julio 14, 2012

El expediente de AMLO

Jaime Sánchez Susarrey (@SanchezSusarrey)
Reforma

AMLO jamás ha pasado la prueba de fuego de todo demócrata: reconocer la derrota y actuar en consecuencia. Habrá que ver si ahora, aunque le sea adverso, respeta el fallo del Trife

El expediente de AMLO no le ayuda. En 2006 mintió reiteradamente. Lo hizo en el Hotel Marquis el 2 de julio, pasadas las 11 de la noche, y en el Zócalo la madrugada del 3 de julio. Afirmó entonces que los conteos rápidos le otorgaban una ventaja de 500 mil votos. Nunca hubo tal.

Mintió de nuevo la tarde del 3 de julio cuando proclamó que las cifras del IFE no checaban y que habían desaparecido 3 millones de votos. Lo hizo con premeditación porque él, como sus más cercanos, sabía que esos millones de votos se podían consultar en un archivo para actas con inconsistencias.

Mintió, también, cuando presentó un video de una casilla y alegó que se había fraguado un fraude a la antigüita. Y cuando la representante de la Coalición por el Bien de Todos, Juliana Barrón Vallejo, salió a desmentir el hecho, con displicencia y cinismo la descalificó. Maicearon a nuestros representantes, sentenció.

Mintió cuando afirmó que un algoritmo alteraba el Programa de Resultados Preliminares. Dicho de otro modo, entraban unas cifras, pero salían otras favorables a Felipe Calderón. Se trataba de un fraude cibernético.

La denuncia no tenía pies ni cabeza. Pero se volvió creíble porque el honorable rector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, guardó un silencio cómplice. No aclaró, primero, que algoritmo es un término para referirse a distintas fórmulas de cálculo. Pero sobre todo, omitió decir y respaldar al PREP que había sido diseñado con la cooperación de científicos de la UNAM.

Mintió, a principios de abril de 2006, cuando afirmó que contaba con una encuesta que le otorgaba 10 puntos de ventaja. Y a lo largo de todo mayo y junio siguió proclamando su mentira por todo el país.

Hoy, todo indica, ha vuelto a las andadas. Las cifras van y vienen como si fueran ciertas. La denuncia del fraude orquestado con la complicidad de la cadena Soriana es ejemplar.

López Obrador exhibió en una conferencia de prensa 3 mil 500 tarjetas de Soriana con un logo de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), afiliada al PRI. Esa documentación notariada fue presentada ante el Tribunal Electoral Federal como prueba de la compra de votos.

Sin embargo, Humberto Fayad, director general de Soriana, hizo una doble aclaración: las tarjetas Soriana-CTM funcionan desde 2010 y forman parte de un programa de puntos y beneficios para los trabajadores. No se puede depositar en ellas dinero.

De hecho, Fayad ha ido más lejos y ha denunciado un montaje deliberado. Según su dicho, la única tienda que registró un tumulto de consumidores el lunes 2 de julio está ubicada en Iztapalapa. Los anaqueles fueron vaciados y a partir de ahí se dijo que fueron compras masivas de todos aquellos que habían vendido su voto a cambio de una tarjeta Soriana.

El problema está en que eso sólo ocurrió en una de las 600 tiendas de Soriana y donde, por pura coincidencia, se encontraba un fotógrafo de La Jornada que tomó imágenes de los anaqueles vacíos. Posteriormente, la tienda fue clausurada por presuntas irregularidades en cumplimiento del reglamento.

Lo notable del asunto está en que, por una parte, el PRD arrasó en la delegación Iztapalapa, como en el resto del DF. Y por la otra, el propio Ebrard reconoció que en la Ciudad de México no había habido compra de votos. ¿Quiénes eran entonces los consumidores arrebatados?

Pero además, el propio Fayad recordó que durante la administración de López Obrador, Soriana emitió tarjetas donde los adultos de la tercera edad recibían depósitos de las pensiones que otorgaba el gobierno del Distrito Federal.

Y por cierto, quién no recuerda la asistencia multitudinaria de cabecitas blancas a los informes de gobierno de López Obrador en el Zócalo de la Ciudad de México. ¿Iban por su propio pie o pasaban lista con la amenaza de suprimirles la pensión?

Con el asunto de Monex sucede algo similar. Para empezar, la denuncia del PAN se hizo hasta finales de junio. Solicitó entonces que el IFE congelara las cuentas porque presumía que ese dinero se utilizaría para comprar votos. La respuesta del IFE fue negativa, porque no encontró indicios de tal cosa, y posteriormente fue ratificada por el Tribunal Electoral Federal.

Ricardo Monreal ha agregado que se depositaron 240 millones de pesos de esa cuenta en 143 mil tarjetas, es decir, el promedio en cada plástico sería de mil 678 pesos. Pero si ese promedio se multiplica por los 5 millones de votos que, según AMLO, se compraron da un total de... 8 mil 391 millones de pesos.

Igual se podría hablar de 20 o 30 mil millones de pesos. Sumar no empobrece. La denuncia afirma, también, que los gobernadores priistas fueron claves en la compra de voto. Pero si así fue, cómo se explica que el PRI perdió en Nuevo León, Tamaulipas y Veracruz.

Por último, una consideración elemental. En algún momento de la campaña, Felipe Calderón se vanaglorió de que las manifestaciones no eran contra él, sino contra uno de los candidatos.

Y sí, efectivamente así fue. Pero fue así por una razón simple: la candidata del PAN no encabezaba las encuestas. Porque de haber sido el caso, la campaña y las manifestaciones se habrían orientado contra "el espurio" que orquestaba un nuevo fraude.

Y hoy, las denuncias no serían contra el PRI y la supuesta compra de 5 millones de votos, sino contra "el espurio", el Programa Oportunidades y el Seguro Popular que le habrían permitido doblegar voluntades y robarse la elección una vez más.

Escribí hace unas semanas que AMLO jamás ha pasado la prueba de fuego de todo demócrata: reconocer la derrota y actuar en consecuencia. Habrá que ver si ahora, aunque le sea adverso, respeta el fallo del Trife. Ojalá, pero lo dudo.

La doble moral de AMLO

Yuriria Sierra (@YuririaSierra)
Nudo Gordiano
Excélsior

Se le olvida que en su campaña llegaban camiones llenos de gente obligada a asistir a sus mítines.

“Lo que no reconoce el candidato perdedor es que fue un candidato menos competitivo que en 2006”, dijo Pedro Joaquín Coldwell la noche del jueves, después de que fuimos testigos de la relectura que Andrés Manuel López Obrador hizo de ese discurso suyo que entona cada vez que pierde una elección, lo que resume el síndrome de mal perdedor que le da a AMLO cada que los acontecimientos no salen como quiere.

No es la primera vez; hace unos días recordamos en este espacio que hizo lo mismo en 1988 y en 1994, cuando no logró ser gobernador de Tabasco, y en 2006, su tercera y muy histórica derrota. Marchas, manifestaciones y oportunidad para aprovechar los recovecos legales (o no) que le permitan creerse y hacer creer sus teorías de conspiraciones en su contra.

Una y otra vez, ahí va AMLO, en esta ocasión ignorando a los millones de personas que no votaron por él, que lógicamente son mucho más que los que sí lo hicieron, y es lógico si se suman los porcentajes de Enrique Peña Nieto, Josefina Vázquez Mota, Gabriel Quadri y votos nulos. Pero en la suya, su lógica, a AMLO nada le alcanza para entenderlo así, para él todo es fraude y complot en su contra, el eterno demócrata timado. Su ego es demasiado, la realidad parece superarlo y él parece no aceptar que una tarjeta de puntos de Soriana haya podido más que sus tantos años de campaña. Su ego le impide ver tan triste trasfondo. Incluso a la muerte de Juan Pablo II se quejó de que los medios hayan cubierto el hecho, no a él.

Sus acusaciones con respecto a la compra-venta de votos por parte del PRI, lo ponen a él (en realidad, él mismo toma ese lugar) en un altar, en una blanca paloma que jamás ha regalado siquiera una despensa para ganar simpatías. Así, textual, lo ha declarado tantas veces a últimas fechas, ahora que ese es su tema favorito en las conferencias de prensa que ha dado y cuyo conductor es la redundancia. Y tras su nada original discurso del jueves (y la inexistencia de las “pruebas” que había prometido), en realidad AMLO termina quedando mucho a deber.

¿Qué le pasará a AMLO, que habla de moral política y se olvida de que su partido también entrega despensas a los militantes? Se olvida también de que en su campaña llegaban camiones llenos de gente obligada a asistir a sus mítines. Habla de moral, pero sólo de una, la que le conviene. No de la otra que tiene, la que le permite hacer uso de esas prácticas partidistas de coacción del voto y que se permiten porque las leyes electorales están llenas de vacíos, absurdos y omisiones. Leyes que fueron aprobadas por los partidos que lo apoyan.

Ayer presenté en Cadenatres Noticias una serie de fotografías donde se muestran tales hechos: reparto de despensas y lonches, acarreados... todos dando fe de que, es cierto, AMLO sí utilizó en su campaña estos métodos para la coacción del voto, métodos que, dice, son suficientes para anular la elección que perdió, porque el ganador la utilizó... también.

Y es que por ahora no es el tema de la elección, ni de los recovecos que les permiten a los partidos este tipo de tretas. Sino que es AMLO y su inagotable discurso, su necia actitud de poner una agenda que lo deje salirse con la suya. Ya declaró incluso que para 2013 deberá haber un presidente interino en lo que se ‘resuelve’ lo que intenta impugnar, porque soberbio que es, hasta se cree con la autoridad para ordenarle a las instituciones, a esas que sólo respeta si lo hacen ganador.

¿Elecciones o contraelecciones?

Hugo García Michel (@hualgami)
hgarcia@milenio.com
Cámara Húngara
Milenio

Si algo caracterizó al reciente y aun inconcluso proceso electoral, sobre todo en lo que respecta a las candidaturas presidenciales, fue la tendencia a votar de manera negativa. Es decir que no se votó a favor de determinados candidatos, sino en su contra.

Todo comenzó cuando mucha gente no se decidía por cuál prospecto votar. El lugar común en las conversaciones era decir: “Pues, yo voy a votar por el menos malo”. De esa manera, cada quien empezó a tener a su menos peor.

Luego surgió el peculiar movimiento estudiantil que hoy conocemos como #YoSoy132, cuya principal razón de ser fue la de oponerse al candidato del PRI, Enrique Peña Nieto. Sus marchas, sus consignas, sus declaraciones han sido desde entonces contra EPN y no a favor de otro, aunque en el fondo todos sabemos que, para fines prácticos, apoyan a Andrés Manuel López Obrador. Sin embargo, navegan con la contradictoria bandera de apartidistas… y antipeñanietistas.

Pero del otro lado del espectro político también se votó en contra. Muchos electores le dieron un no rotundo a la actual administración y se negaron a votar por la aspirante del PAN, Josefina Vázquez Mota, en tanto que varios millones se aterrorizaron con la posibilidad de que AMLO pudiese ganar las elecciones y más que por el deseo de ver ganar a cualquiera de los otros tres candidatos, votaron por ellos o anularon su papeleta, con tal de que Andrés Manuel no llegara a la Presidencia.

Más ejemplos de esta visión en negativo: para deslegitimar el triunfo de Peña Nieto, algunos argumentan que 62 por ciento de los electores no votó por él. Cierto. Pero con esa misma lógica, 68 por ciento no votó por López Obrador y 75 por ciento no lo hizo por Vázquez Mota (para no hablar de que 98 por ciento no quiso a Gabriel Quadri).

Quizá deberíamos preocuparnos por el hecho de que, salvo el voto duro, gran parte de los mexicanos no sufragamos a favor de alguien, sino en contra de otro. Los partidos tendrían que escoger a mejores candidatos para cambiar esa tendencia en las próximas elecciones. Si es que los tienen.