agosto 04, 2012

Intolerancia

Jaime Sánchez Susarrey (@SanchezSusarrey)
Reforma

Sicilia no exageró cuando afirmó que en los entornos de López había corrientes con espíritu fascista. Su dicho no era fruto de la observación. Lo aseveró porque había padecido su intolerancia

El Movimiento Progresista no presentó ninguna información jurídicamente relevante en su impugnación de la elección presidencial. Todo se reduce a dichos en la prensa o presunciones.

Respecto de la cadena Soriana, el alegato se centra en las casi 3 mil tarjetas con el logo de la CTM, que habrían sido utilizadas para comprar el voto. Nada más.

Pero la debilidad de la argumentación es evidente. Tres mil tarjetas versus 50 millones de sufragios y más de 3 millones de votos de diferencia a favor de Peña Nieto vuelven ridículo el alegato.

Y por si fuera poco, la respuesta de los directivos de Soriana fue tajante. Las tarjetas con el logo Soriana/CTM datan de 2010, cuando se firmó un convenio con la central obrera para premiar la fidelidad de los consumidores sin que se pueda depositar en ellas efectivo.

Pese al desmentido de la cadena, y pese al hecho que el Movimiento Progresista no ha presentado pruebas sustantivas para confirmar la colusión en la compra de votos, las tiendas y los trabajadores de Soriana han sido objeto de presión y manifestaciones.

La última y más violenta ocurrió el lunes 30 de agosto. La sucursal ubicada al oriente de Monterrey fue atacada a las 6:40 horas con dos bombas molotov. El atentado no encaja, por lo rudimentario de los artefactos, en la violencia asociada al crimen organizado.

No extraña, por lo tanto, que los directivos de Soriana hayan publicado un desplegado claro y directo: "Señalamos en forma particular a los señores Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Monreal y Jesús Zambrano como responsables de todos los daños físicos y materiales que tanto nuestro personal como nuestras instalaciones pudieran sufrir en las manifestaciones que promueven e incitan...".

La respuesta del PRD fue inmediata. No sólo se deslindó de cualquier responsabilidad, sino que además se proclamó víctima de una provocación. Los enemigos de López habrían perpetrado el atentado para desprestigiar al Movimiento e identificarlo con la violencia.

Pero quien, como siempre y como debe ser, se llevó las palmas fue el rayito exterminador: "Los dueños del PRI -escribió en Twitter- pensaron que podían comprar la Presidencia y ahora su dinero ilícito los está desnudando. No me culpen a mí. Serénense".

Así que a buen entendedor pocas palabras: Soriana no es inocente. Las manifestaciones y los atentados en su contra no son responsabilidad de López, sino de los directivos que se coludieron con los priistas. Serénense y aguanten vara porque el pueblo indignado tiene motivos de sobra.

Dicho de otro modo, López no se deslinda ni se dice víctima de una provocación. No, de ninguna manera. Recular no es lo suyo. Eso está bien para los serviles, como Jesús Zambrano. Su "razonamiento", por el contrario, explica lo que está ocurriendo. Pero más importante, justifica y da su aval para nuevos atentados y manifestaciones.

Toda la historia de las tarjetas de Soriana es parte de un montaje. Primero fueron los anaqueles vacíos de una tienda en Iztapalapa el 2 de julio, donde por pura casualidad se encontraba un fotógrafo de La Jornada. Se dijo entonces que esa turba de consumidores estaba integrada por los que habían vendido su voto.

Luego se produjo la clausura de ésa y otra tienda en la misma delegación. Se alegaron faltas en el cumplimiento del reglamento, pero fue claro que se trataba de un acto de intimidación de una delegación cien por ciento amlista.

Después, el 8 de julio, decenas de personas entraron a una sucursal en Gabriel Mancera, Ciudad de México, para protestar por el presunto apoyo de la cadena a la campaña de Peña Nieto. Según los directivos de Soriana, del 1o. de julio a la fecha se han registrado 180 incidentes -entre manifestaciones y ataques- en sus tiendas.

Todos estos hechos se inscriben en una secuencia de larga data. Las intimidaciones, vía redes sociales, contra aquellos que osaron criticar a López fueron una constante antes y después de la jornada electoral.

Pero el lenguaje soez y estúpido en Twitter dio un salto cuando Loret de Mola fue increpado a la salida de Televisa el día de la entrevista de López Obrador en Tercer Grado. Y dio otro paso adelante cuando una pequeña turba insultó y escupió a Carlos Marín.

Como parte del mismo programa, durante el recuento de votos, los trabajadores del IFE, como los de Soriana, fueron agredidos por jóvenes que se decían del #YoSoy132.

Y para que se entendiera que no se andaban por las ramas, golpearon y zarandearon el auto donde iba el presidente del IFE. Como antes habían hecho con la camioneta que transportaba a Peña Nieto en plena campaña electoral.

Quien minimice estos hechos y los considere parte del anecdotario se equivoca. López, Monreal y Zambrano tienen una responsabilidad real. Sus denuncias y sus consignas, sin prueba ni sustento, han sido acatadas como verdades absolutas y son parte de una cruzada.

Javier Sicilia no exageró cuando afirmó que en los entornos de López había corrientes con espíritu fascista. Su dicho, como él mismo explicó, no era fruto de la observación. Lo aseveró porque había padecido su intolerancia y hostigamiento.

Eso fue lo mismo que Cuauhtémoc Cárdenas escribió hace seis años en respuesta a Elena Poniatowska: "me preocupa profundamente la intolerancia y satanización, la actitud dogmática que priva en el entorno de Andrés Manuel para quienes no aceptamos incondicionalmente sus propuestas y cuestionamos sus puntos de vista..."

Por desgracia, pero como era previsible, a seis años de distancia la intolerancia y satanización, lejos de haber menguado, tienen ya un perfil violento y cuentan con la bendición del rayito exterminador.

San Andrés, ten piedad de Soriana y de nosotros también.

La tragicomedia de López Obrador

Hugo García Michel (@hualgami)
hgarcia@milenio.com
Cámara Húngara
Milenio

Si no fuese porque tiene ribetes peligrosamente trágicos, la carrera política de Andrés Manuel López Obrador podría ser contemplada desde un punto de vista humorístico que quizá nos permitiría a muchos sentirnos menos nerviosos. Porque si lo vemos bien, todo lo que ha hecho el tabasqueño a lo largo de estos años posee un tono fársico, un aliento de comedia de enredos que debería llevarnos a la risa y hasta a la franca carcajada (qué mejor ejemplo al respecto que la actual impugnación a las elecciones presidenciales).

Tal vez él mismo así lo maneje y en el fondo sea un incomprendido, tanto de sus enemigos políticos como de sus propios seguidores, quienes se lo toman demasiado en serio.

Basta con ver lo que ha hecho de un mes para acá. Se trata de una puesta en escena digna de grandes autores teatrales, una combinación de alta comedia a la Molière con teatro carpero a la Cantinflas, combinado con sketches que van del teatro del absurdo a las rutinas de un Polo Polo o un Jo Jo Jorge Falcón.

Si no, ¿cómo entender sus casi diarias conferencias de prensa, en las cuales siempre se hace acompañar por tres momificados patiños que con hierática seriedad le cuidan las espaldas y medio sonríen cada vez que el gran actor hace algún comentario chusco (“Aquellos se están poniendo nerviosos”, “Esto no se acaba hasta que se acaba” o la reciente y francamente jocosa comparación de él mismo con Juárez, Madero, Hidalgo y Morelos)? No hablemos del día en que tapizó la escenografía con tarjetas de Soriana o cuando acorraló a los reporteros para que un jovenzuelo histérico los regañara y les diera “clases” de periodismo, mientras don Peje sonreía socarrón.

Andrés Manuel sabe que perdió las elecciones, pero le gusta mantenerse en los reflectores y explotar su vis cómica con jícamo tropical. Lo malo es que sus seguidores más radicales no se dan cuenta y les da por portarse rijosos y amenazantes. AMLO pone la comedia y ellos la tragedia. López Obrador se divierte, mientras nosotros lo tomamos, sí, demasiado en serio. En ese sentido, es un incomprendido.