirles que así lo hagan, y participar activamente en la definición de las reglas del juego. Y que todos juntos, partidos políticos, autoridades y ciudadanía, sepamos que, a diferencia del futbol, en democracia nadie gana ni pierde de manera absoluta. Pero que sepamos también, a semejanza del futbol de nuevo, que el trabajo arduo puede llevar a los perdedores del momento a tener otra oportunidad, en el siguiente periodo. Mientras tanto, sigamos trabajando y construyendo no sólo el México del presente, sino también el del mañana. Nos lo debemos. Nos lo merecemos.

El peine

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

Se notó mi falta de crítica a Peña Nieto. Muchos me llamaron peñista, priista y lo que sigue. Va: desde el primer día me propuse no tocarle un pelo a Peña Nieto, convencido de que quitarle un voto al PRI de Peña (y argumentos abundantes había), era dárselo al palio-PRI de AMLove; no a Josefina, sino al PRI que no osa decir su nombre, al PRID que pone 1982 como el año en que México “perdió el rumbo”. Para muchos mexicanos es el año en que terminó “La Docena Trágica” al salir López Portillo dejando una deuda impagable y una devaluación del peso que el sucesor, De la Madrid, detuvo en 3 mil pesos por dólar.

Se equivocó Josefina durante dos de tres meses de campaña. Su mejor argumento era que en crisis económica mundial, con Grecia al borde del abismo y España mal, la economía de México era sólida con medidas de un Presidente del PAN: exportadora, con amplias reservas, bajas y alzas del peso en centavos. Su lema sonaba casi al “Cambio Verdadero” del candidato del PT creado por Salinas. El 95 por ciento de los muertos los ha puesto el crimen, el resto han sido soldados y policías caídos y, por desgracia, más de 300 personas en el fuego cruzado. Nunca mostró esas gráficas, esos números porque quiso poner distancia de Calderón. Comenzó a subir cuando comprendió que su mejor carta era la solidez de México en pleno temblor mundial. Lástima.

Las urnas tuvieron ranura estrecha y metálica: cuesta trabajo meter una boleta. Debí apostar con el senador Pablo Gómez, que tanto dinero público ha ganado, a que es imposible meter un tamal de boletas juntas. Unos 5 millones, para comprarme una casa, contra mi ex compañero de celda en Lecumberri.

Ver la seriedad de mis vecinos, mayoría vecinas, su cordialidad, su constante atención a indicar la mampara, sus buenas caras a pesar de llevar horas en eso (voté a las 4 y algo) es de sacar lágrimas. Y furia: ¿cómo puede el Canalla Mayor ensuciar con sospechas un proceso llevado en exclusiva por los ciudadanos?

Que el fraude se hizo antes, dicen, con la compra de votos a cambio de dinero o regalos. Eso no es fraude, es lo que hacen todos los candidatos: El Gran Canalla también compró votos a cambio de regalos: cinco refinerías, trenes bala, universidad para todos ¡sin exámenes! (un país sin peluqueros, electricistas, abarroteros, choferes de transporte, empleados de comercios… porque todos serían licenciados). No imagino peor pesadilla. Si es fraude un costal de cemento, más lo son millones de becas, gasolina subsidiada… Y todo con reducir sueldos (carcajada).

Las palabras matan

“Sumido en su gran dolor, se convenció a sí mismo de que las palabras que había escrito sobre un ahogamiento imaginario habían causado una muerte verdadera [su hija de cinco años se ahoga al meterse en las picadas aguas del Canal de la Mancha el último día de las vacaciones de verano familiares], de que su ficción trágica había provocado una tragedia real. En consecuencia, aquel escritor de enormes dotes, aquel hombre que había nacido para escribir libros, juró no volver a escribir jamás. Había descubierto que las palabras matan…” La noche del oráculo. Paul Auster.

No hace mucho vino un amigo griego. Lo mandé a ver el Hospicio Cabañas y sus murales de Orozco, los del Palacio de Gobierno y… y luego su joya más resplandeciente: los tapatíos. Lo llevé a una cantina gay en estilo vaquero, con muchachos de sombrero y botas. Babeaba por arriba y por abajo. Quiso sentarse. En algún momento movió su silla a 45 grados. Supuse que yo le tapaba el hermoso panorama.

Al salir comentó: “No quise decirte nada porque te habrías vuelto a ver y eso pudo ser la chispa… A tus espaldas dos muchachos discutían, uno te señalaba con furia, daba un paso hacia nosotros y el amigo lo detenía cruzándole el brazo en el pecho. Volvían a discutir… Por suerte salimos pronto, ya no quería quedarme mucho más.”

Esa noche me salvé de una madriza o una insultada con escupitajos como la que se llevó Carlos Marín al atreverse a cruzar, a pie, una manifestación de la República Amorosa. Algo similar le ocurrió a Ricardo Alemán, de El Universal, con ambulantes comprados por el PRD con espacio público privatizado. Y aquel correo amenazante: la navaja mortal de un rubio en Cancún o un mulato.

Cuando uno dice de sí mismo, en tv nacional, Tercer Grado de Televisa, que es un apóstol… ya rebasó todo límite verbal, se ha convertido en caricatura, como lo fue su “toma de posesión” y juramento de opereta.

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