julio 30, 2012

La otra derrota

Rafael Cardona (@cardonarafael)
racarsa@hotmail.com
El cristalazo
La Crónica de Hoy

Los acontecimientos post electorales y el activismo presidencial en busca de un elusivo reparto de las culpas por la derrota en preparación de la magna reunión a la cual ha convocado a los más altos militantes, ha impedido ventilar públicamente la naturaleza real del fracaso histórico (ahora sí vale la palabra) del Partido Acción Nacional. Su desastre axiológico.

Si nos atenemos a los motivos por los cuales Acción Nacional fue constituido, el estrépito de este desastre resuena mucho más allá de las urnas. Hace evidente el fracaso en su intención fundamental: construir ciudadanos por encima de la búsqueda del poder y después, quizá, funcionarios fieles a sus ideas una vez lograda su inserción en los órganos de gobierno. En la circunstancia actual no lograron ni lo uno, ni lo otro.

Para una generación de políticos capaces de tomarse en serio las serias palabras de González Luna, esto debe sonar hoy como una bofetada:

“Es irritantemente falso que para cumplir activamente el deber político haya necesidad de compartir métodos, propósitos, posturas, provechos, de quienes son responsables de que la nación se ahogue en un mar de lodo. De la pureza de las fuentes de la acción personal y de las metas perseguidas, dependen la claridad y la trayectoria de la corriente. Hay una política limpia, no sólo posible, sino inmediatamente obligatoria; una política regida por exigencias de abnegación que la levantan a niveles superiores.”

La validez de lo anterior no es una acusación sólo al tiempo cercano. En todo caso es una muestra de las palabras olvidadas. ¿Dónde estaba esa limpieza doctrinaria hasta cierto punto apostólica frente a las concertaciones con el salinismo? Quizá en el mismo sitio de los acuerdos corporativos, las alianzas contra natura y la corrupción para llegar y sostenerse en el poder fuera como fuera. Y aquí ya todo se escribe en subjuntivo.

Por desgracia la metástasis de los arreglos finiseculares llevó al Partido Acción Nacional a vestirse con el disfraz de un priismo empanizado. Ahí empezó la verdadera derrota.

Hoy no parece empeñado el PAN en una labor de refundación desde los mismos cimientos, como proponía Gómez Morín ni en búsqueda de la recuperación de los principios. Más le ocupan las nuevas estrategias y ya se prepara para “sacar de nuevo al PRI de Los Pinos”. ¿Para lo mismo de la primera vez?

La competencia electoral (o electorera) ya no es el ámbito de las desdeñadas “escaramuzas” de los años iniciales, sino la actual obsesión casi mercantil por prebendas, puestos y subsidios oficiales de los cuales se decían ajenos y hasta se daban el lujo de rechazar.

Una somera revisión de sus gobernadores y sus alcaldes (dejemos por ahora a los presidentes) nos lleva a una grotesca galería donde conviven la ineptitud y la indecencia. ¿Cómo presentar a gente como el morelense Estrada Cajigal o el jalisciense Emilio González Márquez, señalados paso a paso por ineficiencia y suciedad presupuestaria?

Y no se diga de algunos alcaldes o secretarios de Estado.

Pero en el terreno interno es donde Acción Nacional se exhibe en el campo de la más espantosa carnicería. No hay forma de comprender cómo en un mismo sexenio fue posible expulsar (casi) del partido al primer Jefe del Ejecutivo cuya elección fue una prueba de vocación democrática de todo el electorado (ganadores y vencidos), y también al ex presidente del Comité Ejecutivo en cuyo ejercicio se logró (a empellones y de manera poco convincente para muchos mexicanos) el segundo presidente de la República, quien hoy se muestra reacio a asociar siquiera su magna derrota electoral como consecuencia de su desempeño dentro y fuera del partido.

La refundación anunciada no será posible si de ella se responsabiliza a quienes hundieron al PAN en un PANtano de complicidades, nepotismo y malas cuentas.

Ya desde antes de la derrota, Felipe Calderón decía en público cómo veía a su esposa como candidata para el 2018. Ojalá, para él y su familia, no se repita la historia de su hermana a quien veía como gobernadora de Michoacán y cuya derrota fue explicada con impuras acusaciones de imposición del narcotráfico, en una mezcolanza ruin de afanes políticos y políticas públicas, como la guerra contra el delito.

Muchos años bregó AN antes de lograr una victoria electoral significativa. Según los registros hubo elecciones en las cuales (1946) participaban ciento diez candidatos y llegaban cuatro. Lo significativo, sin embargo, era su actitud, su postura invariable (y sin embargo varió) de anteponer los principios al descarnado y pragmático imperativo de la política o mejor dicho, la politiquería.

Pero las sirenas siguieron cantando.

MEDIOS

Esta columna comparte el texto de Guillermo Ortega impreso en nuestras páginas el sábado.

Yo no creo en los cercos pacíficos. Toda ocupación territorial masiva es en sí misma un hecho de fuerza. No me importa si los “ocupas” tienen o no su razón para estar indignados. En ese caso, todos estamos indignados.

Un sitio, una irrupción, una presencia multitudinaria y por tanto amenazadora, es un acto de violencia. Lleva implícita la fuerza del grupo. Y por tanto la “valentía” de la masa. Con matices, pero es una demostración de fuerza. No importa si les regalan flores a los granaderos.

Cuando los manifestantes afuera de “Televisa” —o de cualquier otro centro de trabajo; en el cual los empleados no deciden la política de la empresa—, alguien dictamina quién entra o quién sale, se atacan gravemente los derechos de otros ciudadanos. No es posible hablar de afanes democráticos, cuando se atropella a los demás en aras de una convicción, sea cual sea.

Este diario ya sufrió, bajo otra dirección, una visita similar. Y aquí seguimos.

Tras los huesitos del PAN

Ricardo Raphael (@ricardomraphael)
Analista Político
El Universal

En la casa azul la batalla a penas comienza. Era difícil evitar que los dirigentes se estrellaran como meteoritos, pasada la derrota electoral. El desgaste experimentado después de gobernar por doce años a la República ha tocado ya los huesos de Acción Nacional; las fracturas son evidentes y las astillas se asoman por todos lados.

Como ocurre dentro de un avispero antes de la tormenta, los reproches zumban fuerte. Javier Lozano Alarcón, hasta hoy alfil muy leal a Felipe Calderón, aseguró que Acción Nacional atraviesa por el riego de la extinción.

Otra vez el argumento del peligro resuena para lograr la subordinación política de los oponentes. El jugo que esa camarilla a sacado de la amenaza, como tesis política, tiene de nuevo lugar, ahora dispuesta para que el actual jefe del Ejecutivo no pierda el control de su partido.

En una operación velocísima, el calderonismo sumó a su hebra de intereses a los ex presidentes del albiazul: Luis H. Álvarez, Germán Martínez y Cesar Nava. Solo faltó en esa suma Gustavo Madero, a quien poco tiempo le falta para ser también un ex. Igualmente ha agregado solidaridades a favor de esta corriente política Diego Fernández de Cevallos, quien aclaró en fecha reciente que él no ve mal la manera como se están cocinando las cosas en su partido. ¡Paradojas de la vida personal que hicieron del antiguo enemigo un aliado allanado!

Por lo pronto, la disputa principal se está dando a propósito de una fecha: ¿cuándo habrá de celebrarse la reunión donde se modificarían los estatutos de Acción Nacional? Felipe Calderón quiere que ésta ocurra antes de que él y su familia abandonen Los Pinos. La razón es más que obvia; una vez que haya entregado la banda presidencial, no tendrá la misma fuerza para instruir estrategia, gente y decisiones.

Del otro lado, todavía en voz muy baja, se alcanzan a escuchar los breves lamentos de la oposición frente al calderonismo. Por ejemplo, el senador electo por Chihuahua, Javier Corral Jurado, dijo en una entrevista reciente que al presidente, menos que a nadie, le corresponde encabezar el proceso de reflexión dentro del PAN. “Ya él … pudo hacer y deshacer y las cosas no … fueron bien, ahora tendrá que darle la oportunidad a otros para que lo hagan de otra manera” (Reforma 29/07/12). Dicho en una sola nuez: los adversarios exigen autonomía de Acción Nacional —vida propia— con respecto al calderonismo.

Es todavía difícil calcular cuánta fuerza real tiene la posición de Corral dentro de su partido y, sin embargo, resulta intuitivo afirmar que el enojo al interior de la casa azul, en contra de Calderón, debe ser grande. Dos son los principales reclamos: de un lado, el excesivo control que intentó, y logró, sostener sobre esta fuerza electoral durante su mandato. A manera de ejemplo, con respecto a Germán Martínez y César Nava, fue él quien construyó sus respectivas dirigencias para utilizarles siempre en beneficio propio.

Luego vino la operación para controlar la selección del Consejo Político panista y, sobre todo, las candidaturas más relevantes. Con el argumento del peligro, tanto en 2009 como en 2012, se afirmó que, si las y los candidatos del PAN al poder legislativo no eran elegidos, en su mayoría, por el Comité Ejecutivo Nacional, muy probablemente el crimen organizado penetraría la estructura de la institución. Así, el calderonismo llevó la mano en ese proceso y la seguirá llevando porque una buena parte de los legisladores electos de este partido le deben al michoacano el puesto que ocuparán durante los próximos tres y seis años.

El otro enojo se debe a la manera como el presidente trató de manipular la contienda interna para colocar a Ernesto Cordero como abanderado presidencial, y luego, también la forma como abandonó a su suerte a Josefina Vázquez Mota.

Si bien al aún mandatario no le han salido todas sus jugadas, su interés por imponer se mantiene. A muchos panistas esto les incomoda, lo cual puede ser tierra fértil para que una corriente anti-calderonista emerja con contundencia. Ocurrirá sólo si dentro del PAN se ostentan nuevos liderazgos capaces de capitalizar la animadversión subterránea.

Ya Josefina Vázquez Mota se hizo a un lado cuando, hace tres semanas, declaró que ahora su papel estaría del lado de la sociedad civil. ¿Será entonces Corral quien levante el estandarte de la oposición?

Hoy sólo se puede profetizar que el asunto se va a poner muy interesante.

La pereza del conspiratista

Jesús Silva-Herzog Márquez (@jshm00)
Reforma

"Teoría conspiratoria: véase ignorancia". La indicación aparece en el índice analítico de Conjeturas y refutaciones, de Karl Popper, y puede ser la mejor manera de acercarse a esa fe. La lógica conspiratoria no proviene de la curiosidad sino de la confianza; no se alimenta de dudas sino de certezas. El conspiratista sabe que el mundo está controlado por los poderes malignos y que todo, a fin de cuentas, es percusión de sus resortes. Por eso el conspiratismo conforma una teología del resentimiento. Un sujeto todopoderoso maneja las cuerdas del mundo. Pero a diferencia de la otra creencia, la teología de la conspiración predica la perversidad del omnipotente. Ese creador del orden, ese imán que imprime sentido a todo lo que ocurre en la historia no es el dador bondadoso de la vida, sino un codicioso insaciable que no descansa nunca en su afán de dominio.

No hay refutación imaginable para este par de creyentes. Para uno, todo lo que existe en el mundo da cuenta de la presencia de su Dios; para el otro, todo lo que acontece es manifestación de una mano negra. La regularidad o la excepción son, para esos hombres de fe, revelación del mismo poder. El conspiratista podrá equivocarse pero nunca está confundido. La confianza en la conspiración puede ser un consuelo al ofrecerse como explicación del caos, pero es, sobre todo, un atajo. Sin grandes fastidios, se pueden resolver todos los enigmas con un solo expediente. Cualquier información embona con el cuento, cualquier novedad se incorpora al libreto de la conspiración. Si pierden los míos es, obviamente, efecto de la conspiración; pero si ganaran los míos también lo sería: se habrá tratado, en ese caso, de un engaño, de una simulación. Es que los conspiradores quieren hacernos creer que ese triunfo es verdadero, pero en realidad no lo es. En ese relato no hay misterios y jamás hay contradicciones. Cuando se prende esa linterna que exhibe las maquinaciones, el mundo se esclarece automáticamente. No hay motivo para dudar ni necesidad de prueba. La conspiración es la gran simplificadora de nuestro tiempo. Por un lado, nosotros, las víctimas de siempre; por el otro, los de arriba, los ganadores de siempre.

Leer la demanda que el Movimiento Progresista ha hecho para exigir la anulación de la elección presidencial es constatar el hermetismo de esa lógica. El documento que ha presentado a las instancias judiciales podrá tener 638 páginas pero sigue siendo un texto apresurado, descuidado, flojo. Difícilmente se puede pedir que se limpie la elección con un escrito tan desaliñado. Aun bajo los códigos de la expresión abogadil, es un escrito pésimamente redactado, plagado de faltas de ortografía y descuidos asombrosos, como llamar panista a Enrique Peña Nieto. El texto carece de la mínima consistencia argumentativa: columnas de razones que dieran congruencia a su alegato. La demanda es un revoltijo caprichoso de dichos envueltos con recortes periodísticos, divagaciones sobre la naturaleza de la economía y las producciones radiofónicas de Orson Welles; especulaciones tratadas como si fueran evidencia plena, conjeturas vendidas como certezas científicas. Aclaro, por si fuera necesario: no me opongo al derecho de inconformarse; rechazo la frivolidad con la que el equipo jurídico del lopezobradorismo construyó su alegato para pedir, ni más ni menos que la nulidad de la elección presidencial.

La pereza de los abogados del Movimiento Progresista es sintomática: el conspiratista es adicto a los atajos, es condescendiente con cualquier rumor que ratifique su prejuicio y sordo a cualquier testimonio discordante. El conspiratista no se ejercita en la polémica. Su entrenamiento es la pancarta y la consigna. Su medio idóneo es el panfleto que descubre los secretos del palacio, no la demanda que se esmera en el raciocinio y se compromete con la prueba. Esa ignorancia beligerante de la que hablaba Popper es llevar la estridencia al máximo y reducir la evidencia al mínimo. El fanático de la conspiración no polemiza. Suele dirigirse a los suyos mientras desacredita a los independientes, a los que con facilidad tacha como instrumentos de aquello que denuncia. El tribunal al que, en realidad, acude es el jurado moral de la historia, que, tarde o temprano reivindicará su causa. La pereza del conspiratista es consustancial a su fe y es producto de sus ejercicios cotidianos: no es necesario mucho esfuerzo para demostrar lo innegable; no hay empeño que consiga persuadir a quienes están atrapados en la maquinaria de la maquinación.

Televisa produjo 20 millones de zombis

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

Gritar que en las recientes elecciones hubo imposición selectiva, sólo en la Presidencia, es ofensivo para los casi 20 millones que votaron por Peña Nieto. A muchos no nos alegra su triunfo, pero fue un alivio para quienes vimos competir dos versiones de PRI, la post-salinista, con Peña Nieto, o el PRI echeverrista de López: mismas tesis con las que su maestro logró hundir una economía que había sido llamada en el mundo “el milagro mexicano” durante los años 60.

El salto de fraude a imposición fue urgido ante la inviolabilidad de los candados antifraude en las casillas y porque AMLO se ahorcó solo al advertir que en esta elección no habría fraude porque él tenía ya un ejército de 5 millones de observadores y defensores del voto. “Se imprimieron 5 millones de boletas ilegales” fue el último pataleo del fraude. Quizá, pero falta saber cómo se metieron a las urnas bajo la mirada de 5 millones (les gusta el número) de combativos obradoristas. Que no veía cómo se pudiera hacer fraude dijo hasta Cuauhtémoc Cárdenas al salir de votar. Vino entonces el parche: pre-venta de conciencias abusando de la pobreza.

Esa compra de votos no ocurrió en el DF, afirmó Ebrard, donde el PRD arrasó. Cómo fue, no sabemos, pero al DF no llegó la compra de votos, ni a Tabasco ni a Morelos ni al Congreso.

El autodefinido Apóstol perdió, y no por décimas como hace seis años, sino por 3.3 millones de votos. Saltó de trapecio: los ciudadanos resultan ser zombis o corruptos (y masoquistas, dijo en Televisa). 1. Unos, con el cerebro podrido por Televisa, no distinguen propaganda (que otros nunca vimos) y se creen el monigote prefabricado. 2. Otros, por pobres, venden su voto y no se les ocurre seguir el sabio consejo del Apóstol: coger el regalo y votar por López. Tienen una disculpa: México es tan pobre, tan pobre, tan pobre, que 300 pesos en tarjetas de súper o de carga para celular compran presidencias. Y cómo carajos son tan pobres y tienen televisor para que Televisa les pudra el cerebro, y teléfono móvil para cargar los puntos regalados por Peña es una pregunta reaccionaria. Pero hay números: México tiene 112 millones de habitantes, y éstos poseen 90 millones de celulares, 90 millones.

Hay otro tipo de corruptos: los que votan PRI porque harán grandes negocios. Son los corruptos “de arriba”, “la mafia del poder”. Una fracción irrecuperable que defiende sus intereses de clase.

Así visto, no hay mejor precio para comprar voluntades que un buen gobierno: es una trampa con la pérfida intención de volver a ganar. ¿Pruebas? Ebrard en el DF.

A quien diga que México es de clases medias lo ciega la propaganda de Calderón, propaganda tan mala, tan mala, que no logró difundir un dato irrebatible: llevamos doce años de PAN y doce años de estabilidad económica, cambios del dólar en centavos arriba o abajo, subidas de la gasolina hacia el precio real de compra, una feroz guerra entre la delincuencia y contra la delincuencia, aunque ha tomado tintes aterradores. Eran ésos los temas de campaña para Josefina. Lo pensó demasiado tarde. Primero nos pidió que votáramos por Josefina diferente. ¿Diferente a qué? ¿A la estabilidad del peso, de los precios y de la absoluta libertad de expresión llevada hasta el insulto procaz al Presidente?

El desastre económico de Echeverría, desempolvado por AMLO, llevó a levantamientos de izquierda bien conocidos. Pero hubo también tentación de golpe en la derecha. Hice la prepa entre muchachos norteños: de Sinaloa, Sonora, y las dos Baja Californias. Uno de ellos me buscó en pleno echeverriato, cuando el trabajo y la inversión de capital habían dado tierras irrigadas de alta productividad en Sonora… hasta que el presidente Echeverría decidió que les iría mejor a los trabajadores del campo si en vez de empleados fueran propietarios. Hizo reparto de propiedad privada que había logrado cosechar en el desierto. Acabó la prosperidad por parejo. Surgió la tentación del golpe.

La visita sorpresiva de un ex condiscípulo pronto dejó ver su objetivo: ¿Aceptaría la izquierda legal un golpe de Estado? La pregunta fue discreta y la negativa, sin ir a preguntar, también. La guerrilla fue aplastada, el golpe nunca llegó. Pero el país quedó en ruinas. Y nos ofreció AMLO “volver al camino anterior a 1982”, que es el ya someramente descrito. La respuesta de la población fue ahora un rotundo NO. Y su mega-ego no lo puede creer.

Novedad: Jacob, el suplantador en eBook: http://www.amazon.com/dp/B0087WMZHO

Castillo Peraza está muerto

Víctor Beltri (@vbeltri)
Analista político
contacto@victorbeltri.com
Excélsior

El desenlace de la elección presidencial del pasado primero de julio, en el que la candidata del Partido Acción Nacional obtuvo el tercer lugar en las preferencias de la ciudadanía, ha desatado una pugna al interior de dicha institución para definir el rumbo a seguir en el futuro. No deja de llamar la atención que el PAN enfrente una crisis de este tipo, justo cuarenta años después de la gran crisis institucional en la que se enfrentaron dos grupos con posturas bien definidas al interior del mismo partido.

Los ideólogos de Acción Nacional, en un principio, no buscaban acceder de inmediato al poder político. El poder no era un fin en sí mismo, sino la consecuencia de una acción a largo plazo y de miras más amplias: el poder llegaría después de la formación de una conciencia cívica, lo que implicaría una tarea ardua y comprometida. Sin embargo, la dimensión temporal de esta labor se antojaba demasiado pesada para algunos de los dirigentes del partido y, en 1972, José Angel Conchello asume la presidencia con un enfoque completamente distinto, enfocado primordialmente en la atracción de electores. Esto generó la división del partido en dos grupos que en su momento fueron llamados doctrinarios y pragmáticos.

Esto constituyó un momento crucial en la definición del partido. El grupo de los pragmáticos, encabezado por el nuevo presidente del partido, buscaría acceder al poder con postulados de derecha capitalista, mientras que los doctrinarios, con Efraín González Morfín al frente, tenían posturas de carácter humanista y social que trataban el problema de la falta de equidad como algo que tenía que ser resuelto, así como atender la justa distribución de la riqueza. Los fines del primer grupo tenían carácter inmediato, mientras que los del segundo tendrían que ser resueltos, necesariamente, a largo plazo.

Norberto Bobbio, en su obra Izquierda y Derecha, define como la principal característica para determinar la corriente de un partido político la postura que tengan en cuanto a los conceptos de libertad e igualdad. Así, los partidos que tengan como prioridad la libertad de los gobernados, en relación a la actuación que el gobierno tenga frente a ellos, antes que la igualdad de la ciudadanía, serán de derecha, mientras que aquellos que enarbolen la bandera de la igualdad, aun a costa de una mayor intervención gubernamental, serán de izquierda. Estas definiciones no son absolutas, y el grado de libertad e igualdad que cada partido busque en sus plataformas define su posición en el espectro político de cada país. Bajo esta perspectiva, la crisis de 1972 es fundamental para entender al PAN que, cuarenta años después, se enfrenta a otro momento de reflexión y análisis.

Es evidente que, a cuarenta años de distancia, el enfoque que ha prevalecido en el PAN es el pragmático, antes que el doctrinario. De hecho, la visión doctrinaria es prácticamente inexistente en un partido que lo que hoy se plantea es cómo regresar al poder que acaba de perder, antes que la transformación de la sociedad en base a principios de conciencia cívica. Este alejamiento de la ciudadanía, así como la percepción de que los últimos dos períodos presidenciales han tenido resultados magros para el bien común pero provechosos para grupos específicos, además de los escándalos de corrupción y el desgaste emocional colectivo ocasionado por la guerra contra el crimen organizado, hacen necesaria la reflexión sobre el papel que el PAN debe jugar de ahora en adelante.

¿Qué tipo de derecha necesita México en estos momentos? ¿La derecha que busca acceder al poder a como dé lugar, o la que trata de transformar a la ciudadanía a largo plazo? ¿La derecha del capital o la de la equidad y búsqueda de justicia social? ¿La derecha de derecha, o la derecha de centro?

Carlos Castillo Peraza, en su momento, trató de lidiar con este dilema desde la profundidad de su capacidad intelectual, a través de ideas, argumentos y definiciones ideológicas. La conjunción de acción y pensamiento, de pragmatismo y razón, de las grandes dualidades que fueron características en un hombre que creía en la democracia no como una ocasión electoral sino como un sistema de vida entera, se antojan indispensables en un momento como el actual, en el que México necesita, como nunca, de ciudadanos comprometidos y conscientes del papel histórico que les corresponde asumir, más allá de la temporalidad del poder o de la lucha por la siguiente elección. México necesita hombres de Estado.

Castillo Peraza está muerto, sin embargo. Su pensamiento, así como el de los antiguos líderes del PAN, puede ser fuente de inspiración, pero no una guía para las definiciones que en estos momentos son necesarias, y que deberían de ser generadas por pensadores, antes que políticos, y quienes lamentablemente parecen estar excluidos del debate. El PAN debe de ser capaz de entender que su proceso de refundación debe incluir, forzosamente, a la ciudadanía, y buscar la transformación de ésta a través de acciones cotidianas y vivenciales de valores cívicos y actitudes democráticas.

Parece que, actualmente, la lucha al interior del PAN no involucra a doctrinarios y pragmáticos, sino a pragmáticos y más pragmáticos. Pero tal vez es momento de que entiendan que, para su propia supervivencia, lo más pragmático es volver a la doctrina.