noviembre 14, 2012

JFK: 50 años

Sergio J. González M. (@sergioj_glezm)
sergioj@gonzalezmunoz.com
La Crónica de Hoy

En nueve días se cumplirá el quincuagésimo aniversario luctuoso del Presidente norteamericano John F. Kennedy (JFK).

Un reciente libro, cuyo título en español sería EL ASESINATO DE KENNEDY, 24 HORAS DESPUÉS. EL PRIMER DÍA DE LYNDON JOHNSON COMO PRESIDENTE, revela circunstancias hasta hoy desconocidas respecto de aquella sucesión presidencial que mueven a reflexión pues, sobre ese episodio, los científicos sociales y analistas políticos se habían enfocado exclusivamente en el asesinato y no en el proceso mismo de transición presidencial.

De entrada, el autor informa que fuera por el shock de ver caído a su jefe o por un cálculo político, los colaboradores cercanos del presidente muerto retrasaron todo lo que pudieron el aviso formal de la verdadera situación clínica de Kennedy, a pesar de que el Vicepresidente Lyndon Johnson estaba en el propio nosocomio. Uno de dichos colaboradores inclusive le propuso a éste en un par de ocasiones, que volara de inmediato a Washington.

Johnson, que había sido muchos años Presidente del Senado, no era ningún novato en política y sabía de las implicaciones de salir de Dallas, Texas, sin confirmación de la muerte de Kennedy. Conociendo muy bien el poder de los medios, no quería ser visto como abandonando a su suerte a la viuda y el cadáver de su ex jefe y/o desesperado por cambiarse de oficina en la Casa Blanca.

Una arista interesante sobre la que borda el autor consiste en que Johnson y el Procurador General, Robert Kennedy, habían tenido una muy mala relación desde el momento mismo en que John Kennedy le había pedido al primero aceptar la candidatura a la Vicepresidencia. Por años habían recelado uno del otro, de tal manera que cuando Johnson, ya enterado de la muerte de JFK, dudó sobre la toma de protesta para asumir la Presidencia y le consultó telefónicamente al Procurador (formal consultor jurídico del gobierno federal). Éste le contestó con una expresión ininteligible, quizá movido por el impacto de la noticia de la muerte de su hermano, quizá con la frialdad de la deliberación cuidadosa ante la coyuntura política.

Johnson, que en realidad ya era Presidente por disposición constitucional, tomó la respuesta del Procurador como sugerencia de que protestara a la brevedad, aún antes de iniciar el vuelo a Washington. Aprovechando que la viuda estaba ingresando al Air Force One, la invita a acompañarlo en el acto en que rendiría el juramento de ley, lo que Jackie Kennedy aceptó sin reparo, con sus ropas todavía ensangrentadas y con restos del cráneo y masa encefálica de su esposo aún visibles entre su cabello.

¿Por qué Johnson decidió tomar el poder así? Sabiendo que, ante la posibilidad que el asesinato hubiera provenido de una conjura, quizá de nivel internacional, le era indispensable que los medios difundieran por todo el orbe un mensaje de continuidad política y que el gobierno norteamericano seguía incólume. Con ese fin, parado junto a la viuda, en un reducido y atestado salón de reuniones del avión, rindió la protesta de ley ante una jueza local amiga de él y frente a los fotógrafos.

En un pasaje peculiar, el autor reporta que Johnson dijo que sentía que se había despertado hacía un año, en alusión a la vertiginosidad de los acontecimientos del día y a los extremos de haberse levantado esa mañana siendo un adorno de la administración Kennedy y ya por la tarde ser el titular del Poder Ejecutivo.

Baste citar que en esa ocasión en especial Johnson no había sido tomado en cuenta para ningún aspecto de la gira presidencial por Texas, a pesar de que, antes de ser Vicepresidente, había sido legislador federal (Diputado y Senador) por ese Estado a lo largo de 24 años consecutivos.

En el vuelo de Dallas a Washington, Johnson trabajó arduamente con gran habilidad política con los cercanos a Kennedy que iban en el avión para convencerlos de permanecer en sus puestos para preparar las primeras acciones y los primeros mensajes que la nueva administración debería acometer. Lo mismo haría a lo largo del resto del día con los funcionarios designados por JFK que no habían viajado a Texas.

Al aterrizar, Johnson estuvo perfectamente consciente de dos cosas: que estaba a unos segundos de convertirse en el hombre más poderoso y conocido del mundo y que la nación necesitaba desahogar un proceso de duelo por Kennedy antes de aceptar una nueva figura en el ejecutivo federal.

Así, su alocución ante los medios fue breve, cargada de humildad pero diseñada para transmitir la idea de que a pesar de la pérdida, había liderazgo, continuidad y propósito garantizados en el gobierno y para comunicar tanto fuerza como dolor. Se dedicó a supervisar los arreglos funerarios correspondientes y decidió hacer suya la agenda legislativa de su antecesor (pero en versión más agresiva) para destrabarla en el legislativo haciendo uso de su experiencia parlamentaria, lo que a la postre produjo la fundamental e histórica legislación sobre derechos civiles del vecino país, aún vigente.

El autor, Steven Gillon, es Doctor en Historia por la Universidad de Brown, e inclusive, la obra ha merecido que History Channel haya producido y transmitido un documental tan extraordinario como el libro. Si puede lea uno o vea el otro.

Manazo y lección

Sergio Aguayo Quezada (@sergioaguayo)
Reforma

La marihuana ya es legal en un tercio de Estados Unidos. Es una bofetada para el presidente Felipe Calderón y una lección para los mexicanos.

Ciento un millones de estadounidenses (32% de la población) pueden ir a un dispensario a recibir cannabis por razones "médicas". Cura, dicen, dolencias como la falta de apetito o la depresión causada, por ejemplo, por desempleo, mal de amores o quimioterapia. Es un próspero negocio: sólo en Los Ángeles hay más dispensarios que cafés Starbucks. En la última elección los 11 millones 753 mil habitantes de Colorado y Washington aprobaron el uso recreacional de la marihuana.

Esos números golpean la política de Calderón, quien no supo interpretar la historia. Durante su sexenio criticó con frecuencia a Estados Unidos, tachándolo de "vecino [...] irresponsable" y contradictorio porque criminaliza y legaliza (entrevista con Leonardo Curzio, 25 de agosto de 2010). Aceptó a regañadientes un "por supuesto que se debata", pero lo encomendó a otros. En septiembre pasado, lanzó, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, un reclamo con olor a lamento: "yo urjo, respetuosamente, urjo, exijo a las Naciones Unidas a que no sólo participe, sino que encabece una discusión a la altura del siglo XXI". Reaccionó a Colorado y Washington con un lacónico "cambian las reglas del juego".

Calderón trasladó a los otros una responsabilidad que debería haber asumido dado el enorme costo social pagado por el país que gobierna. Tenía la responsabilidad ética de encabezar la búsqueda de alternativas. No lo hizo pese a que iba acumulándose la evidencia de que lo rebasaba la historia.

Cualquier observador de la realidad estadounidense -y el gobierno mexicano tiene la obligación de escudriñarla- hubiera constatado el cambio de opinión en los últimos años. Un indicador clarísimo fue la exitosa serie The Wire, que transmitió HBO, entre 2002 y 2008. Ambientada en Baltimore, fue una crítica sofisticada y feroz al prohibicionismo de las drogas presentado como racista, destructivo y estéril. La movilización social simultánea ha provocado que alrededor de 50% de los estadounidenses esté a favor de alguna forma de legalización de la marihuana.

América Latina evolucionó al paralelo. Los ex presidentes Fernando Henrique Cardoso, César Gaviria y Ernesto Zedillo lanzaron una tesis (esa política "no funciona y tiene un costo altísimo en vidas humanas") y urgieron a buscar alternativas que incluyen la "regulación" de la cannabis, que equiparan con el tabaco y el alcohol. Diversos mandatarios Laura Chinchilla (Costa Rica), José Mujica (Uruguay), Otto Pérez Molina (Guatemala), Juan Manuel Santos (Colombia) han secundado la idea con acciones concretas.

En México las mayorías están en contra de la legalización, tal vez por lo poco discutido del tema. Lo acontecido en Estados Unidos está generando reacciones porque es absurdo que su industria del cannabis prospere mientras nosotros ponemos a los muertos. El desasosiego crecerá a medida que se sientan las consecuencias de la legalización.

El Instituto Mexicano para la Competitividad difundió el pasado 31 de octubre un estudio sobre el posible impacto en México de la legalización en Estados Unidos. Concluyó que provocaría una "disminución considerable" de los ingresos de los cárteles mexicanos, porque la producción en Estados Unidos abastecería la demanda interna. A futuro, ¿crecerá el desempleo en nuestras repúblicas productoras de marihuana?

El referendo en Colorado y Washington está provocando reacciones. El gobernador de Colima, Mario Anguiano Moreno (PRI), anunció que se realizará en la entidad una consulta popular sobre la legalización; el presidente del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal (TSJDF), Edgar Elías Azar, se pronunció a favor de una discusión y el diputado perredista Fernando Belaunzarán alista una iniciativa.

En los últimos días de su gobierno, Calderón pregona las bondades de su mandato. Es indudable que rinde buenas cuentas en las variables macroeconómicas pero entrega pésimos resultados en la guerra contra las drogas. Según una encuesta de Cidena-Casede de 2011, 53% de la población piensa que el gobierno de Felipe Calderón "pierde la guerra".

¿Qué hará el cauto y pragmático Enrique Peña Nieto? ¿Encabezará una amplia discusión sobre la legalización y la seguridad o se encerrará en su burbuja dejando que los estadounidenses sigan zarandeándonos con sus decisiones unilaterales? El manazo a Calderón deja una lección: tiene que mexicanizarse la política contra las drogas porque es suicida seguir siendo un objeto moldeable para Estados Unidos.


· LA MISCELÁNEA

Buena noticia. Este miércoles 14 de noviembre Daniel Ávila Ruiz, senador panista por Yucatán, presenta una página repleta de información. Entra a la competencia por el sitio más transparente del legislativo. Competirá con Javier Corral (PAN), Mario Delgado (PRD) y Arturo Zamora Jiménez (PRI).


Comentarios: www.sergioaguayo.org; Twitter: @sergioaguayo; Facebook: SergioAguayoQuezada

Colaboraron Paulina Arriaga Carrasco y Maura Roldán Álvarez.

Credulidad y biología

Martín Bonfil Olivera (@martinbonfil65)
mbonfil@unam.mx
La ciencia por gusto
lacienciaporgusto.blogspot.com
Milenio

¿Por qué somos tan crédulos? En el reciente Coloquio Mexicano de Ateísmo el orador estrella, Michael Shermer, gran promotor del escepticismo (que combate seudociencias y supercherías) presentó sus ideas al respecto.

Shermer parte del hecho bien conocido de que el cerebro humano es una máquina de detectar patrones. En un mundo donde la supervivencia depende de la adaptación al medio, detectar regularidades que presenta la naturaleza es una gran ventaja. La sucesión día/noche, las estaciones del año, relacionar ciertos colores o texturas con frutos nutritivos o venenosos, todo ayuda a sobrevivir.

El problema es que a veces este mecanismo da “falsos positivos”, y entonces comenzamos a ver formas en las nubes, rostros en los objetos o vírgenes en las manchas de una pared. Esta pareidolia tiene sentido evolutivo: más vale equivocarse porque creímos ver un posible depredador que ser sorprendidos porque no lo detectamos.

Pero los humanos vamos más allá y tendemos, naturalmente, a atribuir significado a los patrones que detectamos. Entonces, sin pruebas suficientes, damos por hecho que un patrón (real o no) es una explicación para algo. Esta “patronicidad”, dice Shermer, está relacionada con la creatividad científica: los genios brincan a explicaciones penetrantes antes que sus colegas, pero un exceso puede llevar a errores y hasta alucinaciones.

Nuestro cerebro tiende a creer. Cuando comenzamos a atribuir intenciones a las cosas, a pensar que hay un agente detrás de ellas (“agenticidad”), simplemente llevamos el proceso un paso más allá. Comenzamos a ver planes, propósitos, detrás de las cosas (“todo ocurre por algo”), o conspiraciones, y pensamos que son reales. A veces los son. Otras no: más falsos positivos. El camino, concluye Shermer, nos ha llevado, de manera natural, al animismo y la religión.

La ciencia es un refinamiento del sentido común: ha desarrollado herramientas que nos permiten aprovechar la capacidad del cerebro para hallar patrones, pero también mantenerla bajo control, sometiéndola al riguroso escrutinio de la contrastación. No basta con que algo parezca ser así: hay que comprobarlo. He ahí la esencia del método científico.