noviembre 01, 2012

Y al final, tronó la pistolita

Rafael Cardona (@cardonarafael)
racarsa@hotmail.com
El cristalazo
La Crónica de Hoy

Calderón sonreía satisfecho de ver cómo las cosas cayeron al fin por su propio peso, y Marcelo ensayaba un gracejo, Andrés Manuel se cebaba en descargar sus opiniones contra el presidente, a quien le atribuye –sin explicar cómo llega a tan complejo diagnóstico—, una “mala entraña” frente a la cual quizá oponga su luminoso rayo de esperanza.

Para quien lo quiera aprender, el lenguaje popular nos regala una de sus mejores y más seguras frases de reivindicación, revancha o satisfacción final: quien ríe al último, ríe mejor. O dicho de otro modo, ¿tronabas o no tronabas, pistolita? Al menos eso debe haber pensado el presidente Felipe Calderón mientras escuchaba a Marcelo Ebrard en la ceremonia de inauguración de la Línea 12 del Metro, cuyo nombre de Línea Dorada o del Bicentenario quedó atrás, muy atrás. Para lo dorado no hubo esplendor y para el Bicentenario (de la Independencia) la ceremonia llegó tarde. Quizá se podría llamar no la Línea 12, sino la Línea del cuarto para las doce.

Pero para lo bueno, dicen, (y esta obra es altamente importante para la ciudad y su futuro) no hay mal tiempo.

“Bueno —decía MEC—, pues ya terminamos, estamos muy emocionados el día de hoy, queremos agradecer la presencia al señor presidente de la República, licenciado Felipe Calderón; los secretarios de Gobernación, de Hacienda y Comunicaciones y Transportes; del Embajador de los Estados Unidos en México; de las y los senadores, diputados federales; compañeras, compañeros; amigas y amigos todos que el día de hoy nos acompañan”.

“Estaba yo recordando ahora que veíamos el video cuando tomamos la decisión de hacer esta Línea, fue en el 2007 si se acuerdan, hicimos una consulta, participaron millón 30 mil personas para respaldar y apoyar que se hiciera esta Línea del Metro como parte del Plan Verde de la Ciudad de México”.

“Bueno, iniciamos todos los procesos y teníamos una incertidumbre muy grande del tipo financiero en el país, incluso tuvimos que atravesar la crisis de 2008, que fue bastante seria. Hubo que atravesar los efectos que trajo consigo la crisis de la influenza, desde el punto de vista de la disponibilidad de recursos y de cómo nos iba a ir en este proyecto, es un proyecto inmenso para la ciudad de México”.

Aquí fue donde hubo un reconocimiento explícito al presidente Calderón (¿cómo habrán sonado en los oídos del caudillo las gratitudes finales de Marcelo al “Señor Presidente”, dichas casi en el tono de Miguel Ángel Asturias?, ¿habrá sentido el rubor ajeno?) por la incorporación al presupuesto de los miles de millones de pesos necesarios para concluir la Línea de Mixcoac a Tlalpan cuya ruta atraviesa el DF por casi todas las delegaciones del sur.

Quizá por eso, mientras la pipa de la paz pasaba de boca en boca y Calderón sonreía satisfecho de ver cómo las cosas cayeron al fin por su propio peso, y Marcelo ensayaba un gracejo, Andrés Manuel se cebaba en descargar sus opiniones contra el presidente, a quien le atribuye –sin explicar cómo llega a tan complejo diagnóstico—, una “mala entraña” frente a la cual quizá oponga su luminoso rayo de esperanza.

La actitud final del Jefe de Gobierno fue correcta.

Y no sería materia de comentario alguno si no se viera contrastada, hasta sin la voluntad de los analistas, por tantos años de desplantes infantiles por los cuales se negaba a presentarse cerca del Ejecutivo a quien –como su jefe político— le negaba la jerarquía obtenida en las urnas y se aferraba a las descalificaciones cuyo grosero contenido se tragó al final, como quien se come un sapo en escabeche. O un plato de otra cosa.

“Te disparo el viaje”, le dijo a fin de cuentas.

Total, si París bien vale una misa, los 13 mil 700 millones de pesos del Gobierno Federal para la magna obra son suficientes para olvidar fanfarronadas y desaires ensayados.

Pero en el complejo mundo del Partido de la Revolución Democrática en el cual todo cabe menos el sentido común, los dos jefes de gobierno impuestos por la fuga de sus jefes en pos de sendas candidaturas presidenciales, fracasadas ambas, Rosario Robles y Alejandro Encinas, no estuvieron presentes en una inauguración cuyo significado, sin posibilidades para regatear, es de enorme trascendencia para la historia capitalina.

Una no se presentó por haber sido expulsada del partido. O empujada a la renuncia, lo mismo da. Y el otro, por su fidelidad a ultranza hacia Andrés Manuel a quien le debe todo, absolutamente todo en su vida política.

Y así se lo hizo saber a su compañero de partido:

“Ebrard, agradezco tu invitación a la inauguración de la Línea 12 del Metro, no puedo acompañarte teniendo de por medio a Felipe Calderón. Felicidades”, escribió en su BB. Por lo menos este no se rajó.

Razones para la esperanza

Agustín Basave (@abasave)
abasave@prodigy.net.mx
Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Excélsior

Los mexicanos solemos debatirnos entre la ilusión y el fatalismo. En este siglo XXI, desde la prospectiva neoliberal de nuestra economía, el país aparece enfilado hacia un futuro promisorio, mientras que en la perspectiva de los críticos de nuestra realidad social las cosas van de mal en peor. Aunque yo validaría elementos de ambas apreciaciones, francamente encuentro más motivos para preocuparme por la segunda que para entusiasmarme con la primera. Cierto, soy de los que asumen que hoy por hoy un optimista es un pesimista mal informado, pero más allá de sesgos estoy persuadido de que la salud macroeconómica no llega a las entrañas del país. Las dos principales enfermedades históricas de México son la corrupción y la desigualdad, y en ninguna de ellas observo mejoría. Me resulta imposible pensar que saldremos del subdesarrollo sin extirpar esos dos tumores o al menos detener su metástasis.

Con todo, tengo razones para la esperanza. Soy pesimista, no fatalista, porque creo que tenemos remedio. Si los mexicanos hemos echado a perder a México, y si hay mexicanos capaces de recomponerlo, entonces la redención es posible. Me refiero a la sociedad civil, en la que le tengo más fe que en la partidocracia. Existen personas y organizaciones con espíritu justiciero en el más amplio sentido de la palabra que trabajan admirablemente para redimir a México. Pienso en centros de derechos humanos como el Miguel Agustín Pro Juárez de los jesuitas, que acaba de sacar a un inocente más de la cárcel, o el Fray Francisco de Vitoria de Miguel Concha, y en movimientos como el de Javier Sicilia que busca hacer visible el sufrimiento de las víctimas de la violencia y revertir el envilecimiento del tejido social. Y pienso en el Obispo Raúl Vera y su voz a favor de quienes no la tienen, en el Padre Solalinde, en las mujeres de La Patrona y en otros que se dedican a proteger a los desprotegidos.

Pienso sobre todo en los miles de mexicanos que se levantan todos los días con la determinación de vivir honradamente. En este país donde están dadas las condiciones para que sea muy fácil corromperse y muy difícil apegarse cabalmente a la legalidad y a la honestidad, deberíamos erigir un monumento al ciudadano íntegro. Es mucho más meritorio ser legal y honesto en México que en Nueva Zelanda o en Suecia. Allá conviene cumplir la ley, porque está hecha para cumplirse y porque los que la violan pagan un precio muy alto; acá la distancia entre norma y realidad y la impunidad hacen rentable la corrupción en todas sus manifestaciones, y quienes la rechazan nadan contra la corriente al grado de que sus vidas llegan a ser apostolados. Por eso es tan esperanzador conocer mexicanos probos: el comerciante que vende kilos de mil gramos, el taxista que devuelve la cartera olvidada, el maestro que se entrega a la buena enseñanza, el policía que no pide mordida, el burócrata que busca ayudar sin que lo “ayuden”, y no se diga el político que de veras quiere servir a los demás.

Cuando encuentro gente así me convenzo de que no todo está perdido. Y es que, si cambiamos los incentivos perversos que hay en nuestra legislación y contrarrestamos la mentalidad que se ha arraigado durante tanto tiempo de ignorar a la ley como referente, podemos forjar la cultura de la legalidad que tanta falta nos hace. Y si comprendemos que combatir la desigualdad y la pobreza es tanto un imperativo moral como un asunto de paz social, dejaremos de impulsar la agenda de la plutocracia que desvirtúa la democracia representativa. Aunque limitados, existen espacios mediáticos que difunden ese análisis crítico, como el programa Primer Plano de Canal Once. Y ahí están las redes sociales. El germen del cambio reside en la sociedad, especialmente en la juventud, esa que despertó en el 11-MM.

Los vicios idiosincráticos de México, por desgracia, no se agotan en esas dos enfermedades. Otros de nuestros males son nuestra proverbial desconfianza, la costumbre de no confiar ni en nosotros mismos, y la manía de desperdiciar nuestra creatividad en la adaptación de imitaciones extralógicas. Y de ese contexto extraigo más razones para la esperanza. Razones que algunos juzgan “frívolas”, como nuestra medalla de oro en futbol en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, ganada por representantes de una nueva generación que se sabe capaz de asaltar las alturas y que no se achica ante los rivales poderosos. Y razones “serias”, como el éxito de mexicanos que están poniendo en alto el nombre de nuestra cultura en el mundo. Por falta de espacio me limito a mencionar a los primeros que me vienen a la mente: Ignacio Padilla en la novela, Sergio Hernández en la pintura, Sabina Berman en el teatro, Enrique Olvera en la cocina y Alejandro Filio en la trova. Y si voy más atrás, agrego a algunos de los que han impregnado de originalidad a sus disciplinas, académicos del calibre de Diego Valadés, Roger Bartra, Jaime Labastida o Josefina Zoraida Vázquez. Y qué decir de Gabriel Zaid. Si, como sostengo, para redimirnos debemos abrazar el filoneísmo, he aquí unos cuantos ejemplos de que podemos hacerlo. ¿Cómo no vamos a tener solución, carambas?

Ebrard, Izquierda y dictaduras

Jorge G. Castañeda (@JorgeGCastaneda)
jorgegcastaneda@gmail.com
Reforma

No hay mucho más que decir sobre la estatua y la lápida cartográfica de Heydar Aliyev y de la República de Azerbaiyán en la esquina de Reforma y Mariano Escobedo. La estatua es horrible, el jardín es bello, el pago fue sustancioso y el oso gigantesco. No sé qué hará Ebrard al respecto, ni conozco los detalles para llegar a este desastre. Pero me parece que detrás de lo chusco hay un par de ideas tipo default option o postura de cajón de la izquierda mexicana que explican parcialmente cómo llegamos a este absurdo.

La primera es que la izquierda mexicana rechaza o ignora, en el mejor de los casos, la existencia de dictaduras de izquierda; sólo figuran en su firmamento las de derecha.

Aliyev no sólo fue el primer presidente-dictador de la República de Azerbaiyán después de su independencia, no sólo le heredó el poder a su hijo; no sólo reprimió opositores en su país. Fue durante cinco años miembro del politburó de la Unión Soviética, y director de la KGB en la ex República Socialista Soviética de Azerbaiyán, es decir, de la sucursal de la temida policía política del régimen soviético que contribuyó al asesinato, tortura y destierro de millones de personas. Para la izquierda mexicana esos crímenes son excesos, errores, puntos posibles de desacuerdo, pero no algo que obligue a una ruptura categórica con regímenes de ese tipo como el de la ex República Soviética de Azerbaiyán, de la ex Unión Soviética, el de China, el de Cuba, el de Vietnam, el de Nicaragua, etcétera, etcétera. Las únicas dictaduras realmente malévolas y condenables son las de derecha: Pinochet, los argentinos, el Apartheid sudafricano, Somoza, Guatemala hasta 1992. Cuando la dinastía Somoza robaba, torturaba, asesinaba y reprimía, era condenable la situación en Nicaragua; cuando hacían y hacen lo mismo los sandinistas, no lo es porque existe una causa que al final del día justifica esos actos. Por tanto, resultaría contra natura e inexplicable que Marcelo Ebrard, Martha Delgado, mi amigo Felipe Leal y el resto del PRD en el DF se percataran o, mucho menos, se indignaran por el ofrecimiento de una dictadura de izquierda de comprar un espacio en el Paseo de la Reforma. Que otros se suban al tren y traten de sacar raja, como la colonia armenia -con razón-en México, es harina de otro costal. Para la izquierda mexicana, en la noche todas las dictaduras no son pardas. Hay niveles.

La segunda reacción automática de la izquierda es la aberración épica -e incluso hoy diplomática- de la no intervención. Todos los involucrados han balbuceado distintas versiones de esa doctrina: quiénes somos para juzgar lo que pasa en Azerbaiyán; no nos corresponde opinar; le toca a otros decidir; con otras palabras "no es mi pex". Claro, no lo es mientras quienes violan derechos humanos son de izquierda, pero sí lo es cuando son de derecha y se denuncia -con toda razón- el Apartheid, las dictaduras del Cono Sur, las dictaduras centroamericanas, las dictaduras mediterráneas en los años 50, 60 y 70. Pero sobre temas espinosos no se opina, no se toma partido, porque son muy "delicados", son muy "complejos", y porque respetamos el derecho de cada pueblo (es decir de cada dictadura) de torturar, reprimir y matar como mejor le parezca.

Por el bien de la ciudad, espero que, como dijo Leo Zuckermann hace poco, Ebrard derrumbe esa estatua. Ojalá se pudiera conservar el jardín sin ella y sin el subsidio de 5 millones de dólares del gobierno de Azerbaiyán. Se entiende que le sobre lana: tiene probablemente una dotación de petróleo por habitante equivalente a la de los países del Golfo Pérsico. Me gustaría saber qué opinarían las mujeres de izquierda, entre ellas Martha Delgado, si el gobierno saudí quisiera erigir una estatua en el parque de Chapultepec dedicada al extinto rey Faisal, fundador de la dinastía Al-Saud, que ha gobernado durante más de medio siglo a un país donde las mujeres se ven obligadas a caminar tres pasos atrás de sus maridos. ¿De veras no es asunto nuestro?

De cómo el gobierno de Calderón se equivocó o nos engañó

Leo Zuckermann (@leozuckermann)
Juegos de Poder
Excélsior

Por ahí de 2008 vi una presentación del entonces procurador general de la República. Eduardo Medina Mora se ganó al público conformado por empresarios. Utilizó una narrativa que en ese momento sonó muy convincente para explicar la violencia que iba al alza y justificar la guerra del presidente Calderón en contra del crimen organizado. Hoy, cuatro años después, puedo decir que el argumento de Medina Mora era falso.

De acuerdo al procurador, el modelo del narcotráfico internacional había cambiado. Antes, los narcos sudamericanos les pagaban en dinero a los criminales mexicanos para pasar las drogas a Estados Unidos. Ahora les estaban pagando en especie. Luego entonces, los narcos nacionales tenían que colocar la droga en su mercado interno. Esto había desatado una violentísima lucha de los cárteles por controlar las plazas más rentables para el narcomenudeo. Medina Mora decía que el consumo más importante de drogas en México era la mariguana, pero afirmaba que el país tenía crecimientos muy preocupantes, a una velocidad aún mayor que en Estados Unidos, de cocaína y metanfetaminas.

Recuerdo que el entonces procurador enfatizaba mucho el asunto del pago en especie a los criminales mexicanos por el lado de la oferta del negocio. Por el lado de la demanda, argumentaba que se estaba quedando más cocaína en México debido a una reducción del consumo de ese producto en Estados Unidos. Además, los mexicanos estaban demandando más drogas en la medida en que los ingresos de muchas familias en nuestro país habían crecido los últimos años. En suma, había más oferta y demanda de drogas ilegales y los narcos se estaban peleando por controlar el cada vez más apetitoso y rentable mercado mexicano.

Medina Mora gozaba de una gran credibilidad. No sólo era el procurador en un momento donde todavía era popular el tema de la guerra en contra del crimen organizado lanzada por Calderón. Este funcionario había sido, además, director del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) y secretario de Seguridad Pública durante el sexenio de Fox. Uno suponía, entonces, que tenía toda la información para sustentar esta narrativa. Pero la realidad es que era falsa. Hoy lo sabemos. Los datos demuestran, o que Medina Mora estaba equivocado o nos estaba engañando.

Esta semana se publicó la última Encuesta Nacional de Adicciones 2011. Resulta que el porcentaje de la población de 12 a 65 años que ha consumido cualquier droga médica o ilegal pasó de 0.8% en 2002, a 1.4% en 2008, y 1.5% en 2010. A nivel nacional, el consumo de mariguana en 2010 fue de 1.2% de la población total y de 0.5% de cocaína.

Ni un crecimiento exponencial ni un mercadazo para los narcos mexicanos. Para ponerlo comparativamente, el reporte de la encuesta muestra que, “con relación a los países de América, México se mantiene en un consumo promedio o por debajo del promedio de la mayoría de los países del continente. Así, en cuanto a la mariguana, Estados Unidos tiene el mayor consumo anual (13.7%) y en México este es de 1%, únicamente mayor que Ecuador (0.7%) y República Dominicana (0.3%). En cocaína, el mayor consumo lo tiene Argentina (2.6%) y en México el consumo es de 0.4%, situándolo en el undécimo lugar de los 15 países analizados. En cuanto a las anfetaminas, México ocupa el último lugar (0.2%), donde el mayor consumo es en El Salvador (3.3%) y en Estados Unidos (1.5%). Finalmente, México ocupa el último lugar en cuanto al consumo de éxtasis (0.1%), donde la mayor prevalencia se da en los Estados Unidos (1.4%)”.

En cuanto a la comparación con países europeos, “México se encuentra entre los países de menor consumo. En el caso de la mariguana, República Checa tiene la mayor prevalencia (15.2%) y México (1%) sólo está por arriba de Moldova (0.9%) formando parte de los países con menores prevalencias. El mayor consumo de cocaína lo tiene Escocia (3.9%); México (0.4%) sólo está por arriba de Lituania (0.2%). En cuanto al consumo de anfetaminas, México mantiene el penúltimo lugar con un consumo de 0.2%, similar al de Portugal, mientras que República Checa tiene el mayor consumo con una prevalencia anual de 1.7 por ciento. Finalmente, en el consumo de éxtasis, República Checa tiene también el mayor consumo (3.6%) y México estaría en el último lugar con una prevalencia menor a 0.1%”.

Los números desmienten aquella narrativa de Medina Mora. En realidad, el mercado interno mexicano es de risa loca, chiquitito, lejos de ser tan apetitoso como para agarrarse a balazos por el control de las plazas más rentables. Lo dicho: o el entonces procurador se equivocó o nos engañó. Y no es un asunto menor porque, con esa narrativa, justificaba una guerra que ha dejado miles de muertos durante este sexenio.

El alcohol y nuestra relación con la legalidad

Carlos Puig (@puigcarlos)
masalla@gmail.com
Duda razonable
Milenio

Después de vivir largo tiempo en Estados Unidos regresé a México cuando mis hijos iniciaban su adolescencia.

Lo primero que les sorprendió es que a cada fiesta que los invitaban se servía alcohol a jóvenes de 14 o 15 años sin ningún rubor, con el permiso de los adultos. Venían de crecer en un país en que esa misma acción podría haber puesto en la cárcel a padres de familia y hubiera merecido la acción de alguna oficina de atención a la infancia.

La ley aquí es ambigua. Los menores de 18 años no pueden comprar alcohol y no pueden entrar a bares, cantinas o discotecas donde se expende alcohol; en la misma lógica, no podrían tomarse una cerveza en un restaurante, pero en realidad no está castigado el consumo, sino la venta. Creo que el espíritu de la ley pretende que los menores de 18 no deben consumir alcohol. El consenso de la ciencia es claro: el cerebro se termina de desarrollar a los 21 años y el alcohol en exceso —que es como casi siempre lo toman los adolescentes por las compulsiones propias de la edad—afecta ese desarrollo.

Cuando algún día —recién llegado— se me ocurrió cuestionar frente a otros padres la permisividad con que dejábamos beber a nuestros hijos de 14, 15 y 16 años, me dieron de palos verbales. “Pro gringo”, “qué tanto es tantito”, “no seas mamón”, “a poco tú no chupabas”, “así van aprendiendo”. Que yo prohibiera a mis hijos menores de 18 beber alcohol, era como darle una sentencia de muerte a su vida social, condenándolos a no tener amigos, según fui informado. El argumento de la ley generaba algo de risa.

El alcohol al momento de manejar es la causa número uno de muerte de adolescentes en el país. Y ahora, el dato más alarmante de la Encuesta Nacional de Adicciones es el serio aumento en el consumo de alcohol en menores de 18 años—de hecho el consumo de alcohol “en exceso” aumentó de manera preocupante en todas las edades.

Cito: “En la población adolescente, se encontró que el consumo de alcohol aumentó significativamente en las tres prevalencias. De tal manera que el consumo alguna vez pasó de 35.6% a 42.9%, en el último año de 25.7% a 30.0% y en el último mes de 7.1% a 14.5%. Esta misma tendencia se observó en los hombres y en las mujeres, especialmente en el consumo del último mes ya que se incrementó en el caso de ellos de 11.5% a 17.4% y en ellas de 2.7% a 11.6%”.

Hace unos días, Causa en Común de María Elena Morera publicó un devastador reporte sobre el incumplimiento del gobierno federal del Acuerdo sobre la Seguridad la Justicia y Legalidad.

Hablando con ella me decía que el otro gran fracaso del acuerdo del 2008 es el del compromiso ciudadano de construir una cultura de legalidad. Los ciudadanos también han fracasado. Creer que nuestras “pequeñas” infracciones no tienen que ver con nuestros grandes dramas; me parece parte de nuestro problema.