julio 08, 2012

La lucha de Ruffo

Pascal Beltrán del Río (@beltrandelriomx)
Bitácora del director
Excélsior

A lo mejor la izquierda algo puede aprender de la lucha de Ernesto Ruffo, quien en su estilo, bastante solitario, logró transformaciones a nivel local.

Una de las historias que me gustaron del proceso electoral que culminó el domingo pasado es la de Ernesto Ruffo.

Primer mandatario estatal surgido del Partido Acción Nacional, Ruffo tomó posesión de la gubernatura de Baja California en 1989 y completó su periodo sin escándalos de corrupción ni abuso de autoridad, a pesar de que, en el último tramo de su sexenio, Tijuana, la ciudad más poblada del estado, se convulsionó por el asesinato de Luis Donaldo Colosio.

Si uno viaja a Ensenada, aún es posible ver la mano de Ruffo en la transformación de ese puerto, del que fue alcalde entre 1986 y 1988, y que ha llegado a ser, a mi juicio, uno de los lugares más amables y limpios del país.

Durante su gestión como gobernador, Ruffo echó a andar el primer padrón estatal de votantes y la primera credencial para votar con fotografía, que fueron base de los que ahora existen a nivel nacional. Es importante decir que él ganó las elecciones sin ellas, y que, enfrentado a una maquinaria priista que disparaba dinero por todos lados, solía repetir en su tono jamás estridente: “Pues ellos que hagan lo que quieran, yo aquí estoy haciendo mi luchita”.

La lucha de Ruffo lo llevó a ser un gobernador exitoso, a tener una relación civilizada con el entonces presidente Carlos Salinas —a quien nunca dejó de hacer señalamientos— y a salir por la puerta grande del Palacio de Gobierno de Mexicali, adonde fui varias veces a entrevistarlo.

Los años que siguieron no fueron fáciles para la trayectoria política del también empresario. Sus rivales políticos le dedicaron diversas campañas negras, acusándolo de ser mafioso, de haberse coludido con el cártel de los Arellano Félix y de ser el poder tras el trono en Baja California.

Con su estilo de lobo estepario, reacio a formar o pertenecer a tribus partidistas, Ruffo soñó en al menos un par de ocasiones con llegar a la dirigencia nacional del PAN, la más notoria en 1996, cuando fue derrotado por Felipe Calderón, a quien levantó el brazo sin titubeo alguno.

En 1999 apoyó a Vicente Fox en su búsqueda de la Presidencia de la República y se sumó a su gobierno como titular de la Comisión para la Frontera Norte, una modesta posición que lo mantuvo alejado de los reflectores.

Pero, ¿por qué digo que me gusta su historia? Porque Ernesto Ruffo no sólo fue capaz de ganarse una candidatura a senador de mayoría en este 2012, sino que luego encabezó una fórmula ganadora en un estado donde su partido fue arrasado en las elecciones del domingo pasado.

El PAN lleva casi 23 años gobernando Baja California, pero la candidata presidencial Josefina Vázquez Mota terminó tercera en la entidad, igual que a nivel nacional. Por si fuera poco, siete de los ocho candidatos panistas a diputados también fueron derrotados, a manos del PRI, y el único que triunfó (según los datos de que dispongo al momento de escribir estas líneas), el tijuanense Juan Manuel Gastélum, lo hizo de panzazo, por 0.55 puntos.

En cambio, Ruffo ganó ampliamente la elección para senador con 373 mil votos (31.44%), 45 mil más de los que obtuvo Vázquez Mota y 60 mil por encima del segundo lugar, Marco Antonio Blásquez, de la coalición Movimiento Progresista.

Es verdad que una confusión del electorado priista pudo haber ayudado a quienes finalmente llegarán al Senado, pues a Eligio Valencia Roque, el abanderado de ese partido, aparentemente le anularon unos 100 mil votos de electores que tacharon los emblemas del PRI y Partido Verde en la boleta, cuando esos partidos no iban coaligados en esa elección.

Sin embargo, independientemente de eso, nadie quita a Ruffo los 373 mil votos obtenidos en la elección, que también fueron más que los que consiguió el PAN en la elección de diputados. Es decir que la candidatura del ex gobernador no sólo fue bien evaluada por los electores panistas sino por quienes sufragaron a favor de otras opciones políticas en las otras dos boletas.

El triunfo no ha hecho que Ruffo abandone su estilo. Una vez que se contaron los votos en las casillas, este hombre, que acaba de cumplir los 60 años de edad, no dudó en regañar a su partido por la división interna y su lucha de “grupitos”, la cual, dijo, podrían llevar a Acción Nacional a perder la gubernatura el año entrante.

Su triunfo, a 17 años de haber dejado la gubernatura, debería dejar algunas enseñanzas a otros políticos. De entrada, que la paciencia, la insistencia y la sensatez dejan más que la estridencia.

La lección se puede extrapolar al ámbito nacional. La democracia en México —y en cualquier país— es un proceso. Como sociedad, hemos tenido avances indudables en los últimos años, sobre todo en los aspectos técnicos relacionados con la organización de las elecciones, pero seguimos atorados en la falta de equidad entre los contendientes.

Temas como otorgar una mayor cantidad de tiempos oficiales —que lamentablemente se destinan a bombardear al electorado con insufribles spots— y más recursos a quienes ganan más votos debieran ser revisados para nivelar el terreno.

Urge una ley de partidos políticos que homologue los procesos de selección de candidatos e impida que estas “entidades de interés público” sean clanes al servicio de familias y grupos.

Deben discutirse con seriedad la pertinencia de la reelección de legisladores y alcaldes, la segunda vuelta electoral y otros temas que han sido planteados como parte de la reforma política.

La relación de los medios con los candidatos, así como el papel de las encuestas, que han causado inconformidad y preocupación en muchos sectores, deberían ser debatidos en el Congreso de un modo que recoja experiencias pasadas.

También creo que tiene que someterse seriamente a revisión todo aquello que los partidos —todos— regalan a los electores en campaña: desde muñecos de peluche hasta bultos de cemento, pasando por los llamados artículos utilitarios y dinero en efectivo.

Es evidente que no pueden prohibirse los mítines, pues el derecho de asociarse y reunirse con fines políticos es una garantía consagrada en la Constitución, pero ¿acaso no puede hacerse nada para impedir los bochornosos actos de acarreo y el abuso de la pobreza?

Es amplia la agenda de pendientes en materia político-electoral, pero el camino para impulsar esos cambios pasa por el Congreso y el marco legal.

En estos momentos existen las condiciones para realizar esas modificaciones: hay una conciencia pública de lo que no funciona y ninguna fuerza en la próxima Legislatura tiene la representación suficiente para dedicarse a su propia agenda.

Por eso, una vez que se presenten y se procesen las impugnaciones que haya sobre el actual proceso electoral —que no termina sino hasta que se califiquen los comicios—, lo pertinente será entrar en este debate, aprovechar las lecciones aprendidas e impulsar los cambios que se requieren. Y, por cierto, son muchos más de los que se pueden abordar en este espacio.

Pero tanto como el fondo, importa la forma. En 2006, la izquierda, la segunda fuerza política, prácticamente abandonó el escenario de las reformas cuando no supo digerir la estrecha derrota que sufrió ese año. ¿Quién lo aprovechó? El PRI.

Me pregunto si esta vez la izquierda consumirá su combustible político en una interminable inconformidad con lo sucedido en el proceso electoral o transformará sus quejas en exigencias de reforma, para lo cual tendrá dos espléndidas bancadas en el Congreso de la Unión, además de la voz autorizada de Miguel Ángel Mancera, quien ganó la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal con una diferencia inaudita.

No quisiera pensar que esta vez la izquierda, con todo lo que ha ganado en este proceso electoral, le deje el terreno opositor al PAN en el Congreso, como se lo dejó al PRI en los últimos seis años.

A lo mejor algo puede aprender de la lucha de Ernesto Ruffo, quien en su estilo, bastante solitario, logró transformaciones a nivel local que, años después, fueron importantísimas para lo que se consiguió a nivel nacional. Si eso pudo hacer un hombre, mucho más podría hacer la segunda fuerza política del país.

La degradación de la palabra

Enrique Krauze (@EnriqueKrauze)
Reforma

"There is no arguing with a mood".
Bertrand Russell

El ciberespacio mexicano ha contraído un virus: Alejandro Rossi lo llamó "corrupción semántica". La indignación política se desfoga en una violencia verbal incompatible con los instrumentos propios de la racionalidad: la argumentación, la fundamentación, la persuasión, la coherencia, la claridad. En espera de que un filósofo del lenguaje estudie el fenómeno, intento una tipología provisional.

La variante más sencilla y común es el insulto. También es la más pobre, patética e inofensiva, porque revela la impotencia del emisor (y doble impotencia, por tratarse en general de emisores anónimos). A la misma familia corresponden la descalificación y la agresión racista. Ni siquiera necesitan 140 caracteres. Pertenecen al mundo gástrico, no al mental. Se escriben con bilis.

En la siguiente escala está el comentario maniqueo que, por definición, coloca al emisor en el papel del "bueno" y a su víctima cibernética en el papel del "malo". Este cibernauta binario no distingue matices ni colores: es daltónico. Supongo que el origen de esta distorsión es religioso, pero en su variante geométrica proviene de la Revolución Francesa: ésta es la izquierda que salva y se salva, ésta es la derecha condenada al infierno. Y la "derecha" es un costal en el que caben todos: conservadores, liberales, socialdemócratas.

Emparentada con la anterior está la pomposa manía inquisitorial: el cibernauta que se erige en Juez del Tribunal de la Santa Inquisición (o en Comité de Salud Pública, que es lo mismo) para condenar a la hoguera (la guillotina) a quienes no piensan como él. Quienes practican (o, más bien, padecen) este mal incurren en una petición de principio: parten de una autoproclamada superioridad moral.

Una variedad más compleja y generalizada está expresada en una frase de Lenin: "No pregunte si una cosa es verdadera o no; pregunte sólo: ¿verdadera o no para quién?". Según esto, nadie piensa de manera autónoma sino siempre en función de intereses materiales. Pero si todo pensamiento está determinado por una adscripción social o económica, no existe el azar, la libertad, la verdad objetiva, las leyes científicas. Se trata de un pensamiento contradictorio porque la perentoria frase de Lenin implica la afirmación de una verdad no relativa. ¿Desde dónde emiten esa Verdad sus detentadores? Desde una supuesta "representación" del pueblo oprimido. Lo cual recuerda la sentencia de Groucho Marx: "El poder para el pueblo significa el poder para los que gritan el poder para el pueblo".

Quizá la más maligna variante del virus (muy esparcida) es la teoría de la conspiración. Todo lo que ocurre es obra de un complot tenebrosamente urdido por las fuerzas del "no pueblo" contra el pueblo. Ese pensamiento gaseoso tiene un efecto alucinógeno: hace creer a quien lo inhala que "él es clarividente", que "él sí sabe cómo está la cosa", y que por tanto no necesita descubrir pruebas empíricas, descender a los casos concretos. Trasmitido por maestros con aureola de taumaturgos, el virus conspiratorio hace presa fácil de los jóvenes pero tiene adictos en todas las edades.

Y queda la simple y llana mentira, la falsificación que repetida una y otra vez toma fuerza propia. Es la propaganda, y sobre ella Leszek Kolakowski contaba esta parábola: "Dos niñas corren en un parque. La que va detrás grita desaforadamente: ¡Voy ganando!, ¡Voy ganando! De pronto, la de adelante abandona la carrera y se refugia en los brazos de su madre, sollozando: 'no puedo con ella, mamá, siempre me gana'".

Hay especies que cubren el ciberespacio que no deben confundirse con el virus de la corrupción semántica. Me refiero a la denuncia y al repudio, sobre todo si tienen fundamento y son expuestas con seriedad y elemental civilidad. Pero una cosa es indignarse y otra es lanzar una ráfaga asesina disfrazada de "argumentación". El ciberespacio es una efímera ciudad de palabras e imágenes, una plaza sin leyes ni convenciones, una comunidad anárquica que poco a poco debe irse autorregulando. De no hacerlo, corre el riesgo de vaciarse: de contenido, de visitantes, de interés.

Su mayor peligro es la degradación de la palabra pública bajo el factor aglutinante del odio. Odio personal, odio de clase, odio ideológico, odio racial, odio teológico. El odio al otro, a lo otro, a quien piensa distinto. Por fortuna, el odio no ocupa -ni siquiera ahora- la totalidad del ciberespacio, cuya naturaleza sigue siendo la de una vertiginosa e igualitaria conversación. La gente entra a Twitter -me consta- con ganas de saber, de dialogar y hacer contacto con otra persona. Es un antídoto contra la soledad, un café virtual, una cantina divertida y loca. Pero en un rincón de esa cantina hay unos sicarios con pistolas verbales. Y uno se pregunta cuándo las desfundarán, no en el ciberespacio sino en el espacio.

Un gobierno de izquierda

Juan E. Pardinas
Reforma

A México le haría muy bien ser gobernado por una izquierda serena y sensata. Nuestra democracia y nuestra economía se verían fortalecidas por un liderazgo político que tuviera como máxima prioridad los problemas de pobreza y desigualdad de oportunidades. A través del tiempo y el planeta, la evidencia demuestra que la mejor manera de reducir la marginación social es por medio del crecimiento incluyente. Un gobierno de izquierda debería tener como obsesión prioritaria acelerar y sostener el dinamismo económico. Las naciones que lograron cambios más profundos fueron aquellas que forjaron pujantes clases medias, donde antes sólo había una población con carencias materiales y aspiracionales. Nada hay tan disruptivo para el status quo que el crecimiento económico. Las revoluciones más trascendentes y pacíficas son aquellas que tienen como catalizador el mérito y el esfuerzo individual.

México ya tiene un partido político que postula la revolución institucional y otro que promueve la revolución democrática. Aún nos falta fundar el nuevo PRM, el Partido de la Revolución Meritocrática. La reivindicación del mérito como motor de transformación social es compatible con una izquierda republicana que buscaigualar oportunidades y abolir privilegios.

El domingo pasado casi siete de cada diez votantes mexicanos decidieron que no era el tiempo para un gobierno de izquierda o que AMLO no era el hombre adecuado para encabezarlo. A nuestra transición democrática todavía le hace falta su versión local de un Felipe González, un Ricardo Lagos o un Lula teotihuacano. Sin embargo, la izquierda mexicana tiene un puñado de liderazgos modernos, Marcelo Ebrard, Juan Ramón de la Fuente o Miguel Ángel Mancera, que bien podrían aspirar a cumplir ese papel.

El 2012 ha sido un gran año para la izquierda mexicana. En el DF tuvieron la votación más alta de la historia. Ganaron
Tabasco, Morelos y en el norte del país lograron votaciones importantes. Su fuerza en el Congreso de la Unión les permite, de la mano del PAN, avanzar una agenda legislativa para fortalecer la transparencia y rendición de cuentas en estados y municipios. Si el gobierno de Enrique Peña Nieto no socava los cimientos de las instituciones democráticas, el PRD tendría argumentos sólidos para aspirar a una alternancia hacia la izquierda en el año 2018. Sin embargo, el futuro de la izquierda mexicana dependerá en gran medida de las decisiones que se tomen en las próximas horas y semanas.

Una izquierda que aspire seriamente al poder deberá mantener cerca a sus votantes leales, pero también tender puentes a los ciudadanos que primero sufragaron por el PAN y luego optaron por Peña Nieto. Ese votante moderado, sin camiseta partidista, tiene las llaves que abren y cierran las puertas de Los Pinos. Después del conflicto poselectoral de 2006, AMLO quemó sus naves con ese sector del electorado. La descalificación de los comicios sin el sustento de evidencias y la bufonada de tomar posesión como presidente legítimo fueron dos lastres que cargaron todos los candidatos de la izquierda mexicana.

Los cuestionamientos sobre la elección del domingo pasado se deben canalizar por los cauces institucionales, no sólo por el bien de la democracia mexicana, sino también por el prometedor futuro de la izquierda. Si la elección ocurrió en el contexto de una democracia imperfecta, donde la televisión tiene el poder de cargar los dados hacia un candidato ¿por qué legitimar los comicios con su candidatura? El escándalo de las tarjetas Soriana y la compra de votos se debe perseguir y castigar por los caminos y procesos validados por todos los partidos políticos. Las normas y las instituciones son el único asidero de la República. La otra alternativa es la espiral de la incertidumbre.