julio 25, 2012

'Sin embargo...' por Paco Calderón




La derrota de Felipe Calderón

Mauricio Merino
Investigador del CIDE
El Universal

El conflicto poselectoral ha capturado, nublado y demorado, una vez más, el análisis completo de los resultados electorales del 2012. No me refiero, por supuesto, a las impugnaciones y las quejas que han corrido a manos llenas para deslegitimar el proceso en su conjunto, sino a los estudios que tendríamos ya si no estuviéramos metidos en nuestras viejas rutinas de ruptura. Sin embargo, detrás de esa densa capa de grasa conflictiva hay otros datos que no deberían pasar inadvertidos.

Por ejemplo, el hecho de que el gobierno de Felipe Calderón haya perdido esta justa electoral de manera tan rotunda merece una reflexión pausada. ¿Perdió solamente por razones circunstanciales de campaña, como ha sugerido el propio Presidente, o la derrota obedece al rechazo mucho más amplio de los mexicanos a los precarios resultados del periodo? No es cosa trivial que después de dos sexenios de gobiernos panistas, los electores hayan optado con abrumadoras mayorías por sus oposiciones.

Y aunque la tesis de los votos coaccionados y comprados favorece el argumento según el cual muy pocos votaron en contra del gobierno, y más bien le vendieron su conciencia al PRI, es imposible suponer que más de 35 millones de personas cambiaron de opinión en el último minuto. Supongo que tanto López Obrador como Felipe Calderón —ayer enemigos irreconciliables y hoy aliados solidarios en la misma lucha— acabarán arrebatándose el destino imaginario de los votos que habría comprado el PRI (¿para quién eran esos votos, para el PAN o para AMLO?) pero lo cierto es que ni aun montados en la misma ruta de descrédito, los partidarios del gobierno federal podrían negar la magnitud de la derrota

Es verdad que la candidatura de Josefina Vázquez Mota nunca consiguió situarse como una opción realmente viable. Nunca quiso separarse del gobierno ni romper de plano con Felipe Calderón; y tampoco logró zafarse de las redes de un partido dividido que la dejó prácticamente sola durante toda la campaña. Pero así y todo, tengo para mí que no fue la candidata del panismo ni su estructura partidaria quienes perdieron la elección, sino el presidente Calderón.

Analizar esa derrota con cuidado es relevante, porque detrás de ella hay un mensaje en contra de la continuidad de las decisiones del gobierno, que podría ser leído de modos muy dispares. Parece obvio que entre los rechazos principales está la estrategia de seguridad, que el Presidente se negó a mover siquiera un milímetro a pesar de todas las voces que se lo exigimos. No es cosa menor que ese problema aparezca entre los tres primeros mencionados en las encuestas de Latinobarómetro desde 2006, con cifras cada vez más grandes, ni que el movimiento social más importante del sexenio —junto con el #YoSoy132— haya sido el de Javier Sicilia.

Por otro lado, el desempleo, la pobreza, la desigualdad y los problemas económicos que enfrentan las familias del país nunca le cedieron sitio a la tranquilidad o, al menos, a la expectativa de vivir mejor en plazo breve. Y para completar la lista, los datos sobre la corrupción y los abusos de los poderosos fueron empeorando mientras avanzaba este sexenio. Nunca se cayó del todo el aprecio sobre el Presidente, pero nunca mejoró de manera sustantiva. Y ya sabemos que esos datos hablan más del respeto de los mexicanos por la autoridad que de la opinión que guardan sobre la forma en que se emplea.

De modo que sería un error creer que no fue el Presidente quien perdió las elecciones pues, además, eso supondría que las políticas en curso pueden seguir intactas. No faltará quien afirme —como ya lo está haciendo el propio Felipe Calderón— que la gente votó por dejar las cosas como están, tesis que también coincide con la de López Obrador, para quien el PRI y el PAN son cosa idéntica. Pero no es verdad. Falta mucho para que se despeje el panorama, pero cuando eso suceda habrá que leer los resultados con cuidado, porque muy pocos querrían más de lo mismo.

El actor central

Luis F. Aguilar
Reforma

Se haya despertado o no la ciudadanía, haya regresado o no el dinosaurio, el hecho es que López Obrador sigue ahí. Toda una calamidad nacional, para dos tercios de los ciudadanos mexicanos, que en 22 estados no lo quisieron como Presidente, aun si para otros millones encarna la ilusión de la regeneración nacional. Para muchos es inquietante y probablemente fastidioso que el Sr. López Obrador sea el sistema métrico de la política nacional, el tema central de la agenda política, dicte el bien y el mal del país, y lo divida y enfrente entre el tercio de sus creyentes y los dos tercios de ciudadanos que no lo consideran una persona creíble y confiable para estar en aptitud de dirigir al país. Aunque quiera serlo y se le quiera presentar así, no es el eje o el centro de la política nacional y menos aún el centro de la política democrática. Resulta sospechosamente contradictorio que el candidato de más baja fiabilidad democrática y el de la veracidad más dudosa sea ahora el que se declare salvador de la democracia y protagonice un plan nacional para la defensa de la democracia y la dignidad de México.

Más corren las semanas, más queda claro que su movilización legal y social en contra de los resultados electorales poco tiene que ver con la defensa de las instituciones de la democracia frente a la supuesta imposición mediática de un candidato, que es producto de un fraude que no existió, de compras del voto que no han sido comprobadas y con el "uso ilegal de dinero de procedencia ilícita", una afirmación delirante. Puesto que él sabe que no tiene pruebas contundentes para fundamentar sus acusaciones y ganar la querella de la invalidez o la anulación de la elección presidencial, algo debe tener en la cabeza para que siga ahí. O persigue con su inconformidad un propósito de desestabilización mediante movimientos de calle o, como muchos lo han apuntado, trata de asegurar su supervivencia política, preservar sus bases sociales de apoyo, no perder liderazgo dentro de la izquierda y hacer creíble y deseable su candidatura para dentro de seis años. Es lógico entonces que para la mayor parte de los ciudadanos la tensión postelectoral comience a desdibujarse, a dejar de ser un asunto de trascendencia nacional y a despedir un tufillo de capilla o tribus de la izquierda, con sus jaloneos y posicionamientos internos. Un asunto cada vez más particular y hasta personal, pero no nacional.

Para sacar de la agenda nacional el asunto de las acusaciones de AMLO y determinar de una buena vez su validez o su infundio, así como para restablecer la estabilidad e instaurar la legitimidad política de la nueva Presidencia, el actor central, el centro de la política nacional democrática, es el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. El régimen político democrático, al cimentarse en la pluralidad y la competencia de opciones de gobierno, está expuesto al riesgo de alcanzar niveles de enfrentamiento y ruptura social, razón por la cual ha creado sus salvaguardias de legitimidad y funcionalidad en lo que se llaman "las instituciones no mayoritarias de la democracia", en el sentido preciso de que estas instituciones, al seguir la lógica del respeto incondicional a la ley y del argumento legal correcto, hacen posible que la lógica de la mayoría de las preferencias políticas opere y determine gobiernos.

No se duda de la imparcialidad y la honestidad del Tribunal, tampoco de su entereza moral y competencia profesional, por lo cual los argumentos de su dictamen serán fundados y se sustentarán en razonamientos que, en conformidad con las prescripciones y prohibiciones de la ley electoral y de la Constitución, mostrarán la consistencia o inconsistencia de las pruebas presentadas para invalidar la elección presidencial. Pero para crear un ambiente de estabilidad política, desintoxicado del encono y los prejuicios, y para instituir vigorosamente la legitimidad del cargo presidencial, será crucial la comunicación que hagan de su dictamen al público ciudadano. Comunicación es la clave. Los magistrados deberán informar, explicar, justificar con claridad, precisión y contundencia, hasta el detalle, las bases de su dictamen. Mostrar con argumentos jurídicos, bien expuestos al público, la validez o la invalidez de las objeciones y acusaciones, señalar en dónde y hasta dónde los partidos querellantes tienen razón y en dónde carecen de ella. Hemos llegado este año a un punto en que los ciudadanos debemos llegar a conocer y apreciar la referencia última de la democracia que es la soberanía de la ley y, por tanto, la del tribunal electoral que la respeta y la hace respetar. No es la mayoría empírica o aritmética la magnitud última de la democracia, sino la mayoría conforme a las prescripciones legales. La soberanía del invocado pueblo descansa y se expresa en la soberanía de la ley. Mientras no lleguemos a pisar el terreno republicano de la democracia, seguiremos a merced del capricho de las pasiones, poderes y manipulaciones de los políticos, sus partidos y sus seguidores, aun si creemos que eso es la democracia.

¿Josefina siempre no?

Francisco Garfias (@panchogarfias)
www.elarsenal.net
Arsenal
Excélsior

Josefina Vázquez Mota nos hizo saber que no ha aceptado el cargo de coordinadora de Acción Política del CEN del PAN que le ofreció Gustavo Madero. Lo está “valorando”, mandó decir la ex candidata presidencial con alguno de sus colaboradores.

La aclaración no deja de sorprendernos. Cuando se dio a conocer la noticia del nombramiento, uno de sus lugartenientes en la campaña nos aseguró que ya le había dado el sí a Madero desde Europa, donde se encuentra de vacaciones.

Ahora señalan que dará su respuesta al regresar de vacaciones.

No sabe si estará en la Ciudad de México antes del Consejo del 11 de agosto o después. ¿La fecha de su regreso dependerá de alguna negociación? Es pregunta.

Vázquez Mota ha tratado de impulsar a Ricardo Anaya para la coordinación de los diputados del PAN en la Legislatura que entra. En el partido lo descartan. Aseguran que Luis Alberto Villarreal, José González Morfín y Rubén Camarillo tienen mayores posibilidades.

En la SSP federal acusaron recibo de la declaración que ayer nos hizo Xóchitl Gálvez en relación a que su hermana Malinali, detenida por secuestro y recluida en un penal de Zacatecas, podría ser la Florence Cassez mexicana. “Son casos distintos”, aseguró la fuente.

Por correo electrónico nos mandaron copia de las declaraciones de las dos personas —la señora y su chofer— secuestradas por la banda de Los Tolmex, a la que presuntamente pertenecía Malinali.

Nos falta espacio para reproducir aquí los larguísimos testimonios sobre su secuestro de 60 días, muchos de los cuales los pasaron enjaulados. Los dos coinciden en que “la señora” (Malinali) tuvo que ver con el secuestro:

Víctima dos (el chofer). “Después de algunos días en que estuvimos en la primera casa, platicando con la señora empezamos a deducir que ella tenía algo que ver.

“Pero lo más contundente fue que en más de una ocasión los secuestradores entraron y le dijeron a mi patrona, ‘¿la señora con la que usted venía quién es?’

“La señora decía ‘es una amiga’, y ellos le decían ‘pues cuide a sus amistades porque esta señora fue la que la puso; la que dio toda la información sobre usted’.”

Víctima uno (la señora): “Fui secuestrada por una amistad, me invitaron a un desayuno y ahí esa persona primero se hizo mi amiga, me hizo darle confianza, me hizo sentir que podía confiar en ella, trató de saber de mi vida, yo la veía como una buena persona.

“Un día me invitó a desayunar, yo acepté y me llevó a una casa donde me puso, donde me secuestraron, donde de ahí ya no salí durante dos meses”.

La detención de Malinali tiene deshecha a Xóchitl. La ex aspirante a senadora es ajena a lo que ocurre. Sólo pide un juicio justo para su hermana.

Es casi un milagro que entre los 12 muertos y 71 heridos de la matanza del cine Century, en Aurora, suburbios de Denver, no se haya reportado, hasta ahora, ningún paisano. Por lo menos es lo que nos dicen en el consulado de México en esa ciudad estadunidense.

La tragedia ocurrió en una zona de alta concentración de hispanos. Muy cerca de la preparatoria de Columbine, donde hace 12 años fueron masacrados 12 estudiantes.

Al saldo blanco de paisanos ayudó que la tragedia ocurriera la medianoche del jueves y que se tratara del estreno de la película Batman. La mayoría de los nuestros trabajan temprano en días hábiles y no son muy afectos a ese tipo de historias. “Otra cosa hubiese sido si se tratara de Pedro Infante”, nos comentaron.

Muy orondo, José Ángel Córdova Villalobos presumió el pasado lunes la transformación del sistema educativo que se realizó en el gobierno del presidente Calderón, “sin importar los costos políticos que ello haya implicado”. Lo dijo al participar en la ceremonia de premiación de los ganadores de la Olimpiada Infantil del Conocimiento 2012.

No hay duda de que hablaba del cese de la venta de plazas de maestro y del distanciamiento de Felipe con la ya no tan poderosa sindicalista Elba Ester Gordillo.

Y no es que el secretario de Educación saludara con sombrero ajeno —Josefina tuvo mucho que ver en ese cambio—, sino que quería subrayar que la educación en México no requiere de cálculos políticos, sino de una visión de Estado.

Felipe ya se va. Si el TEPJF no dispone otra cosa —lo que se ve remoto—, Peña Nieto será Presidente de la República. La bronca es que Nueva Alianza logró una bancada de diez diputados. Sumados a los del PRI y el PVEM, son 250. Es decir, la mitad. En una votación importante, el peso del Panal puede ser determinante.

Mucho se ha hablado del relevo generacional en el PRI. Nos anuncian que Peña hará a un lado a correligionarios y aliados que alimenten la percepción de que regresa el viejo régimen, poderes sindicales incluidos. La pregunta aquí es: ¿Ya negociaría el retiro dorado de la Maestra?

Los años del PAN

Héctor Aguilar Camín (@aguilarcamin)
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Los 12 años de gobierno del PAN están lejos de ser una historia de éxito arrollador, como prometió la democracia, pero están muy lejos también de ser la caricatura que los disminuye.

Para empezar son los primeros 12 años continuos de estabilidad macroeconómica del último medio siglo, 12 años en que el gobierno federal no incurrió en déficits catastróficos, ni en su secuela: devaluaciones, quiebras, inflación, destrucción del poder adquisitivo de la gente.

Desde 1970 no había en México 12 años seguidos, dos gobiernos, sin una crisis económica inducida por presidentes gastadores que heredan a su sucesor crisis fiscales y deudas impagables. Han sido años de una estabilidad admirable si se la compara con el rosario de las crisis sexenales mexicanas: 1976, 1982, 1987, 1994.

Los gobernantes del PAN no solo no hicieron pagar a sus ciudadanos graves errores de conducción financiera, sino que además capearon bien crisis venidas de fuera, en particular la muy grave de 2008.

Al fin de 12 años de estabilidad, y pese a las crisis externas que hundieron a otros países, Calderón entregará a su sucesor una economía estable, en crecimiento y con un horizonte más prometedor que el de cualquier otro país latinoamericano.

Algún historiador económico podrá hacer las cuentas del extraordinario salto en infraestructura y vivienda experimentado por el país en estos años. Dos sólidos observadores, Luis Rubio y Luis de la Calle, han dejado constancia en un pequeño libro, Clasemediero, del impacto de esa estabilidad en la consolidación de las clases medias, incipientes pero multitudinarias, que son el nuevo rostro social del país.

Durante los años de gobierno del PAN llegaron a su mayor cobertura histórica los programas de asistencia a la pobreza y se plantó el embrión de una seguridad social universal con el Seguro Popular.

El combate al crimen organizado del presidente Calderón es un tema sangriento del que podrán reclamarse muchas cosas, pero no el valor con que fue asumido, la fortaleza institucional en que puede derivar, y el apoyo que recibe no solo de la población, sino del propio sucesor de Calderón que piensa en construir sobre lo hecho, no en empezar de nuevo.

Por último, lo primero: los gobiernos panistas de estos años han sostenido sin amagos ni restricciones un clima de libertades públicas que los honran, en las que prefirieron antes tolerar el abuso que ensayar la represión.

Todo esto puede no ser simple y elocuente como las caricaturas, pero es sólido y comprobable, como la realidad.