julio 16, 2012

Más peligroso que en el 2006

Adrián Trejo (@adriantrejo)
atrejo@callemexico.com
Calle Mexico

· Poco a poco se ha ido conformado un escenario más complicado y peligroso que el poselectoral del 2006.

A las protestas de los partidos de izquierda por lo que consideran una elección inequitativa se han ido sumando grupos ultra radicales que lo mismo se dicen defensores de la democracia que de la propiedad de la tierra.

Ahí están los comuneros de Cherán, los macheteros de San Salvador Atenco, los integrantes de #yosoy132, los socios del Sindicato Mexicano de Electricistas, entre otros.

Todos metidos en una licuadora llamada “Convención Nacional contra la Imposición”, que amenaza con incendiar al país si al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), se le ocurre declarar válida la elección presidencial.

Ya anunciaron que intentarán tomar -¿invadir acaso?-, las instalaciones de Televisa, el día 27, día de la inauguración de los Juegos Olímpicos y por ende, seguramente el día de mayor audiencia en el año.

También que harán otra reunión, en Tezontepec, Hidalgo, en agosto, una semana antes de que el Trife falle sobre la elección.

Que tomarán plazas públicas, que harán bloqueos y que tomarán las casetas de peaje de todas las autopistas.

Que el día primero de diciembre, fecha de cambio de poderes, cercarán el Palacio Legislativo de San Lázaro para evitar que Peña proteste como Presidente.

En síntesis, que Peña no pasará.

Lo mismo hicieron y dijeron hace seis años, pero el componente extra ahora es que se ha sumado un grupo de jóvenes que en el 2006 no tuvieron participación en el proceso electoral.

Todos tienen derecho a protestar, a manifestarse.

Pero los que se asumen como la voz democrática del país también tendrían que considerar como cierto que si bien por Peña “apenas” votó el 38%, por López Obrador no votó el 68% de los electores.

Si, son números fáciles de manipular, en un sentido u otro. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo.

· Bien se zafó Marcelo Ebrard Casaubón del cuatro que “sin querer queriendo” los gobernadores del PRI, encabezados por José Calzada, quisieron ponerle con eso de que la Conago “reconocía el triunfo de Peña Nieto” en las elecciones presidenciales.

Lo cierto es que la Conago, ese club de ricos que ha dejado de tener injerencia real en la vida política del país, cada vez sirve para menos cosas prácticas y más para la grilla.

El propio Calzada es una muestro de ello.

El gobernador de Querétaro quiere congraciarse, a cualquier precio, con Peña Nieto luego de que el PRI perdiera la capital del estado y las senadurías.

Y si como siempre se dice que las elecciones son un examen para el gobernador en turno, Calzada reprobó; en el mejor de los casos, pasó “de panzazo”. Eso es lo que lo tiene preocupado.

AMLO: ¡Al diablo las instituciones!

Arturo Damm Arnal (@ArturoDammArnal)
arturodamm@prodigy.net.mx
La Crónica de Hoy

López Obrador demanda que se anule la elección presidencial, y que se haga, en resumidas cuentas, por las siguiente razones: 1) la compra masiva de votos, ¡5 millones!, a favor de Peña Nieto; 2) la manipulación de las encuestas, ¡de la gran mayoría de las mismas!, con el fin de inducir el voto a favor de Peña Nieto; 3) el contubernio entre Peña Nieto y algunos medios de comunicación, destacadamente Televisa y Milenio, para imponer, ¡no para promover sino para imponer!, al primero, todo lo cual, según López Obrador, es contrario al espíritu del artículo 41 constitucional, en el cual se afirma, entre otras muchas cosas, que las elecciones tendrán que ser “libres y auténticas”, autenticidad y libertad que, ésta es la tesis del tabasqueño, fueron seriamente violadas por los tres hechos que él señala como razones para anular la elección presidencial, razones que, para su mala fortuna, no son causales para la anulación de la elección presidencial, de tal manera que, de entrada, lo que López Obrador está pidiendo es que se violen las reglas del juego, lo cual supone, muy a su estilo, mandar al diablo a las instituciones.

La gran ventaja de las reglas del juego, cualquiera que sea el juego (que debe ser lícito), y cualquiera que sean las reglas (que deben ser justas), es que brindan seguridad, eliminando, o por lo menos disminuyendo hasta donde resulte posible, la discrecionalidad de los jugadores, ¡y también de los árbitros!, antes, durante y después del juego, todo lo cual parte del supuesto, obvio, de que los jugadores aceptan dichas reglas. El problema surge cuando las reglas del juego son vistas, no como mandatos que deben cumplirse, sino como sugerencias que se cumplirán según convenga o no a los jugadores. ¿Cómo solucionar el problema que representan los jugadores para quienes las reglas no son mandatos sino sugerencias? Por medio de una autoridad lo suficientemente legítima y bien plantada para hacer valer las reglas del juego, por la fuerza cuando sea necesario.

Las razones por las cuales López Obrador demanda la anulación de la elección presidencial no son contempladas, por las reglas vigentes, como causales para proceder a anular, reglas del juego que en este caso encontramos en la Ley General del Sistema de Medios de Impugnación en Materia Electoral, en cuyo artículo 75, párrafo 1, leemos, y lo cito completo, lo siguiente: “La votación recibida en una casilla será nula cuando se acredite cualesquiera de las siguientes causales: a) Instalar la casilla, sin causa justificada, en lugar distinto al señalado por el Consejo Distrital correspondiente; b) Entregar, sin causa justificada, el paquete que contenga los expedientes electorales al Consejo Distrital, fuera de los plazos que el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales señale; c) Realizar, sin causa justificada, el escrutinio y cómputo en local diferente al determinado por el Consejo respectivo; d) Recibir la votación en fecha distinta a la señalada para la celebración de la elección; e) Recibir la votación personas u órganos distintos a los facultados por el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales; f) Haber mediado dolo o error en la computación de los votos y siempre que ello sea determinante para el resultado de la votación; g) Permitir a ciudadanos sufragar sin Credencial para Votar o cuyo nombre no aparezca en la lista nominal de electores y siempre que ello sea determinante para el resultado de la votación, salvo los casos de excepción señalados en el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales y en el artículo 85 de esta ley; h) Haber impedido el acceso de los representantes de los partidos políticos o haberlos expulsado, sin causa justificada; i) Ejercer violencia física o presión sobre los miembros de la mesa directiva de casilla o sobre los electores y siempre que esos hechos sean determinantes para el resultado de la votación; j) Impedir, sin causa justificada, el ejercicio del derecho de voto a los ciudadanos y esto sea determinante para el resultado de la votación; y k) Existir irregularidades graves, plenamente acreditadas y no reparables durante la jornada electoral o en las actas de escrutinio y cómputo que, en forma evidente, pongan en duda la certeza de la votación y sean determinantes para el resultado de la misma”.

Centro la atención en el inciso k, el único que puede dar lugar a dudas, ya que en él se afirma que son causales de anulación de la elección las irregularidades graves (no se señalan cuáles deben ser consideradas tales), plenamente acreditables (¿cuántas de las señaladas por López Obrador son completamente demostrables, comenzando por los 5 millones de votos comprados?) y, ¡ojo¡, no reparables durante la jornada electoral (que tuvo lugar el domingo 1 de julio, y que hay que distinguir de las campañas electorales, que se llevaron a cabo del 30 de marzo al 28 de junio). Lo que se debe hacer es distinguir entre la campaña electoral y la elección y, todavía más importante, distinguir entre lo que sucede a lo largo de la primera y lo que acontece durante la segunda, siendo que las causales para la anulación de la elección presidencial se refieren, no a lo que sucede durante la primera, sino a lo que acontece a lo largo de la segunda.

Llegados a este punto vale la pena recordar que, según el artículo 403, inciso VI, del Código Penal Federal, “se impondrán de diez a cien días multa (sic) y prisión de seis meses a tres años, a quien (…) solicite votos por paga, dádiva, promesa de dinero u otra recompensa durante las campañas electorales o la jornada electoral…”, delitos electorales que, tal y como lo establece el artículo 75 de la Ley General del Sistema de Medios de Impugnación en Materia Electoral, ¡no son causales para la anulación de la elección presidencial! ¿Por qué no? Intento, con una pregunta, una de las muchas respuestas posibles. Supongamos que yo le vendí, a cambio de paga, dádiva, promesa de dinero u otra recompensa, mi voto a X, y que efectivamente voté por X. En tal caso, ¿tengo o no tengo derecho a que se respete mi voto? Mi respuesta es que sí, primero por derecho natural (lo cual nos lleva a la discusión de qué supone el derecho de propiedad privada sobre el voto) y segundo por derecho positivo: según la ley (el mentado artículo 403, inciso VI, del Código Penal Federal), se debe castigar al que compra el voto, no al que lo vende, lo cual supone que, para efectos de conteo (el asunto ético se cuece aparte), tanto vale el voto no vendido como el vendido, sin olvidar que, al final de cuentas, todo voto supone una venta: yo vendí mi voto a cambio de algunas de las promesas de Vázquez Mota.

La petición de anulación de la elección presidencial de parte de López Obrador (¿por qué no pedir también la anulación de las otras elecciones?), supone desconocer las reglas del juego o, dicho en términos más familiares al personaje, mandar al diablo las instituciones y, con ellas, la seguridad que brindan las reglas del juego, sin olvidar, tal vez, lo más importante: vendido, o no, todo voto emitido debe ser respetado.

Venganza, más que justicia

Ricardo Alemán (@RicardoAlemanMx)
El Universal

Ya se peleó con las televisoras, en especial con Televisa, a las que acusa de “inventar” a Enrique Peña Nieto.

Ya se peleó con Milenio, a cuyos periodistas y editores acusó de todo —o casi todo— lo que le pasa, sobre todo de la presunta utilización de las encuestas como propaganda en su contra.

Ya se peleó con todos aquellos periodistas y críticos que exhiben sus inconsistencias democráticas, que cuestionan sus chabacanas ocurrencias, su cultura del engaño y la mentira.

Ya mandó a sus “jaurías” contra las televisoras, contra algunos diarios que lo critican; ya acusó en la plaza a los que resultan incómodos para su causa y avivó la intolerancia de las multitudes, a las que lanzó contra los que piensan diferente.

Y ahora se fue contra el diario español El País, al que pretendió dar lecciones de periodismo crítico al pedirles “dejar la manía de hacer periodismo colonizante”, al tiempo que sugirió una práctica que él mismo no conoce: la autocrítica. Les dijo a los editores de El País: “Mejor hagan la autocrítica por su responsabilidad en el desastre de España”.

Nos referimos, está claro, al candidato presidencial derrotado, Andrés Manuel López Obrador, quien ya olvidó —desde hace 15 días—, la engañosa estrategia “del amor” y regresó a lo suyo: a la guerra contra todos aquellos que no están con su causa, sean locales, sean de ultramar.

Reapareció el López Obrador de siempre, el intolerante a la crítica. Y es que —como se sabe— desató la furia de AMLO un editorial de El País de ayer domingo, en donde se opina que resulta difícil que prospere el recurso de invalidación de la elección presidencial mexicana, ya que no existen evidencias de irregularidades a gran escala.

Dice El País que, en efecto, existe descontento social por el regreso del PRI, pero que eso no oculta el hecho de que “el populista Obrador ha sido siempre un mal perdedor”. Y remata al editorial con lo que parece haber desatado el enojo del tabasqueño: “Para los correligionarios de López Obrador parece llegado el momento de preguntarse si les conviene como líder un hombre dos veces derrotado, con tendencia de victimismo conspiratorio y cuyo estilo abrasivo y anquilosado le ha enajenado una parte de su voto natural. López Obrador es un lastre”, dice El País.

Pero, en el fondo, lo llamativo de el editorial de El País no parece estar en su conclusión reciente sobre López Obrador. No, lo curioso es que la conclusión llegó hasta hoy, luego de 15 días de farsa y mentiras, luego que en 2006 los capitanes de la empresa española de medios, Prisa, incluso fueron maltratados por AMLO. Claro, la crítica vino a pesar de que El País tienen en sus páginas a reconocidos opinantes mexicanos, adictos al llamado lopezobradorismo.

Pero el editorial de El País es apenas la punta de la madeja de un tejido extenso que, allende las fronteras, empieza a revelar la realidad de lo que es AMLO. Y si tienen dudas, basta revisar el semanario británico The Economist, que también publicó un editorial en el que llama “perdedor” a López Obrador.

El semanario británico dice que “sin mayores evidencias” en su protesta para anular la elección, López Obrador “no llegará muy lejos”. En otras palabras, que es una farsa el supuesto fraude.

The Economist destaca, como una contradicción fundamental, que AMLO reclama la anulación de la elección presidencial, pero no ve irregularidades en las elecciones para el Congreso y para otros estados donde, “al parecer, le fue bien a las izquierdas”.

¿Qué sigue ahora? Ya le dijo a El País que es incongruente y que hace un periodismo “colonizante”, ya le recomendó hacer autocrítica “por su responsabilidad en el desastre de España”. ¿Va a decir ahora que también el PRI le pagó a El País y a The Economist? Falta poco para que López Obrador diga que el mundo entero está en su contra, en su “tendencia al victimismo conspiratorio”.

Lo que no es un juego, sin embargo, es que el locuaz AMLO en realidad prepara una venganza callejera no sólo contra sus adversarios políticos, no sólo contra los que le ganaron en las urnas y tampoco contra las instituciones que han validado las primeras etapas de la elección. No, en el fondo AMLO prepara una venganza contra los ciudadanos todos —contra “los corruptos” que no votaron por él—, cuando estrangule la ciudad de México con sus jaurías babeantes que reclamarán —paradójicamente— la instauración de la democracia electoral.

Y claro, como siempre, “el lastre” fastidiará la vida a millones, sin que exista una sola autoridad capaz de impedir su venganza.

¿A poco MyM serán capaces de contener la furia de quien busca venganza, más que justicia? Todo indica que Marcelo y Mancera no podrán meter ni las manos. Al tiempo.

La legitimidad como rehén

Jesús Silva-Herzog Márquez (@jshm00)
Reforma

La legitimidad no es popularidad. El derecho al poder no cuelga de simpatías que van y vienen. La única fuente de legitimidad en nuestro tiempo es la ley. Ni los ancestros ni los héroes conceden el permiso de gobernar. Cuando las reglas son democráticas, cuando reconocen el principio de competencia y pluralidad, cuando instauran órganos neutrales, no puede haber otro fundamento de legitimidad que el derecho. Quien accede al poder de acuerdo con las normas existentes debe ser reconocido y asumir la responsabilidad de gobierno. Que un Presidente sea legítimo no significa que nos guste, que le debamos respaldo, que estemos obligados a apoyarlo. Reconocer legitimidad no es someterse, doblegarse. Lejos de ello, lo único que implica esa admisión es que sus facultades se fundan en nuestras propias reglas y que, nacido de normas, su poder habrá que sujetarse a ellas.

La legitimidad tampoco es el obsequio que gentilmente regalan los adversarios. Perdí pero graciosamente te entrego mi reconocimiento y te concedo por ese acto de nobleza el título de legítimo. Perdí pero no estoy dispuesto a regalarte autoridad democrática. La legitimidad no es concesión de los jugadores que, al final del partido, se dan caballerosamente la mano: depende de la actuación de las instituciones que evalúan las condiciones de la competencia y nombran finalmente al ganador de una contienda electoral. Seguimos, sin embargo, atrapados en el cuento de que la legitimidad que otorgan las leyes es insuficiente, que el veredicto de las instituciones es poca cosa frente al juicio de la Historia o el dictamen del Pueblo; que la ley es una ficción en la que sólo creen los ingenuos; que el permiso para gobernar depende de otra cosa más allá de lo que digan las reglas. En efecto, hay quien cree que la legitimidad depende de la aclamación de la plaza, de la evaluación moral de algunos notables. Así, nos resultan de pronto más persuasivos como demostraciones de respaldo democrático la teatralidad de una concentración pública coreando un solo nombre, la tensión dramática de una movilización popular que llena calles y plazas, la oratoria fogosa de una asamblea que la árida aritmética de votos y la fría semántica de las instituciones. El laberinto procedimental, la barroca estructura de derechos y deberes, la intrincada organización de garantías y controles son nada frente a la consigna de quienes piensan igual.

El título de legitimidad es vapuleado en una subasta de simpatías y aversiones. Esa superstición no hace más que revelar el desprecio por las leyes y las ideas de los otros. No importa lo que diga la ley, lo que cuenta es lo que sabemos; no importa lo que hayan decidido ellos, somos nosotros los auténticos representantes de la nación. La intensidad del activista no oculta sus desprecios: ellos son ignorantes, ellos han sido manipulados, ellos han sido comprados. El viejo clasismo se disfraza de demócrata: han sido los pobres quienes votaron mal, quienes votaron por el PRI. Son los ignorantes quienes dieron la victoria al ignorante. Se vendieron, se corrompieron, se entregaron a sus raptores. De nuevo, el maniqueísmo moral: votar por otros es éticamente reprochable. Sólo la complicidad y la manipulación explican el voto equivocado.

Desde luego, habrá que medir las prácticas clientelistas que, sin lugar a dudas, subsisten en el país. Es necesario, sobre todo, conocer, en lo posible, la extensión de esas prácticas de compra de votos, o coacción de votantes. Apreciar su verdadera magnitud sin ignorar su existencia ni exagerar su efecto. Me parece difícil pensar que la elección de julio pueda explicarse, como ha dicho su principal impugnador, por la corrupción de 5 millones de electores que decidieron vender su voto. Es indispensable para la salud del país que los abusos se exhiban y que los delitos se castiguen. El imperativo hoy es la claridad. El esclarecimiento de lo sucedido corresponde a los tribunales pero también al periodismo. Los jueces tendrán la última palabra en el terreno institucional, pero su veredicto no será el único. Necesitamos un periodismo al servicio de la claridad: los alegatos interesados de los actores políticos no deben pasar solamente el filtro burocrático, requieren también el examen severo de los profesionales de la información. No vale la simple reproducción de sus versiones, requerimos investigaciones independientes que esclarezcan lo sucedido.

Admitir que la elección del 2012 fue una elección auténtica no implica entregarle un cheque en blanco a la siguiente administración. Por el contrario, es comprometerse con un régimen que no le entregó el poder absoluto al viejo partido hegemónico, sino un poder limitado por sus propios adversarios. Al gobierno legítimo corresponde una oposición legitimada por la misma elección. Desconocer la autenticidad del voto es rehusarse a construir oposición: es despreciar la orden de los votantes.

Uno, y sus cuatro ex…

Enrique Aranda
De naturaleza política
Excélsior

El presidente Calderón encontró ya, en los últimos ex dirigentes del PAN, a sus principales aliados para lograrlo.

Urgido, como muchos otros, por dejar atrás el debate sobre las causas que propiciaron la debacle electoral del pasado 1 de julio de la que fue protagonista indiscutible, y empeñado en definir e imponer orientación y tiempos —y hacerse con el control, obviamente— del proceso que, según sus propias palabras, deberá propiciar la refundación desde sus cimientos del partido del gobierno, el presidente Calderón encontró ya, en los últimos ex dirigentes de Acción Nacional, salvo Manuel Espino, a sus principales aliados en el logro de tales propósitos.

Apenas conocerse el contenido de la petición del jefe del Ejecutivo y otros, como él, cuatro ex dirigentes enviaron respuesta a Gustavo E. Madero con la intención de acelerar tiempos y forzar la realización de una Asamblea Nacional Extraordinaria antes de la terminación del año, “de ser posible”, y más de uno entre quienes acreditan a aquél, y a los suyos, “una buena parte” de la derrota, decidieron cerrar filas para evitar presiones que “evidencian la pugna que hoy existe por el control del partido y su futuro”.

Y esto, porque si bien nadie al interior del PAN escatima aprecio y reconocimiento a la persona y el liderazgo, en su momento, de un personaje como Luis H. Álvarez, e incluso al reciclado —el fallido candidato a gobernador— ex embajador Luis Felipe Bravo Mena, pocos en verdad ponen en duda que gestiones como la de Germán Martínez o, peor, la de César El Impuesto Nava Vázquez, más que aportar al fortalecimiento partidista contribuyeron a gestar las condiciones que derivaron en la catástrofe que les relegó a una tercera posición y, en poco más de cuatro meses, le obligará a devolver al priismo la emblemática residencia oficial de Los Pinos que, hace apenas 12 años, ellos mismos lograron arrebatarle.

Así las cosas, entonces, y a la luz de las múltiples pujas que, pública o de manera encubierta se suceden hoy por el control de Acción Nacional, es que resulta pertinente destacar que, si bien el futuro del otrora partido está hoy literalmente “en el aire”, no lo está tanto como para pensar en una refundación desde sus cimientos… aunque sí lo que la corriente más institucional ha identificado como un replanteamiento que no deberá ignorar la recuperación de principios y valores perdidos en el ejercicio, o al amparo del poder.

Antes del 11 de agosto, pues, las noticias serán pocas… aunque no las acciones a realizar de cara a la sesión del Consejo Nacional que, en su caso, tendrá la responsabilidad de definir los qués, cuándos y cómos del panismo futuro.

Asteriscos

* Más temprano que tarde, como advertimos con toda oportunidad, los jóvenes y no tan jóvenes activistas del movimiento #YoSoy132 evidenciaron sus intereses y propósitos que poco o nada tienen ya que ver con aquellos que exhibieron al nacer, pues sólo subsisten su antipeñismo y su fobia hacia los medios electrónicos, particularmente Televisa. Ahí van…

Veámonos el miércoles, con otro asunto De naturaleza política

Mi admiración por AMLO

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

Mi admiración por López Obrador crece conforme analizo los pasos que ha dado para tratar de imponerse en la Presidencia de México, los pasos de López han sido, literalmente, no importa qué ni cómo. Dos elementos le eran indispensables: dinero (mucho, mucho, mucho) y candidatura por un partido reconocido por el IFE. El dinero tenía una precondición: tenerlo años antes de que el IFE repartiera las tajadas correspondientes a la competencia electoral de 2012 y sus escasos tres meses de campaña lícita.

Su jugada fue sagaz, de zorro astuto. Los partidos políticos pueden formar un grupo parlamentario si alcanzan un mínimo de cinco legisladores. En 2006, al PT no le alcanzó su votación sino para dos y los destinó al dueño del partido, Alberto Anaya, y un X. ¿Qué interés tenía AMLO en formarle un grupo parlamentario al enemigo del PRD, ese PT creado por Carlos y Raúl Salinas de Gortari para aplastar al PRD con un nombre izquierdosón como Partido del Trabajo? López tenía una bolsa de parlamentarios incondicionales a él, no al PRD. Así que ordenó a Ricardo Monreal, a Ibarra de Piedra y a otra, senadores por el PRD gracias al voto perredista, que traicionaran a sus electores y se pasaran al enemigo del PRD, al salinista PT.

Así el partido de Salinas tuvo acceso a una fortuna extra, además de su financiamiento, de al menos 16 millones 227 mil pesos, más pagos por comisiones en las que apañara un puesto. Con el favor, López tuvo para su campaña, ilegal por anticiparse seis años cuando dispone la ley tres meses. Antes había otorgado obras públicas por miles de millones sin el concurso que obliga la ley. No sabemos de a cuánto fue el agradecimiento de los contratistas favorecidos. A la Iglesia católica le detuvo las leyes que permitían el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo, le regaló un terreno público para construir y vender nichos funerarios con Paraíso all-included. Y así tuvo al cardenal cortando todos los listones que López ordenó.

Luego debía López ser elegido candidato por el PRD. Tenía en su contra a los dirigentes, cansados de su despotismo, y a Ebrard, bien colocado por haber levantado el tiradero que dejó López en su Jefatura de Gobierno: el crimen desbordado, asaltos en taxis y en calle a la luz del día, taxistas tolerados, ambulantes tolerados. El de a cómo lo recogían los inspectores. Con esa mala imagen y la peor del berrinche postelectoral de 2006, el PRD no lo haría otra vez su candidato. Sería Ebrard. Muchos que no votamos PRD ahora, habríamos votado por Ebrard. Una fan se adelantó, Guadalupe Loaeza, y quedó del carajo porque El Peje ofreció al PT y al MC, partidos de caricatura, el oro y el moro: su candidatura a la Presidencia. Brincaron de gusto los dueños de esos negocios.

Entonces vino la parte más taimada y marrullera, aprendida en el PRI por López: avisó al PRD: “Yo estaré en las boletas, con o sin ustedes. Me lanzan PT y MC. Si quieren, lancen a Ebrard… y pasen como los que dividieron a la izquierda”. Y mucha gente considera “izquierda” esa bazofia, ese guiso podrido, porque tienen el mapa político de cabeza. Los pobrecitos Chuchos no se atrevieron. Ebrard se mordió uno y planeó su estrategia para que no le pasara lo mismo en 2018, pues El Peje volvería a estar en la boleta, ganara o perdiera: Ebrard se lanzó para el 18 desde ahora.

El autor de estas intrigas palaciegas merece una obra de teatro, como la shakesperiana Ricardo III. Le falta la joroba, pero ya se le está formando. Por lo pronto ha llevado su ignominia a sostener que 5 millones de mexicanos pobres vendieron su voto. El “pueblo bueno” resultó corrupto hasta la médula. Es que sus radicalchic son eso, chic, y siempre han desdeñado a los nacos que, como predica López, se venden al crimen o se venden al PRI. Y como ya se autoproclamó Apóstol en Tercer Grado, de Televisa, su palabra es sagrada para sus paniaguados, todos ellos radical-chic y chavos de la Ibero que no sirvieron ni para botana a los lobos hambrientos y corruptos del SME, que lamentan haber perdido los 40 mil millones de pesos que les regalaba el gobierno, y toda la runfla de lumpen entre quienes no distinguen, al fin chavos de la Ibero, una pejepiraña o un pececito dorado.

No todos van a ciegas: quienes ganaron el DF, Tabasco y Morelos para el PRD se ven azorados. El neo-perredista triunfador en Tabasco ha sido el más atrevido: “Demostrar que [el voto secreto] es comprado es imposible”…

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