julio 07, 2012

Instantáneas

Jaime Sánchez Susarrey (@SanchezSusarrey)
Reforma

La negativa de López Obrador a reconocer la derrota era y es la crónica de un conflicto anunciado. Lo proclamó voz en cuello en las semanas previas con todas sus letras

1. La mayoría de las encuestas falló por un margen considerable. La diferencia de 14 o 15 puntos entre el puntero y el segundo lugar, que algunas registraron en los días previos a la elección, se transformó en 6.62 por ciento en el cómputo definitivo. (Las que más se acercaron a la realidad fueron las de Reforma y Covarrubias & Asociados). Nos deben, pues, una explicación.

2. Contra la expectativa que tenían los priistas, la Presidencia de Peña Nieto no tendrá mayoría en el Congreso. Su margen de maniobra será el mismo que tuvieron Zedillo –en la segunda mitad de su sexenio–, Vicente Fox y Felipe Calderón. El riesgo de un entrampamiento en las reformas e iniciativas de gobierno será muy alto. Era contra eso y por eso que Fox llamó a cerrar filas tras el candidato puntero. Ya no fue el caso.

3. La otra gran sorpresa la dio López Obrador. Arrancó tercero en la contienda, con un índice de negativos muy alto, para terminar en segundo lugar. Además que el PRD arrasó en la Ciudad de México. La explicación de este éxito es compleja. Menciono dos datos: uno, Miguel Mancera jaló para arriba a López Obrador. Dos, Josefina Vázquez Mota se equivocó en la estrategia. Pero sea de ello lo que fuera, el hecho es que AMLO resucitó.

4. La candidata de Acción Nacional enfrentaba desde el inicio un escenario complicado: 12 años de gobierno, la violencia asociada a la guerra al narcotráfico y la crisis de 2008, que sigue impactando a la economía mexicana. Pero aún así, a finales de marzo Vázquez Mota arrancó en segundo lugar con alrededor de 30 por ciento de intenciones de voto y a buena distancia de López Obrador. Todo eso se perdió en los tres meses de campaña. La estrategia de confrontación bajó las intenciones de voto por Peña Nieto, pero también por Vázquez Mota y fue López Obrador quien las capitalizó. ¡Bingo!

5. El temple y convicción de un demócrata se prueban en la derrota. Josefina Vázquez Mota reaccionó muy bien el domingo por la noche. No titubeó. Si bien su discurso pudo haber sido más corto y preciso. Otro tanto ocurrió con el presidente de la República. Su mensaje fue directo al grano y afirmó una cosa fundamental y elemental: en democracia no se gana ni se pierde para siempre. Así que lo dicho, en México sólo el PRI y el PAN saben reconocer cuando pierden y actúan en consecuencia.

6. La negativa de López Obrador a reconocer la derrota era y es la crónica de un conflicto anunciado. Lo proclamó voz en cuello en las semanas previas con todas sus letras: primero me harán la guerra sucia y después vendrá el fraude electoral. La firma del pacto de civilidad en el IFE el jueves 28 de junio fue una simple artimaña. Se atuvo al consejo de sus asesores: no alejes a los ciudadanos con el fantasma de un conflicto poselectoral. La estrategia funcionó porque la gente le creyó y porque sus adversarios no remacharon suficientemente el punto.

7. La incapacidad de AMLO de reconocer la derrota tiene un elemento patológico manifiesto. Su forma de pensar y codificar la realidad se funda en una especie de silogismo. Premisa mayor: el pueblo es uno, bueno y mayoritario. Premisa menor: yo soy el representante único y verdadero del pueblo. Conclusión: el pueblo no vota contra sí mismo: soy invencible e indestructible. Y, obviamente, el corolario: la derrota sólo puede ser obra de un fraude electoral, es decir, de un complot de la mafia que oprime al pueblo.

8. Pero a ese componente patológico, se añade un cálculo estrictamente racional. La denuncia del fraude y la polarización le sirven para afianzar su liderazgo y galvanizar al movimiento. Porque todo termina por reducirse a o estás conmigo o estás contra mí. No hay medias tintas ni espacio para la crítica y la reflexión. Las elecciones no se pierden porque se cometan errores, sino por efecto de un complot de los de arriba. Y a estas alturas del partido, el objetivo es aún más preciso: AMLO ya está inscrito en la boleta para el 2018. Así que no se va a ir a su finca ("La Chingada"), sino continuará su apostolado hasta ser de nuevo candidato.

9. Esto plantea un escenario complejo y difícil para Marcelo Ebrard. Su cálculo a finales de 2005, cuando aceptó la postulación de López Obrador, fue muy simple: no es la hora de estirar la cuerda. Porque si no cedo y amarro la candidatura del PRD, AMLO se lanzará por Movimiento Ciudadano y PT, con la consecuente división de la izquierda que terminará en derrota. Así que habrá que esperar seis años. Si AMLO gana, seré el candidato en 2018. Pero si pierde, también lo seré porque será evidente que habrá llegado la hora de un nuevo liderazgo.

10. Y pues no. AMLO ni se retira ni se retirará. Peleará la candidatura, pero sobre todo consolidará su liderazgo y no permitirá que nadie lo desafíe ni compita contra él. Entre sus haberes están los 15 y medio millones de votos y el hecho de que entre los perredistas, ahora ultrajados por un "nuevo fraude", sigue y seguirá siendo el líder más popular. Porque, como afirmó Manuel Camacho, la gesta de López Obrador en 2012 puede leerse, desde ya, como una victoria.

11. La incógnita es si AMLO respetará, al final, el fallo del Tribunal Electoral. Hay una corriente que le pide y exige que así lo haga. Graco Ramírez, ahora gobernador electo de Morelos, la encabeza. Pero también están los duros y el propio López Obrador que se muestra ambiguo: un día dice que sí y al otro que no. La respuesta la conoceremos a principios de agosto cuando falle el Trife. Pero pase lo que pase, López Obrador no entregará la estafeta y continuará su apostolado.

Larga y eterna vida para San Andrés. ¿Entendieron, marcelistas?


El saldo

Julio Faesler
Consultor
juliofelipefaesler@yahoo.com
Excélsior

La siguiente administración tiene una particular carga histórica.

Ha terminado la parte sustantiva del proceso electoral del 2012, tercero del que realmente puede decirse que fue completamente decidido por el voto popular.

La jornada del domingo pasado resultó sorprendentemente tranquila. Las 143 mil casillas se integraron casi en su totalidad y esa noche los paquetes electorales fueron entregándose sin incidentes en los comités distritales del IFE.

La democracia mexicana avanzó y la terquedad de AMLO acaba sirviéndole de prueba. Seguir insistiendo en que por no entregarle los laureles de la victoria fue falso todo el proceso, contraría con la compulsa voto por voto, casilla por casilla, que se está haciendo y que, caso por caso, va desechando la insostenible controversia. Se está dando el cerrojazo definitivo al largo capítulo de burdos atracos a la voluntad popular que México vivió durante casi todo el siglo XX.

La democracia no garantiza, empero, que los votantes se receten lo que más les conviene. Los próximos seis años dirán si México acertó en apostarle al regreso del PRI.

¿Nostalgia de un régimen paternalista que a todo tenía respuesta? ¿Necesidad de un cambio de estafeta? ¿Las deficiencias de las campañas que mucho antes de concluir colmaban la paciencia por su falta de creatividad? En efecto, las campañas fueron de peso ligero. Al electorado nunca se le explicó qué había de fondo en las propuestas planteadas.

La visión panista de nación, neoliberalismo matizado con responsabilidad social del sector privado, humanismo enmarcado en macroeconomía, con fe en la vía electoral, inspiró las dos últimas administraciones. Esta concepción fue fuertemente contestada por un PRD que se pronuncia por someter los intereses particulares a los del Estado y emplea el asambleísmo tumultuario para tomar decisiones de fuerte carácter social. La tercera posición, la del PRI, evitó definiciones. Prefiere un esquema para soluciones inmediatas a los problemas socioeconómicos evitando identificaciones teóricas: pragmatismo puro.

La falta de claridad conceptual en las propuestas impidió, sin embargo, detectar el sentido más trascendente de cada opción.

Como resultaron las cosas, el voto popular expresó el rechazo a bajos salarios y desempleo y alarma por la inseguridad. Hay que notar, empero, que por mucho que afectó a varias regiones del país, la guerra contra el crimen organizado no fue, al final de cuentas, un factor determinante de la elección, como se pensó. Todos los candidatos convinieron en que esta lucha debe continuar aunque con otras modalidades. Tanto en Nuevo León como en Tamaulipas, estados fuertemente golpeados por el narco, el PAN ganó votos.

La elección de 2012 no fue arena de confrontación ideológica. Estuvieron presentes, ya está dicho, los problemas de inseguridad, desocupación, desigualdad social y el déficit educativo. Estos asuntos fueron planteados como hechos que reclamaban urgente atención. Estructuras políticas, modelos fiscales, programas estatales para crear empleos, o bien, el dilema de escuelas gratuitas públicas versus escuelas privadas de paga, son temas que quedarán para elecciones con mayor reflexión ciudadana. Entre tanto, los próximos seis años serán para decisiones de mucho pragmatismo sin grandes tesis sociales.

La corrupción, tema obligado en todos los países, generó innúmeras acusaciones recíprocas entre los candidatos. Lacra que drena una muy alta proporción de nuestros escasos recursos económicos, la corrupción está presente en todos los ámbitos públicos y privados de nuestra vida. La siguiente administración, por ser priista, tiene una particular carga histórica en esta materia. Decidirá si simplemente la vuelve a factorizar en su esquema administrativo, o si reemprende con honestidad una gran cruzada nacional en su contra. Aquí, nosotros, como pueblo, también confrontamos una prueba de fuego.

El doble triunfo de la izquierda

Hugo García Michel (@hualgami)
hgarcia@milenio.com
Cámara Húngara
Milenio

Estoy convencido de que el pasado domingo 1 de julio resultó altamente positivo para la izquierda mexicana y que obtuvo sobre todo dos triunfos que le pueden significar el dar un paso tan grande como decisivo para su historia. El primer triunfo es el de Miguel Ángel Mancera a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal, con unos números tan impresionantes como indiscutibles. El segundo triunfo es paradójico, ya que me refiero a la derrota de Andrés Manuel López Obrador en su doble y frustrado intento por alcanzar la Presidencia de la República.

Quiero dejar en claro que, al hablar de la izquierda mexicana, me refiero a aquella de tendencias democráticas, moderadas, globales, modernas y liberales, es decir, de franca izquierda. Con la victoria de Mancera y el fracaso de López Obrador, esa izquierda se encuentra frente a la extraordinaria oportunidad de tomar el control de su partido más importante y fuerte, el de la Revolución Democrática, y con un nuevo liderazgo llevar a este organismo a posiciones constructivas que redunden no solo en su propio beneficio, sino en el del país entero.

A México le urge una izquierda de este tipo. De hecho, ya existe y ha demostrado su eficacia institucional a lo largo de los más recientes seis años. Es hora de que tome las riendas del PRD y se deshaga de los lastres (Roger Bartra dixit) que la mantienen en la trampa sin salida de caudillismo, el autoritarismo y la autocracia, con visiones políticas y sociales arcaicas que van a contrapelo de la historia y la alejan cada vez más del verdadero izquierdismo.

Una vez que las aguas poselectorales se serenen (lo sé, esa fecha en esos momentos resulta por demás incierta), personajes como el propio Mancera, Marcelo Ebrard, Graco Ramírez, Carlos Navarrete y muchos otros contarán con el enorme capital político que representa la capital política, y si al fin le pierden el miedo al tigre de papel que les gruñe cada vez que no lo obedecen, seguramente el PRD se convertirá en un partido democrático y realmente progresista.



Ojalá sepan sacar provecho de esta doble victoria.