noviembre 13, 2012

La mariguana y la seguridad nacional

Julián Andrade (@jandradej)
julian.andrade@razon.com.mx
La Razón

La aprobación del consumo de mariguana con fines recreativos en Colorado y en Washington puede cambiar el mercado de las drogas y significar un problema de seguridad nacional para México.

El presidente electo, Enrique Peña Nieto, viajará a Estados Unidos la última semana de noviembre, con el propósito de establecer una agenda de trabajo con la administración de Barack Obama en la que el tema de las drogas estará presente.

Más allá de las consideraciones sobre la incoherencia en el discurso prohibicionista, que antes de las decisiones liberales del supermartes ya había permitido el uso medicinal de la cannabis en 17 estados, la legalización puede generar además una transformación en los grupos criminales y las coordenadas en las que se mueven.

Alejandro Hope y Ricardo Clark elaboraron un estudio, para el Instituto Mexicano para la Competitividad, en el que midieron el impacto económico que puede representar la legalización en Colorado y en Washington y concluyeron que la disminución de ingresos para los narcotraficantes mexicanos puede rondar por el 30 por ciento, algo así como tres mil millones de dólares.

El costo de la mariguana está asociado a los riesgos que implica su producción y trasiego y al disminuir éstos, el precio, por necesidad, bajará.

Atenuar la capacidad financiera del crimen organizado es la vía correcta para controlar el impacto que tiene en la sociedad, pero también puede implicar un alto riesgo en el corto y el mediano plazos si no se toman las providencias adecuadas.

Los criminales organizados pronto buscarán fortalecer otras variables de ingresos, como la trata de personas, secuestro, extorsión y robo de autos, por señalar sólo algunos de los delitos que controlan.

La motivación principal de ese tipo de criminales es la obtención de recursos y no van a escatimar nada para tratar de mantenerlos.

Para el gobierno de Peña Nieto es importante adelantarse a escenarios que tarde o temprano se van a presentar.

La clave será, por cierto, poner el acento en el combate a delitos de alto impacto ,y no necesariamente, y al menos no como ahora, en el tema del narcotráfico.

Es probable, como ya se ha dicho, que la administración de Obama trate de impedir la implementación de las nuevas leyes y que mantenga una férrea política antidrogas a nivel federal, pero también podría ocurrir lo contrario.

La semana pasada Ethan Nadelmann, director de la prestigiosa Drug Policy Alliance, le dijo a la revista Time que en el caso de Colorado el gobierno de Obama puede ser bastante cuidadoso, ya que en ese estado los modelos de suministro de mariguana con fines médicos son un ejemplo en su funcionamiento y controles.

Comoquiera que sea, es un hecho que las políticas liberalizadoras irán avanzando y que los países deben preparase.

México debe asumir una política de seguridad de anticipación, para que los cambios en el mercado de las drogas no susciten una mayor violencia y aprovechar, en su caso, para golpear con precisión estructuras criminales con menor capacidad financiera.

EU perdió la guerra contra las drogas

Juan Manuel Asai
jasaicamacho@yahoo.com
Códice
La Crónica de Hoy

El pasado martes, mientras Obama ganaba su reelección, Estados Unidos perdía la guerra contra las drogas. Suena fuerte, pero no hay otra manera de referirse a lo ocurrido. La decisión de los ciudadanos de los estados de Washington y Colorado de legalizar íntegramente la mariguana en sus territorios causó del lado sur de la frontera, como es natural, un desconcierto general. Autoridades de México, América Central y Sudamérica están tratando de replantearse las cosas y tomar una posición. Eso del lado sur de la frontera. Pero del lado norte del Río Grande, en Estados Unidos, la votación supone extender una carta de defunción a la DEA, Drug Enforcement Administration.

Se acepta que la guerra a las drogas arrancó formalmente con la creación de la DEA en la administración de Richard Nixon, de manera que está por cumplir cuatro décadas en las que ha fallado en todos sus propósitos fundamentales. Los jóvenes norteamericanos se drogan más que nunca, un amplio menú de drogas se pueden conseguir sin mayores problemas en preparatorias y universidades a lo largo y ancho del territorio nacional. Las bandas que transportan la droga son cada vez más poderosas, tienen dinero a raudales y armamento de última generación, que les proporcionan los propios gringos.

Los agentes de la DEA recorren el territorio norteamericano y países como México recopilando información que les permita detectar, por ejemplo, plantíos de mariguana para dar aviso a las autoridades respectivas y que los destruyan. El caso paradigmático en la historia de la DEA es el que protagonizó el agente Enrique Camarena Salazar, quien se infiltró en la banda de Caro Quintero y Ernesto Fonseca y logró obtener las coordenadas del rancho El Búfalo, sembrado de mariguana, rancho que fue destruido. En venganza, los narcos secuestraron, torturaron y mataron al agente Camarena.

Los agentes de la DEA ya no tendrán que infiltrarse y hacer acopio de información satelital, ni nada por el estilo. Ahora los ranchos productores trabajarán a la luz del día en Washington y Colorado, surtiendo con droga a todo el país. La derrota alcanza niveles culturales. Es como si se declara la guerra a los nazis y la gente decidiera que los nazis operaran libremente, sin tener que esconderse, en su territorio. La DEA tiene un presupuesto superior a los dos mil quinientos millones de dólares anuales y más de diez mil empleados en su nómina. Los deudos del Kiki Camarena podrían demandar al gobierno de Estados Unidos por su doble discurso: por un lado mandan a sus agentes a jugarse la vida para detectar plantíos de mariguana y, por el otro, el cultivo se vuelve legal. Lo que ayer se combate, hoy se fomenta y se aplaude.

De manera que los propósitos planteados en los años setenta no se cumplieron. Estado Unidos no pudo derrotar a los narcos, a pesar de todo su poder y recursos, porque no quiso. Supeditó la guerra contra las drogas a estrategias globales de seguridad nacional en las que muchas veces los narcos operaron como aliados encubiertos. El escándalo Irán-Contras es ilustrativo, porque fue una vergüenza internacional, pero no es el único. Estados Unidos no pudo derrotar a los narcos porque los ha venido usando para presionar a los gobiernos de los países en los que operan. Los protege a cambio de información útil para el control político de los funcionarios de esos países, entre los que tienen un lugar muy especial los mandos de las fuerzas armadas. Estados Unidos no pudo derrotar a los narcos porque los usó para acceder al control de los aparatos militares de los países del continente.

Cualquier decisión que a partir de la decisión del martes pasado tomen los gobiernos afectados, comenzando por el de México, deben partir del análisis de por qué Estados Unidos perdió la guerra contra las drogas. La perdió porque nunca pretendió ganarla, sino utilizarla para fines geopolíticos. Ahora que ellos serán los primeros productores de mariguana, y los agentes de la DEA se quedaron sin material de trabajo, procede una revisión de la política no para convertirnos en un paraíso tropical de mariguanos, sino para librarnos de la nociva influencia de ésa y otras drogas y que se la fumen los americanos.

Las 10 buenas de Felipe Calderón

Genaro Lozano (@genarolozano)
www.reforma.com/blogs/genarolozano
Reforma

En 18 días termina el gobierno de Felipe Calderón. Algunos dirán que para bien, otros pensarán que lo que viene será peor. A modo de corte de caja van aquí 10 puntos que considero acertados del sexenio calderonista. La semana próxima escribiré los 10 peores momentos y decisiones del sexenio, y más adelante haré el mismo ejercicio para Marcelo Ebrard en la Ciudad de México.

1.- El 1 de diciembre Calderón le entregará a Peña Nieto un país creciendo casi al 4%, con una inflación menor al 5% y finalmente con creación de empleos, en lugar de un país con "errores de diciembre", con inflación y en plena crisis económica. Los indicadores macroeconómicos que entrega Calderón hicieron que incluso la revista The Economist alabara el desempeño económico de México frente al de Brasil, comparación que ha sido casi obsesiva.

2.-. Una notable política cultural bajo la gestión de Consuelo Sáizar, ya que el presupuesto a la cultura se incrementó y los gastos de operación bajaron. Sáizar dejará una radiografía precisa de las necesidades culturales del país con indicadores cuantitativos, así como un interesante proyecto de la digitalización de la memoria cultural de México. Además en este sexenio se quedan obras como la nueva Cineteca Nacional, la recuperación del espacio público y el proyecto de la ciudad de los libros en La Ciudadela, el Centro Cultural Elena Garro, entre otros.

3.-Una política exterior discreta, pero efectiva. Calderón optó por buscar un perfil no protagónico en la Cancillería, por eso acertadamente mandó a Arturo Sarukhán y lo dejó todo el sexenio en Washington y mantuvo a Patricia Espinosa seis años dirigiendo la política exterior de México. Un acercamiento con América Latina, especialmente con Cuba y Venezuela, así como una exitosa cumbre de cambio climático, la COP 16, y la presidencia mexicana del G-20 son algunos de los aciertos del sexenio en política exterior.

4.- Apostar a que PEMEX invirtiera en la búsqueda de petróleo, incluyendo el de aguas profundas del Golfo de México. Aunque el impacto de estos descubrimientos ocurrirá hasta dentro de un lustro o más, por ahora se ha logrado detener la caída de reservas y de producción. El beneficio para las finanzas públicas del país ha sido altísimo.

5.- La controvertida extinción de Luz y Fuerza del Centro, una empresa paraestatal que vivía del subsidio público y de los impuestos de todos sin dar los resultados que necesitaba, con un muy mal servicio y con malos índices de productividad.

6.- Un alivio en Tijuana. No sé si se deba a la presencia de las fuerzas federales o al mando único, o si sea porque "pactaron con el narco", como sospechan algunos tijuanenses, pero lo cierto es que organizaciones como el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal declaran que la violencia ha bajado notablemente en esta ciudad fronteriza desde el pico de 2008 y se empiezan a recuperar espacios públicos.

7.- El envío de una pésima e indefendible acción de inconstitucionalidad a la Suprema Corte de Justicia en el 2010 para tratar de invalidar las reformas que permitieron el matrimonio entre parejas del mismo sexo en la Ciudad de México. La acción enviada por el Procurador Chávez Chávez tuvo el efecto contrario y la opinión contundente de la Corte benefició el reconocimiento público de las parejas del mismo sexo en el país.

8.- El manejo de la crisis de la gripe A o H1N1. Organismos internacionales como la ONU y la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconocieron el papel de Calderón y del gobierno mexicano en esta emergencia en el 2009, que dejó casi 19 mil muertes en todo el mundo.

9.- Los polémicos gasolinazos. Los subsidios a la gasolina incentivan el uso del automóvil y en México estamos pagando una gasolina por debajo del precio del mercado, incluso más barata por litro que en Brasil (1.58 dólares), de acuerdo con cifras del Banco Mundial. Un estudio de la Cámara de Diputados revela que los subsidios a la gasolina benefician especialmente a los sectores con más recursos.

10.- El Seguro Popular, que beneficia a casi 53 millones de personas en todo el país que no están afiliadas ni al IMSS ni al ISSSTE, un programa que arrancó como piloto en 2002, pero que realmente en el sexenio que termina fue donde ha logrado una mayor cobertura, especialmente en estados como Chiapas, Veracruz y Oaxaca, aunque con menor penetración en el Distrito Federal.

Al margen de esos 10 puntos, el fin de semana me enteré que el ITAM le otorgará el premio "Carrera al Universo 2012" a Felipe Calderón, un premio que se le da a los ex alumnos que han tenido "una notable contribución al desarrollo económico, político y social del país". El premio no es votado ni por alumnos ni por los ex alumnos y como ex alumno del ITAM aprovecho para decir que no estoy de acuerdo con esa distinción. De entrada porque Calderón no se formó realmente en el ITAM, ya que solamente estuvo como estudiante de Maestría durante unos meses, dividiendo su programa académico entre el ITAM y Harvard. Las otras razones de por qué no estoy de acuerdo con el premio las escribiré la próxima semana en mi columna.

La mariguana y la seguridad

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

Discutamos la legalización de esta yerba pero hagámoslo sobre bases reales y sin inventar beneficios que no lo son.

Veía el domingo uno de los mejores programas periodísticos de Estados Unidos, el Real Time de Bill Maher, un conductor con una posición definida, claramente liberal, que incluso hizo público que donó un millón de dólares para la campaña de Barack Obama y que siempre tiene entrevistas y paneles provocadores y controvertidos. Es fantástico. Maher entrevistaba a uno de los coordinadores de la exitosa campaña que llevó a que Colorado legalizara la venta y el consumo de mariguana para fines recreacionales y especulaban sobre cómo llevar esa campaña, ese objetivo, a toda la Unión Americana. Incluso, al aire llegaron al compromiso de conseguir el dinero suficiente como para colocar ese tema, a nivel federal, en unos dos años, comenzando por la legalización con fines recreacionales en California.

Resulta algo más que interesante observar que en el panel posterior estaba un conocido columnista gay, una columnista y conductora de televisión republicana y liberal, el ex estratega de Clinton, James Carville, y el actor Samuel Jackson. Todos coincidían en la legalización de la mariguana como un punto de confluencia y un capítulo más de las libertades del país. Nadie habló de México o Colombia, del crimen organizado ni de las consecuencias del tráfico de drogas en nuestro país. Tampoco en Estados Unidos: por cierto, Washington y Colorado son dos estados con altos grados de seguridad pública en ese país. El tema fueron las libertades públicas, la salud (la legalización implicaría un ahorro importante, decían, en ciertos ámbitos) y en la equiparación de la mariguana con el alcohol y el tabaco, al considerar a ambos más dañinos que la hierba.

Es difícil no compartir muchos de esos puntos de vista. Pero tampoco se puede caer en la apología de la mariguana. A pesar de la insistencia de algunos supuestos especialistas, no se puede decir que la mariguana no genera adicción ni daños. Unos y otros existen, aunque también es verdad que no son manifiestamente mayores que los del tabaco (sobre todo de la nicotina) y del alcohol. Y también es verdad que, desde una perspectiva liberal, todo individuo tiene derecho de hacer con su vida, mientras no afecte a los demás, lo que desee, incluido fumarse unos porros de mariguana.

Pero también es verdad que existen responsabilidades sociales. En todo Occidente crecen, por ejemplo, las campañas contra el tabaco, limitando seriamente su consumo, en las que advierten sobre sus daños y cargan altos impuestos sobre el producto. Algo similar ocurre con el alcohol. Bajo cualquier lógica, la legalización de la mariguana tendría que tener controles por lo menos similares. Nadie lo pondría en discusión, incluso una de las insistencias entre los que promueven la legalización en Estados Unidos es precisamente ése: de que regulada se podría controlar mejor su consumo.

Todo eso es verdad, sin embargo persiste una pregunta: ¿Necesitamos tomar esa medida en México? Insisto en que el perfil de consumo de, por ejemplo, Colorado, es muy diferente al de cualquiera de nuestras colonias periféricas. Que en nuestro caso la mariguana es droga de inicio entre los muy jóvenes, casi niños (en Estados Unidos son las drogas sintéticas, cuya legalización no está en debate en ese país); que los controles y la regulación son mucho más escasos. Todos esos y muchos más son temas, básicamente de salud pública y, por lo tanto, deben ser atendidos desde esa lógica: legalizar la mariguana, en México, sin extrapolar situaciones y geografías que no son similares, debe ser un debate de salud pública.

Pero no lo es de seguridad. Legalizar o dejar de legalizar la mariguana no cambia las cosas en ese ámbito: no cambia que delincuentes estén haciendo producir pocitos de carbón para venderlo a grandes empresas, explotando brutalmente a niños y jóvenes que, paradójicamente, sobrellevan esa explotación consumiendo mariguana; no evita que en Tamaulipas, en Coahuila o en Nuevo León haya secuestros masivos (el Ejército acaba de liberar a 30 secuestrados, todos de extracción relativamente humilde, en Tamaulipas); no evita que haya secuestros, extorsiones, robos: no se cometen esos delitos para consumir mariguana ilegal.

Me parece que esa es la discusión que se debe dar. Si se promueve la idea de que legalizando la mariguana se recupera la seguridad pública, se está mintiendo. Quizás la mariguana u otra droga se debe legalizar porque es mejor hacerlo en términos de salud, porque así se podría (o no) controlar mejor su consumo o simplemente porque puede ser un derecho consumirla o no. Pero que no se nos diga que es una medida que propiciará recuperar la seguridad porque es mentira. En realidad puede hacer más complejo ese objetivo, por lo menos en el corto plazo.

Discutamos esa legalización pero hagámoslo sobre bases reales y sin inventar beneficios que no son tales.

Di sí a la mota

Roberta Garza (@robertayque)
Milenio

Colorado y Washington han votado por legalizar la mariguana, ya no con fines “medicinales”, como es en otros 18 estados, sino llamándole a las cosas por su nombre: para fines recreativos. Pero la lista de asegunes entre la aprobación de la ley y su aplicación en la vida real es enorme.

Si se va a tratar la sustancia con los necesarios controles vigentes para el alcohol o el tabaco, habrá que fijar cuál es la dosis mínima, digamos, para considerar a alguien no apto para conducir, asunto difícil porque no existe una prueba barata o instantánea para saber el nivel de tetrahidrocanabinol (THC) en la sangre. Habrá también que detectar y señalar la potencia de cada cepa vendida por su carga de THC, de la misma manera en que un tequila no es igual en grado de alcohol a un vino tinto. En suma, habrá que armar una legislación completa —fiscal, penal, mercantil, etcétera— y destinar dinero a clínicas de orientación y salud; la capacidad adictiva de la mota es nula, pero sus efectos casi siempre desinhibitorios, a veces alucinógenos y las menos veces conducentes a estados de paranoia —éstos parecidos a los que padecen los profesionales del prohibicionismo, por cierto, sin que nadie los tache de nada— pueden ser problemáticos en casos aislados; como sucede, de hecho, con el alcohol, sin que sea razón para negárselo a las mayorías celebrantes y sensatas. Y no olvidemos que cuando la mota es fumada libera humo; ¿se prohibirá su uso en sitios públicos, como es el caso del tabaco, por respeto a los pulmones de terceros?

Y eso es lo fácil. Las cosas se complicarán cuando se trate de compatibilizar una legislación estatal que contraviene abiertamente a la federal y, más allá de las fronteras del Tío Sam, cuando se intente justificar en los bueyes de mi compadre una lucha abundante en violencia, corrupción y pérdida de vidas y de recursos por algo que en selectas regiones de la unión podrá regalarse en las canastillas navideñas como cualquier botella de buen whiskey.

Pero lo más increíble es que nuestra flamante administración en vez de aprovechar la coyuntura para sacar de las garras de los cárteles a una industria que para México podría ser tanto o más lucrativa que el petróleo —que, por cierto, tampoco vendemos, sino que defendemos— fije de entrada, para darle coba al medroso conservadurismo nacional e internacional, la postura del no a la legalización, desperdiciando una magnífica oportunidad de hacer historia convirtiéndose en impulsora de un cambio de paradigma para América toda.