julio 12, 2012

'Parto de los montes' por Paco Calderón




Vancouver (Apuntes para una izquierda deseada)

Blanca Heredia (@BlancaHerediaR)
bherediar@yahoo.com
La Razón

Abrí los ojos y amanecí rodeada de mar y de verde. Difícil imaginar un lugar más distante, más distinto, más absolutamente opuesto a la ciudad de México. En los parques inmensos, los caminantes anónimos se miran y se saludan; en las intersecciones los coches se detienen para darse el paso unos a otros; en las playas no hay basura. El aire aquí huele a limpio, todo es humedad, suavidad y civilidad a raudales.

Mismo continente, universo paralelo. Profusión de verde: árboles techando las calles, bosques, edificios de cristal verde. Estado de bienestar conviviendo al lado del mercado sin sacar chispas. Piscinas públicas en las que se bañan juntos asiáticos y blancos; bibliotecas públicas llenas de gente. Zonas de agua en los parques para que jueguen, a su aire, los niños, mientras sus madres o sus padres leen tranquilamente tirados sobre el pasto. Nada demasiado excitante; ritmos y texturas, con todo, de una serenidad deslumbrante. Vancouver se me aparece como un espejo tranquilo, como una espada limpia, sin filo. Quizá por ello tantos tatuajes, tantísimos.

Me gustan muchas de las piezas de este mosaico acompasado y tranquilo. Me encanta la idea de no sucumbir al terror si dejas de ver a tu hijo un momento en un museo, me gusta mucho poder cruzar una calle sin temer por mi vida, disfruto caminar de noche una ciudad que no esta atragantada de miedo. Prefiero, evidentemente, los tatuajes a los decapitados; prefiero la mirada franca a la mirada esquiva. Sería lindo poder tener todas esas cosas en la ciudad de México y en el país entero.

Yo crecí en un DF que, sin mar y sin tanto verde, tenía una paz parecida. Ese ritmo tranquilo, casi provinciano, de mi niñez lo perdimos hace mucho. En el camino ganamos muchas otras cosas: diversidad, creatividad y adrenalina a manos llenas. Ganamos también el mundo con todos sus encantos y sus pesadillas. No parece posible ni tampoco deseable recuperar aquella paz de pueblo grande.

Hasta hace menos tiempo había en la capital y en el país todo una cierta tranquilidad de base y un cierto orden, si bien precario, predecible. Esos patrones de fondo presentan hoy gigantescas roturas. La violencia desatada, la desconfianza rampante y la abismal desigualdad de siempre han vuelto la vida en muchas partes del país un infierno cotidiano. Reconstruir ese orden frágil y precario en el que vivíamos hasta antes de la “guerra contra el crimen” tampoco parece fácil ni deseable.

¿Podremos armar alguna paz de fondo capaz de coexistir con las posibilidades infinitas de millones de personas viviendo lado a lado? ¿Seremos capaces de construir algún orden que en lugar de cercenarnos y enfrentarnos nos haga posibles a todos? ¿Podrían acaso estas preguntas servir para empezar a bosquejar la agenda deseable de una izquierda mexicana fresca que abrace sus triunfos, que aprenda de sus derrotas, que renuncie a su eterna condición de víctima y que contribuya, con responsabilidad, imaginación y trabajo, a que todos podamos vivir vidas más libres, más amables y más anchas?

El hombre que no sabía perder

Alfonso Zárate Flores (@alfonsozarate)
Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario, SC
El Universal

La batalla que ha emprendido Andrés Manuel López Obrador para anular la elección presidencial está condenada al fracaso por una razón muy simple: no se concretó ninguna de las causales que señala la ley. Sin embargo, en algo tiene razón: el proceso electoral que culminó el primero de julio estuvo marcado por la inequidad, el despliegue abusivo de recursos y las dudas sobre la inducción o “compra” de votos (el uso de tarjetas de Monex y Soriana). Una elección “de baja calidad”, como la definió Eduardo Huchim.

Pero esta disputa no fue entre buenos y malos. El despliegue de malas artes tiene larga data y no es monopolio priísta. El PRD en el DF ha exhibido desde hace muchos años las peores prácticas clientelares y el PAN tampoco puede reclamar pureza (las denuncias por fraude menudearon, incluso, en su contienda interna por las candidaturas).

Hablar de inequidad implica recordar que uno de los candidatos, López Obrador, lleva 12 años en campaña y que en los últimos seis no ha hecho otra cosa que invertir la totalidad de su tiempo en la construcción de las redes que debían llevarlo a la Presidencia. De igual forma, registrar que las políticas sociales que implantó como jefe de Gobierno del DF se tradujeron en redes clientelares; la mejor prueba de ello es el acarreo de adultos mayores a sus concentraciones.

En las próximas horas conoceremos si López Obrador aprendió algo de la dura experiencia de la elección de 2006; de su incapacidad para reconocer errores y desatinos, como aquello de erigirse en “presidente legítimo”, con todo y banda presidencial; designar un “gabinete” para un gobierno imaginario; instalar un bloqueo en Paseo de la Reforma y tratar de impedir con un “cerco popular” en San Lázaro la toma de protesta de Felipe Calderón.

En esta campaña, Andrés Manuel se propuso reducir los “negativos”, pero su conducta errática lo ha llevado a transitar, sin escalas, del odio al amor y de regreso: un día instaura la república del amor y otro reprueba a los consejeros electorales; otro día firma un compromiso para respetar los resultados electorales, para ignorarlos más tarde.

Con esa dinámica de bandazos y ocurrencias decidió enfrentar los “malos” resultados en su segunda intentona por llegar a Los Pinos. No obstante que, por ejemplo, el rector de la UNAM, José Narro, defendió la solidez e inviolabilidad del PREP, López Obrador exigió el recuento de los votos. Cuando el IFE lo autorizó —porque estaba contemplado en la ley— y se recontaron 78 mil 469 paquetes electorales (54.7% del total) sin mayores ajustes, entonces el tabasqueño denunció la “compra de votos”: cinco millones de ciudadanos, parte del “pueblo bueno”, le habrían hecho caso en eso de “ustedes reciban lo que les den, pero voten conforme a su conciencia”. Sólo que, por múltiples razones, su conciencia los llevó a votar por el Revolucionario Institucional. Pero, entonces, ¿qué pasó con ese ejército de cientos de miles preparados para cuidar las casillas y evitar el fraude?, ¿también “se vendieron”?

Lo que es evidente es la disociación del candidato “progresista” con la realidad: sólo cree aquello que deriva de su propia percepción y, en esa lógica, no puede admitir que perdió otra vez; y ahora no por la mínima diferencia de 0.56% sino por siete puntos y más de 3 millones de sufragios; por eso injuria a millones de ciudadanos cuando dice que no votar por él sería “un acto de masoquismo” o cuando asegura que los votos por el PRI son en favor de la corrupción o votos comprados.

Lo que decida ahora responderá, en gran medida, a la forma en que se resuelva la tensión entre los moderados y los radicales de su entorno inmediato; entre un Ricardo Monreal instalado en la lógica rupturista —junto con la directiva del SME y facciones del #YoSoy132— y figuras de sensatez acreditada como Cuauhtémoc Cárdenas, Juan Ramón de la Fuente, Manuel Camacho y Marcelo Ebrard.

Posdata

Decía Hegel que la historia siempre se repite, pero la primera vez como tragedia y la segunda como farsa. ¿Intentará de nuevo López Obrador erigirse en “presidente legítimo”?

¿Cómo se compra un voto?

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

Recordaba el colega Rubén Cortés en La Razón que el caso de las tarjetas de Soriana se parece al que hace seis años acuñó López Obrador con el supuesto fraude de Hildebrando. Es verdad. El sexenio pasado, López Obrador insistió en un supuesto fraude, económico y electoral operado por una empresa en la que uno de los propietarios era uno de los hermanos, Hildebrando, de Margarita Zavala. Hubo un enorme escándalo mediático, muchas declaraciones contundentes y, cuando se dijo que se entregarían las pruebas del fraude, no pasó nada: no había tales pruebas, era una gran mentira construida con base en repetirla una y otra vez hasta que no fueran necesarias. Con el caso Hildebrando obviamente no pasó nada en el terreno legal, porque no había nada que juzgar, pero hasta el día de hoy López Obrador y sus personajes más cercanos siguen insistiendo en que esa es una prueba del fraude que habrían sufrido en 2006.

Ahora se muestran, pegadas a una pared, tres mil 500 tarjetas de Soriana que supuestamente habrían servido para comprar votos para Peña Nieto. Se dice que se depositó en cada una de ellas una cantidad de dinero, no mayor a mil pesos, para que a cambio de ese pago se comprara un voto (que por supuesto no se sabe si se compraría o no por la sencilla razón de que no hay forma de saber, una vez entregada la tarjeta, por quién votó su supuesto poseedor). Se adjunta la copia de un ticket de compra que dice en el concepto algo así como: aportación del PRI. El lopezobradorismo presenta un video de una tienda Soriana donde un grupo de personas se aglomera para hacer sus compras antes que el PRI, dicen, cancele las tarjetas. Los supuestos compradores (y vendedores de sus votos) son tan disciplinados al tricolor que incluso van a hacer la compra todos juntos y con playeras de apoyo al PRI, cosa de que nadie se vaya a confundir. ¿Si son tan disciplinados al partido para qué comprar el voto?, podría uno preguntarse.

El único problema es que la empresa emplaza a los dirigentes del PRD a que presenten cualquiera de esas tarjetas para que sean revisadas públicamente y demostrar, así, que su afirmación es falsa: que son tarjetas de puntos, de un programa que se estableció con la CTM hace tres años, y en la cual los puntos se van sumando en la medida en que se compra y que no hay forma de hacer aportaciones en efectivo a las mismas. Tienen en su favor un argumento contundente: todas las tarjetas tienen chips y se pueden revisar en cualquier computadora de la empresa los movimientos que se realizó con ellas. El equipo de campaña de López hizo oídos sordos al desafío y simplemente dice que con esas pruebas pedirá nada más y nada menos que la anulación de las elecciones presidenciales. Sólo de ésas; no pide que se anulen las de diputados y senadores, y mucho menos las del DF, Morelos y Tabasco. Todas fueron simultáneas, todas se realizaron con los mismos padrones y lo que es más importante, con los mismos electores, que una vez más fueron tan disciplinados en lo que se les ordenó que votaron para el PRI sólo en los comicios presidenciales, en los demás, como por ejemplo en el DF, prefirieron votar por el PRD para darle una votación a Miguel Mancera de casi 65%, con un carro completo que no se veía en la capital desde la elección intermedia de 1991 (casualmente, quien coordinó aquella campaña donde el PRI ganó 40 de 40 distritos en disputa fue Marcelo Ebrard, entonces secretario general del PRI-DF y ahora jefe de Gobierno capitalino y futuro precandidato presidencial para 2018).

Por supuesto que todos los partidos, en mayor o en menor medida, recurrieron a movilizar electores y tratar de comprar, de una u otra manera, conciencias y votos. Se hizo con sacos de cemento, enseres domésticos, despensas, pensiones y, en algunos casos, los menos, con dinero. Comprobar que eso se tradujo en votos, como lo reconoció el virtual gobernador electo de Tabasco (y vaya que en ese estado hubo “movilización” de todo tipo del PRD y del PRI), el perredista Arturo Núñez, es imposible, aunque es una práctica que se tendría que castigar.

El problema es comprobar que se cometió ese delito, mucho más cuando alguien como López Obrador habla de la compra de cinco millones de votos y de la utilización de miles de millones de pesos para hacerlo. Una pregunta, ¿la inyección en apenas unas horas de miles de millones de pesos en efectivo a la economía y la compra de cinco millones de “voluntades” no se hubiera puesto de manifiesto en forma inmediata?, ¿no estaríamos inundados de denuncias, pruebas, incluso de datos económicos que demostraran ese fabuloso manejo de personas y recursos?

Pues no, no hay nada de eso, salvo la declaración de AMLO, que siempre aclara que él puede hacer esa denuncia porque tiene “autoridad moral” (sic).

Lo lamentable de todo esto es que el presidente Calderón le haya seguido la corriente a López y que el PAN, que había salido tan dignamente el domingo a reconocer su derrota, haya decidido seguir una línea de impugnación que debería recordar que es la misma que le recetaron hace seis años.

Los votos que compra el PRD

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Osea que los partidos políticos no solo convencen a los ciudadanos sirviéndose de argumentos, promesas, resultados concretos, programas y propagandas, sino que compran sus voluntades… ¿De qué estamos hablando? O, mejor dicho, ¿de quién estamos hablando? ¿De Bejarano? ¿De la Padierna? ¿Y qué métodos podrían usar los actuales compradores de votos, a la usanza de aquella singular pareja? ¿Canonjías aseguradas a los taxistas piratas? ¿Leche (con caca) repartida, por ejemplo, en las barriadas de las ciudades del Sureste, tal y como se hizo en la muy progresista y liberal y avanzada y tolerante y moderna Ciudad de México? ¿Privilegios y beneficios para las organizaciones cercanas de comerciantes ambulantes y vendedores de fayuca? ¿Cuotas de poder para los grupos corporativos? ¿Impunidad para agitadores del mismo pelaje que los del Frente Popular Francisco Villa? ¿Derechos asegurados (solamente a los manifestantes de causas afines porque a otros colectivos, tal que el de los pilotos o los de los empleados más “aburguesados”, las autoridades capitalinas les echan encima la fuerza pública sin mayores miramientos) como el de cerrar y bloquear las avenidas de la capital de todos los mexicanos? ¿Dádivas para los ancianos en tarjetas recargables cada mes?

Y, admitiendo que garantizar una pequeña pensión para los viejos no es obligadamente una estrategia electorera, sino la expresión de una política de inclusión y protección a los más débiles y que la idea de crear, por ejemplo, una Universidad de la Ciudad de México —más allá de que los estudiantes no logren graduarse y que el esquema sea costosísimo para los contribuyentes— no obedece únicamente a la aviesa manipulación de intereses ni al deseo de ganarse la adhesión de los jóvenes, sino que resulta de un genuino programa educativo, ¿dónde diablos termina, justamente, lo educativo —y, de la misma manera, lo social— y dónde coños comienza lo meramente electorero, lo puramente partidista y lo exclusivamente populista? Digo, yo solamente pregunto.

PRIAN del siglo XXI

Jorge G. Castañeda (@JorgeGCastaneda)
jorgegcastaneda@gmail.com
Reforma

Soy de los que prefieren, en la etapa mexicana actual, no siempre en México y no en todas partes, gobiernos con mayorías. Creo que los cambios que México requiere exigen una Presidencia democrática fuerte, con mandatos y mayorías legislativas suficientes para lograr la aprobación de reformas o llevarlas al país por la vía del referéndum. No importa si esa Presidencia democrática con mayorías legislativas es del PAN, del PRI o del PRD: así veríamos si las propuestas de cada uno de ellos encierran la más mínima coherencia y si arrojan resultados. Ya hemos tenido gobiernos minoritarios del PRI y del PAN, ahora tendremos nuevamente uno del PRI; algún día, muy lejano, tal vez haya uno de la izquierda.

Por eso me hubiera agradado que el PRI alcanzara una mayoría en ambas Cámaras, a sabiendas de que la casi totalidad de las reformas que en mi opinión deben realizarse son de índole constitucional; necesitan una mayoría de dos tercios en el Congreso y las legislaturas estatales. Pero eso ya no fue; sin embargo, el resultado del 1o. de julio podría equivaler a una mayoría priista si el PRI y el PAN se ponen de acuerdo, durante el interregno y después del 1o. de diciembre, para sumar agendas en lugar de contrastarlas.

Leo Zuckermann ya apuntaba en esta dirección en su artículo de ayer en Excélsior. Existe una gran complementariedad y una relativa convergencia de ambas agendas, sobre todo si se entiende que nada es gratis en la política. Peña Nieto ha dicho que, entre otras cosas, quiere inversión minoritaria en Pemex (el PAN está de acuerdo); concentrar el esfuerzo de seguridad en el combate a la extorsión, el secuestro y el homicidio y en construir una policía nacional mucho más grande (el PAN está más o menos de acuerdo); construir un sistema de protección social universal financiado por el fondo fiscal central (en buen castellano significa generalizar el IVA y eliminar los subsidios a la gasolina; el PAN más bien no está de acuerdo); y establecer la jornada completa en la educación primaria y dotar de una computadora específicamente para niños a los alumnos de quinto y sexto año (el PAN no lo hizo y probablemente no le encante).

El PAN quiere la reelección de legisladores, la segunda vuelta, el fin de los monopolios sindicales, la no retención de cuotas, eliminar la toma de nota y la cláusula de exclusión: sobre todo esto Peña ha manifestado su desacuerdo aunque con matices. Algunos otros temas del PAN como una mayor autonomía del Ministerio Público podrían ser convergentes.

Se disciernen claramente las bases de un entendimiento: Peña cede en aspectos políticos que no le gustan (por cierto aprobados por una parte del PRI) y el PAN pasa aceite y aprueba reformas que el PRI obstaculizó y que pueden resultar impopulares pero indispensables. La mesa está puesta, pero sólo para los comensales que hay: Peña por el PRI, Calderón por el PAN hasta el 1o. de diciembre, y después a quien el PAN escoja. Lo que no va a resultar factible es negociar acuerdos de esta envergadura y dificultad y al mismo tiempo descalificar la legitimidad de una de las partes.

Si Calderón y el PAN insisten en que la compra y coacción de votos, la manipulación de los medios y de las encuestas y el gasto excesivo de campaña, todo ello por el PRI, hicieron que Peña ganara "a la mala", debieran haber actuado y seguir actuando en consecuencia: instruir a la Fepade para que procediera desde hace 5 años contra aquellos que violaran las leyes; aprobar leyes en caso de que las vigentes no bastaran o funcionaran; y apoyar a AMLO en su empeño por declarar inválida la elección. En la indecisión consuetudinaria de Felipe Calderón yace la razón del fracaso de su sexenio, rechazado por 75% del electorado. Esa indecisión se ha reflejado en sus políticas públicas y estrategias y se vuelve a manifestar hoy: sí fue "a la mala", pero no es inválida; sí hubo trampa, pero no la suficiente para invalidar; sí tiene razón AMLO, pero no vamos con él. Así, no llegaremos a ningún lado.

Congruencias e incongruencias

Rafael Álvarez Cordero
raalvare2009@hotmail.com
Médico y escritor
Excélsior

¿Qué hace el Presidente cuando felicita a EPN la misma noche de la elección, y luego pone en duda el resultado de la contienda?

¿Qué te han parecido los resultados de la elección?

-Bueno, yo creo que hay congruencias e incongruencias y los actores se comportaron unos congruentes y otros no; el más congruente es sin duda Andrés Manuel López Obrador.

-¿Cómo te atreves a decir eso?

-Por las evidencias, compadre, por las evidencias. López Obrador es el más congruente porque siempre ha sido como es ahora, nació en Tabasco, tierra de plátanos, y desde entonces soñó con ser presidente (de una república bananera), quiso ser gobernador en 1988, perdió, y escribió su libro Tabasco, víctima de un fraude; siempre congruente, después de maniobras de resistencia civil, quiso en 1994 ser de nuevo gobernador, le ganó Roberto Madrazo y viajó hasta México para mostrar 250 mil documentos que “demostraban el fraude del PRI” con un gasto 40 veces superior al permitido, y volvió a perder, pero fiel a su idea, llegó a ser jefe de Gobierno del Distrito Federal, en donde tú recuerdas su gestión y cómo se fue deshaciendo de quienes lo habían ayudado, comenzando por el ingeniero Cárdenas; en todo ha sido congruente, compadre, quiso ser presidente, pasó por encima de sus compañeros y compitió, perdió y no aceptó la derrota, tú y yo y millones de capitalinos vivimos el bloqueo de Reforma, y luego supimos que escribió un libro La mafia que nos robó la presidencia y en el colmo del delirio se proclamó “presidente legítimo”. Y ahora, en aras de su congruencia, por meses estuvo pregonando que tenía ganada la elección, fiel a su obsesión personal, ignoró los mensajes y los consejos de sus cercanos colaboradores, perdió una vez más. ¿Y tú crees que dejaría de ser congruente?, pues no, porque después de haber firmado en el IFE un acuerdo para reconocer los resultados de la elección, ¡oh, sorpresa!, no los reconoce y está juntando, no 250 mil documentos, sino cinco millones para demostrar que hubo fraude.

-Bueno, siendo así, acepto que sea congruente consigo mismo.

-Sí, porque parece que está en su mente la idea de que es un predestinado, que tiene una misión suprema que cumplir, y me recuerda a algunos dictadores y sátrapas del mundo que han sido así, creen sólo en sí mismos y hacen todo para conseguir el poder; lo dicho, López Obrador es congruente.

-¿Y quiénes no son congruentes?

-De entrada, los que, ilusos, creyeron y aún ahora creen que López Obrador había cambiado y aceptaría las reglas del juego. Incongruentes, porque como dice Alicia: “Él es como es”. Pensar que fuera diferente sería una incongruencia.

-¿Y quiénes más?

-Pues por lo pronto los panistas, de Calderón para abajo; ¿qué hace el Presidente cuando felicita a Enrique Peña Nieto la misma noche de la elección, y luego pone en duda el resultado de la contienda?, ¿qué hace Josefina Vázquez Mota que con elegancia aceptó su derrota en las urnas y ahora se une para denostar al ganador?, ¿qué hace Gustavo Madero al hablar de que se unirá al PRD en las demandas y luego —incongruente— decir que se unirá “sólo en algunas”? Luego te contaré de otros incongruentes más.

-O sea, compadre, que vivimos entre congruentes e incongruentes, ¿y el país?, bien, gracias.