julio 05, 2012

Ganadores y derrotados

Carlos Elizondo Mayer-Serra (@carloselizondom)
elizondoms@yahoo.com.mx
Reforma

Enrique Peña Nieto ganó con suficiente margen, pero no alcanzó un mandato contundente. Obtuvo el 38.15 por ciento de la votación. Labastida perdió en el 2000 con 36.2 por ciento de los votos, aunque, a diferencia de Peña, traía solo el voto del PRI. En el 2000 el PVEM ayudó a Fox a ganar. Peña no tendrá mayoría en el Senado y, aparentemente, tampoco en la Cámara de Diputados, ni siquiera con el Panal.

Peña ganó solo con 2.26 puntos porcentuales más de lo que obtuvo Calderón en el 2006. Como López Obrador quedó 3.69 puntos debajo de lo que él obtuvo en el 2006, la diferencia se vuelve amplia. Estamos hablando de casi 3 millones 200 mil votos.

López Obrador fue la sorpresa en función de lo que indicaban las encuestas. El gremio de encuestadores deberá dar una explicación de qué les falló.

Dado lo mucho que avanzó López Obrador en la campaña se puede considerar el ganador. Sin embargo, en otro sentido es el gran derrotado. Por segunda ocasión no consiguió la Presidencia. No regresó a los niveles de aceptación del 2006 medido como porcentaje del voto. Sin su espectáculo postelectoral de hace seis años hoy estaría celebrando la victoria. Habría capturado a un gran porcentaje del electorado cansado de 12 años de gobiernos panistas mediocres y con miedo al regreso del PRI.

López Obrador solo vale más que los partidos de izquierda. Consiguió más votos que los tres partidos que lo acompañaron en el Senado que alcanzaron 2 millones 200 mil votos menos que los obtenidos por él en la presidencial. Sin embargo, no generó suficiente confianza ni en un sector del electorado capitalino. Por Mancera votaron 3 millones; por él sólo 2.5 millones. En 17 estados quedó en el tercer lugar, incluido Veracruz. Fue primer lugar en 8 estados. AMLO podría ser Presidente de una "República Centromexicana", el 46 por ciento de sus votos están en el DF y en seis entidades cercanas, en las cuales se emitió el 34 por ciento de los votos.

De los 49 millones que votamos en la elección presidencial, casi 1 millón 200 mil mexicanos prefirieron anular su voto. No creyeron en López Obrador, ni en los otros candidatos. ¿Marcelo Ebrard los habría convencido de votar por él? ¿Cuántos panistas desencantados no lo habrían hecho?

Para derrotar al PRI se requerían muchos más votos del otro opositor, como lo logró Fox con una parte del simpatizante de Cárdenas, el cual sacó el 16.64 por ciento del voto. López Obrador no lo entendió. No los cortejó. No se corrió al centro como lo haría cualquier candidato en esa situación.

Si la elección era entre López Obrador y el odioso neoliberalismo representado por sus dos caretas, el PRI y el PAN, el 63.5 por ciento de los electores está a favor de, entre otras cosas, la apertura en Pemex. Estos resultados son un poderoso refrendo a esas políticas económicas que él tanto desprecia.

Para el PAN la elección es una tragedia. Si había que decidir entre dos caras del pasado revolucionario -el PRI y el PRD- o el PAN, el 69.8 por ciento de los mexicanos escogió el "pasado". Un dato significativo es que Vázquez Mota ganó el voto de dos de los estados con mayor peso del crimen organizado, Tamaulipas y Nuevo León. La estrategia el presidente Calderón parece ser muy impopular en la Ciudad de México, pero no en esos dos estados que sufren el problema.

El 26 de junio López Obrador afirmó que una victoria de Peña Nieto "es moralmente imposible". Con esas premisas no puede aceptar la derrota. Primero hablarán de fraude en las urnas. Ayer empezó el cómputo en los distritos electorales. Lo ideal para despejar dudas es que abran todos los paquetes, aunque la ley impone límites de en qué casos se puede. Como los controles en las casillas son muchos, y vigilados por casi un millón de ciudadanos, veremos sólo cambios menores, importantes en aquellas elecciones muy cerradas, pero sin impacto en la presidencial.

Luego vendrá la crítica al exceso de dinero y a los medios de comunicación, aunque si el pueblo nunca se equivoca no entiendo por qué esto importe. Sin embargo, sí tenemos que discutir de fondo cómo evitar el exceso de dinero tirado en estas campañas, pecado compartido por todos los partidos, aunque mucho más por el PRI. Sin embargo, el PRD no documentó durante el proceso estos excesos ni los denunció. Difícilmente tendrán pruebas válidas en el Tribunal Electoral.

La equidad en los medios es un problema que requiere atención. Sin embargo, en el segundo debate, AMLO tuvo la mayor audiencia de la historia de un debate. Optó por no decir nada de su adversario. No puede ahora quejarse que el electorado no supiera quién es realmente.

El partido de los caminos que se bifurcan

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

“Tenemos Presidente”, “ganó el mejor” escribió ayer en su blog el ex presidente Vicente Fox. El lunes, Manuel Espino, con un grupo de correligionarios, tuvo una larga y muy festejada celebración en un restaurante de Polanco, en el DF. Festejaban, obviamente, la derrota del que fue su partido hasta hace unas semanas, el PAN. Mientras tanto, Jorge Castañeda declaraba que le alegraba la derrota del PAN y de Felipe Calderón, como una suerte de castigo por la guerra contra el narcotráfico y sus consecuencias. En otras palabras era, por si faltaban datos adicionales, la ruptura definitiva del foxismo con el PAN y sobre todo con el calderonismo.

La jornada electoral del domingo tuvo altos costos para el PAN: perdió la Presidencia; dos estados clave como Morelos y Jalisco; León, donde la influencia de Fox para el “voto útil” fue determinante, y quedó como tercera fuerza en la Cámara de Diputados, aunque logró posicionarse un poco mejor en el Senado, donde quedó como segunda. A partir del primero de septiembre el PAN tendrá 117 diputados y 38 senadores.

Mientras Fox festejaba el triunfo de su candidato, “el mejor”, que era Peña Nieto, Josefina Vázquez Mota aparecía el mismo domingo, en cuanto se conocieron los resultados de los exit polls, a reconocer el triunfo de Peña Nieto, pero también dejaba llegar el mensaje de que había sido abandonada por unos y traicionada por otros, en particular por el propio Fox. El presidente Calderón entraba en una cadena nacional inmediatamente después de que el consejero presidente del IFE, Leonardo Valdés, diera los resultados del conteo rápido, confirmando el triunfo de Peña Nieto, para felicitar al ganador y recordarle a los panistas que “no hay derrotas para siempre”.

El PAN ha sufrido una derrota similar, quizás más profunda en números y posiciones que la que vivió el PRI hace 12 años. Y está reaccionando igual. En aquella oportunidad, Dulce María Sauri, que era la presidenta del partido tricolor, fue mantenida en esa posición mientras concluía su mandato, se realizaban los amarres internos y se trataba de cerrar las heridas del proceso electoral. Un partido que había quedado marcado, además y en otro signo de similitud con lo que vivió este año el PAN, por la contienda interna que en 1999 mantuvieron Francisco Labastida y Roberto Madrazo: el primero se quedó con la candidatura, pero el costo del proceso interno lo pagó, entre otros, en la elección presidencial, que le ganó Vicente Fox por seis puntos. Gustavo Madero no tuvo un buen desempeño en la campaña electoral: cometió errores y muchos en el entorno de Josefina creen que no acompañó adecuadamente a la candidata ni tampoco operó para evitar que la confrontación interna llegara a un punto tan alto que desgastara a la que sería a la postre la ganadora.

Es verdad que no es suya (como no lo fue de Sauri en 2000) toda la responsabilidad: para la derrota panista se conjugaron varios otros factores, desde los errores del calderonismo, que tardó tanto en aceptar que la candidata sería Josefina porque eso estaban mostrando desde semanas atrás las encuestas, hasta Josefina y su equipo, que se aislaron y comenzaron a desconfiar hasta de sus compañeros de partido. Si Josefina no tuvo todo el apoyo que esperaba del calderonismo, también se debe reconocer que durante semanas su equipo se empeñó en tomar distancia con las políticas del Presidente en lugar de asumirlas.

El tema de la continuidad, sin que significara continuismo, nunca fue plenamente explicado en la campaña ni mucho menos comprendido por la ciudadanía el concepto de la diferencia. El presidente Calderón tenía 45% de aceptación: esa era una base suficiente para impulsar una campaña presidencial. Muchos, en la Ciudad de México y en otros puntos del país, condenan, por ejemplo, la lucha de la actual administración contra la delincuencia organizada, pero lo cierto es que en muchos de los estados del país donde más se ha sufrido el embate de la delincuencia, incluso donde los gobiernos locales han hecho su tarea, Josefina hizo una buena elección, ya que esa lucha es valorada por sociedades que han sufrido el ataque del crimen. Cuando Josefina rectificó la línea para el segundo debate y en el tramo final de su campaña, recuperó presencia y puntos, pero ya era muy tarde.

El foxismo, ahora inevitablemente fuera del PAN, intentó jugar esas cartas desde afuera, apoyando paradójicamente al partido que Fox había sacado de Los Pinos y enfrentándose con Calderón. En contraparte, Josefina, antes de la reunión que mantuvo la plana mayor del panismo en Los Pinos el martes, anunció que intentará construir un movimiento social, que trascienda al PAN, con la base que le dan 12 millones de electores. Lo que suceda en el futuro dependerá, en mucho, de lo que el panismo haga en el Congreso, porque ahí estará su principal fuente de poder: y hay que recordar que en el PAN las coordinaciones parlamentarias son designadas por la presidencia del partido.

Sobre la compra de votos

Leo Zuckermann (@leozuckermann)
Juegos de Poder
Excélsior

No hay seguridad de que el elector vote como se quiere cuando recibe cosas, pero sí castiga cuando no les dan nada.

“¿Es muy caro ganar una elección?”, le preguntan a Nucky Thompson, el jefe político de Atlantic City en 1920 en la serie televisiva Boardwalk Empire. “Sale más caro perderla”, contesta con sonrisa socarrona el eficaz operador electoral.

¿Sale caro ganar una elección en México? Yo no tengo duda: carísimo. Hay toneladas de dinero que circulan en una campaña. Para empezar están los dineros públicos a los que tienen derecho los partidos. Son muchos millones de pesos. Para esta elección federal, el IFE les otorgó más de cinco mil millones en prerrogativas. Pero, a diferencia de los comicios pasados en que los partidos tenían que pagar por sus spots de radio y televisión, en esta ocasión los obtuvieron gratis: ocuparon los tiempos del Estado. Antes gastaban aproximadamente entre 50 y 70% de sus prerrogativas en medios electrónicos; ahora no gastan ni un quinto. Pero sus prerrogativas tampoco bajaron ni un quinto.

¿En qué se utilizó todo ese dinero? En más propaganda y actos de campaña. Pero también en comprar “regalitos” para los votantes. Desde los que están permitidos por ley, como camisetas y gorras, hasta despensas, materiales para la construcción y, ahora, en esta era electrónica, en dinero que reparten con monederos electrónicos.

¿Con eso compran el voto de los mexicanos? Esa es la intención de todos los partidos. De acuerdo a un reporte de Alianza Cívica, en la pasada elección del domingo: “28.4% de los ciudadanos encuestados estuvieron expuestos al menos a una práctica de compra y coacción de voto”. Todos los partidos lo intentaron, pero el PRI fue el que más con 71% de los casos, el PAN con 17% , el PRD con 9% y el Panal con tres por ciento.

Ahora bien, el tema es si, aunque reparten todo tipo de artículos y dinero, la gente entra a la casilla y vota por ellos. Recuerdo lo que un día me dijo uno de los llamados “operadores electorales”. Se quejaba de los votantes mexicanos por astutos: “Toman lo que les das y luego se meten a la casilla y votan como se les pega la gana”. Según él, el problema es que mucha gente ya se acostumbró a los “regalitos” en épocas electorales. El partido o candidato que no lo hace, corre el riesgo de que lo castiguen en las urnas. En otras palabras, no hay seguridad de que el elector vote como se quiere cuando recibe cosas, pero sí castiga cuando no les dan nada. De ahí que todos los partidos se hayan acostumbrado a repartir cosas. No sorprende, entonces, que el costo de las campañas haya subido de manera exorbitante estos años.

Hace algunos lustros, cuando el PAN no tenía el mismo dinero que el PRI para distribuir “regalitos”, acuñó una frase que resume bien el fenómeno: “Toma todo lo que dan, pero vota por el PAN”. Efectivamente: en la medida en que el voto es secreto, una persona puede recibir un monedero electrónico del PRI, una despensa del PRD y unas láminas del PAN y luego se mete a votar por quien más le guste. ¿Compraron su voto? ¿Quién de los tres?

En todo caso, la compra de voto es dificilísimo de probar. Se necesitan pruebas contundentes para demostrar la causa (el reparto de “regalitos”) con el efecto (el voto a favor de alguien). ¿Cómo saber, cuando se hace un recuento de votos, cuáles fueron comprados y cuáles no? Imposible conocerlo.

Pero de que los partidos intentan comprar el voto, yo no tengo duda. Y de que eso les cuesta carísimo, también. Porque a los dineros públicos que reciben los partidos hay que agregar los cientos, quizá miles, de millones de pesos de contribuciones privadas legales e ilegales, además de las sumas que ponen los gobiernos estatales y municipales que gozan de un manejo muy opaco de los recursos públicos.

El tema de la compra del voto es común en todas las democracias. Combatirlo no es fácil. Hay, sin embargo, algunas recetas. En Tailandia, por ejemplo, instituyeron un sistema donde se les otorga una buena cantidad de dinero a ciudadanos que denuncian el intento de compra de voto. Si las autoridades lo comprueban, le ponen multas monetarias altísimas a los culpables que comparten con los que dieron el pitazo. En Kuwait se trató de combatir la compra de votos involucrando a asociaciones civiles.

El tema merece una buena reflexión. Es, me parece, el siguiente paso a resolver en una reforma electoral. Habrá que revisar lo que han hecho otros países en esta materia y replicar las mejores prácticas. Pero también implicará el compromiso de todos los partidos de erradicar esta práctica perniciosa para la democracia. Los políticos, de todos los colores, deben renunciar a la idea de que sale cara una elección, pero sale más cara perderla.

Obrador toma rehenes

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Desde un punto de vista meramente psicológico, la personalidad de Obrador pareciera aglutinar varias de las manifestaciones de la llamada distorsión cognitiva. No creo, sin embargo, que el hombre perciba las cosas de una manera alterada ni que carezca de la capacidad de analizar la realidad objetiva. Lo suyo, más bien, es la deliberada —y malintencionada— deformación de los hechos con el propósito interesado de imponer su visión del mundo a los demás.

Estamos hablando, luego entonces, de simple mala fe y calculada mezquindad: muchas cosas no se las cree él mismo sino que sabe que debe hacérselas creer a los demás. En las elecciones de 2006, la casa encuestadora que trabajaba para su agrupación le avisó de que Calderón ya no se encontraba debajo, a diez puntos de distancia, sino que comenzaba a pisarle los talones. Pues bien, decidió no darse por enterado y, sobre todo, no avisar públicamente de que estaba al tanto sino que se guardó arteramente la información. Una vez conocidos unos resultados que confirmaban las tendencias registradas por su propias encuestas, se dedicó a denunciar desaforadamente un “fraude” que, en un primer momento, supuso cibernético, luego lo atribuyó a sus correligionarios “vendidos” y, finalmente, concluyó que había sido “a la antigüita”. Y todo esto, sabiendo (pero no diciendo) que en una situación de virtual empate la balanza se puede inclinar de uno u otro lado.

En fin, entre las mentadas distorsiones figuran algunas que, si no sospecháramos que el comportamiento de Obrador no se deriva —como decía al comienzo de estas líneas— de una percepción alterada de la realidad sino de su aviesa disposición a la mentira, merecerían ser consignadas como las que más determinan sus acciones: ahí está, para mayores señas, el pensamiento polarizado o dicotómico, es decir, la interpretación de la realidad a partir de una postura de “todo o nada”; tendríamos también la sobregeneralización abusiva de las cosas, la visión catastrófica y otras varias falacias. Y así, sirviéndose de estos instrumentos, nos tiene a todos de rehenes.