diciembre 04, 2012

La violencia y sus orígenes

Rafael Cardona (@cardonarafael)
racarsa@hotmail.com
El cristalazo
La Crónica de Hoy

Los actores de este extenso acto de sabotaje urbano utilizaron técnicas de guerrilla pero con una variable: casi nunca hallan los combatientes callejeros respaldos institucionales desde el Congreso. Quien justifica los fines y condena a medias los medios, juega un juego peligroso.

Tras los acontecimientos de vandalismo y barbarie, como los llamó el jefe de Gobierno del DF, Marcelo Ebrard, quien ahora padece tardíamente accesos de sensatez en la observación de ese capítulo tan frecuente en el discurso en torno a las “protestas sociales”.

Una provocación orquestada, preparada, montada y entrenada por quien lo pueda hacer en una acción de comando cuyo objetivo fue un símbolo urbano, la Alameda Central, símbolo escenográfico de la recuperación de los espacios públicos ensayada con relativo éxito por el mejor alcalde del mundo.

Los actores de este extenso acto de sabotaje urbano utilizaron técnicas de guerrilla pero con una variable: casi nunca hallan los combatientes callejeros respaldos institucionales desde el Congreso. Su condición clandestina los obliga a operar sin redes de protección. Es decir; no tienen medios a su alcance ni quien públicamente meta las manos por ellos.

Aquí ha sido lo contrario. Ante los tímidos deslindes casi nunca acompañados por condenas reales a los actos cometidos y de los cuales se dicen ajenos, los movimientos sociales estilo “132” (para abreviar su definición colectiva), comparten las motivaciones pero difieren de los procedimientos, lo cual es una bonita forma de hacer el juego. Quien justifica los fines y condena a medias los medios, juega un juego peligroso.

Ha habido quienes en sus medios impresos –afines hasta en lo financiero a Morena—, relacionan el regreso del PRI con la violencia, como si el arribo de Peña al gobierno fuera motor, matriz y causa de los hechos delictivos y punibles. Bueno, punibles en otra parte del mundo, aquí nunca se castigan ni el motín, ni la asonada ni el vandalismo callejero, sea con cualquier pretexto, un “clásico” del futbol o un cambio de régimen.

El regreso del PRI podrá ser motivo de enojo en algunos enemigos políticos, pero no es causa de violencia. La trasgresión enmascarada, las bombas Molotov, los petardos, los ataques a bancos, restaurantes; los camiones convertidos en arietes flamígeros, los cilindros de gas, los ataques a comercios en general; la destrucción de estatuas históricas y parques recién remodelados; las pintas sobre el mármol juarista (mi hemiciclo, le llama MEC) son causadas por la intransigencia, la tendencia anarquizante y el terrorismo en pequeño, pero ninguno de esos fenómenos obedece a la generación espontánea.

Hay quienes aún creen en la violencia como la partera de la historia, como nos quiso enseñar hace ya muchos años Lenin y de cuya memoria no quedan huellas ni en los libros de historia en Rusia. Pero en fin.

El regreso del PRI no ha causado la violencia. Su retorno –legal y así calificado por todas las instancias reales, sin atender a la imaginación o las ficciones—, ha sido usado como pretexto para el motín impune. Eso es otra cosa como también lo fue el ataque incendiario a la sede sonorense del partido, acto cuya comisión también quedará sin castigo tanto como en Nuevo León.

Pero para la prensa y otros medios “políticamente correctos” es mucho más fácil editorializar sobre los conceptos de Ricardo Monreal y sus denuncias en la tribuna de la Cámara de Diputados sobre homicidios no cometidos y muy difícil reconocer los errores de juicio y más aún, las tendencias de los anarquizantes incrustados en una forma de guerrilla cuya extinción se va a dar—si prospera— de la manera previsible.

“Carlos Valdivia es el primer asesinato político, recientemente muerto, hace unos minutos por soldados con una bala de goma y gases lacrimógenos, ¿se sienten contentos? Sigan gritando y sigan riéndose”, dijo el zacatecano.

“La fuerza del Estado que ayer se usó para masacrar a los jóvenes, hoy se está usando para reprimirlo”. Esta frase no puede ser más heroica. No importa si esta equivocada. Carlos Valdivia no les dio el gusto de pasear su cadáver por el Paseo de la Reforma. Esperarán con paciencia una muerte.

Ayer, 24 horas publicó:

“La policía capitalina reportó que la herida de Carlos Yahir Valdivia García, manifestante herido y trasladado a la Cruz Roja de Polanco, es operado en estos momentos por las esquirlas del ‘petardazo’ y que la intervención es delicada. Valdivia llegó inconsciente al nosocomio producto de una lesión de petardo en el ojo”.

—¿Cómo se explica esta grave herida? ¿Acaso el Ejército (como dice Monreal) utiliza petardos, cuya manufactura casera es de uso frecuente en los “movimientos sociales”, tanto como las bombas Molotov con gasolina y ácido mezclados?

Pero en la búsqueda de un cadáver cualquier recurso en conveniente, hasta la perorata de Layda Sansores convertida en abogada de los detenidos. Abogada exitosa, por cierto, pues los verá en la calle antes del canto del gallo.

PACTO

El viernes de la semana pasada en una entrevista previa a su toma de posesión el presidente Enrique Peña Nieto explicaba su confianza en el advenimiento de una nueva época de comprensión política y trabajo conjunto y ponía como ejemplo el todavía no firmado (aun cuando si convenido) Pacto por México, cuya firma daba por segura para esta semana. No fue así, se firmó el domingo. Ya no en Querétaro, como se había querido inicialmente sino en el Castillo de Chapultepec.

Ahí tuvo su primera intervención el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, quien explicó la importancia del pacto en un país donde por su composición actual, ninguna fuerza “puede imponer su visión o un programa único”.

“Las reformas que el país necesita no pueden salir adelante sin un acuerdo ampliamente mayoritario”, argumentó Osorio Chong, quien advirtió además sobre la creciente influencia de los poderes fácticos y su reto y obstáculo a la vida institucional del país y el funcionamiento pleno del aparato estatal.

“Es tarea del Estado mexicano someter, mediante la legalidad, los intereses particulares que obstruyan el interés nacional”.

Ojalá.

Al menos, no estorben

Víctor Beltri (@vbeltri)
Analista político
contacto@victorbeltri.com
Excélsior

Es el momento de preguntarnos, en lo individual, qué haremos con las propuestas de Peña Nieto. Qué haremos con nuestro país.

México en paz, combatiendo la pobreza y la desigualdad, con educación de calidad, próspero, y con presencia internacional. Es difícil negar la atingencia entre los ejes propuestos por Enrique Peña Nieto para su gobierno y el diagnóstico que al efecto han propuesto organizaciones ciudadanas, think tanks, intelectuales de todos los colores y la oposición misma. Más aún, cuando estas directrices de gobierno son planteadas en el marco de un acuerdo nacional de gran calado, en el que las principales fuerzas políticas se comprometan a buscar las coincidencias que hagan posibles las reformas y cambios que el país necesita para garantizar su viabilidad a largo plazo, lo que por otra parte también había sido propuesto, anteriormente, por organizaciones civiles como México a Debate, entre otras.

Peña Nieto no se queda sólo con lo importante y pone sobre la mesa también lo urgente: prevención del delito; protección de víctimas; homogeneidad en materia penal; combate al hambre; protección de jefas de familia; pensiones a adultos mayores; reforma educativa; desarrollo de infraestructura; conectividad ferroviaria; competencia en telecomunicaciones; acotamiento a la deuda de los estados; déficit fiscal cero y medidas de austeridad.

Es claro que algo pasó con el PRI en los últimos 12 años. O, tal vez, en los últimos 12 meses. El partido autoritario y lejano a la ciudadanía al que tanto se temía parece haberse decidido a tomar al toro por los cuernos, e incorporar en una propuesta de gobierno las inquietudes de una sociedad que se reconoce despierta y dispuesta a actuar para conseguir el desarrollo y la paz social anhelados por tanto tiempo. La propuesta, sin duda, ha causado sorpresa, conmoción y la duda razonable entre quienes esperaban un estilo de gobierno anquilosado y un retorno a las viejas prácticas del pasado.

¿Qué hacer con las propuestas de Enrique Peña Nieto? La sociedad parecería decantarse entre el repudio y el entusiasmo. Por un lado, quienes aducen que la elección que lo llevó al poder está viciada de origen, y que esto descalifica de pleno cualquier acción de gobierno que emprenda, parecen tenerlo muy claro. Resistencia civil pacífica, renuncia al diálogo, manifestaciones callejeras. La misma actitud que se mantuvo en contra de Felipe Calderón y que, sin duda, marcó y obstaculizó en buena medida su gestión. Provocar el colapso de las instituciones en virtud de una supuesta autoridad moral basada en la repetición, ad náuseam, de las citas citables de un Juárez que se convierte en el oráculo de un líder con más tintes religiosos que políticos. Hablar del amor mientras el rostro no disimula una mueca de frustración ante cualquier logro de quienes no merecen un adjetivo diferente al de espurios, oligarcas, mafiosos. Alimentar el odio de quienes no han contado con las oportunidades necesarias para forjarse un futuro, en vez de trabajar en el presente para otorgárselas.

Lo vimos en las calles, este fin de semana. La violencia que no propone, las consignas del encono, la brecha social como bandera. La manipulación de quien repite que su movimiento no es sino pacífico mientras, con la otra mano, alimenta la división basada en el rencor. Y, así, por otros seis años, bajo otras siglas, con otras banderas, visitando uno tras otro todos los municipios del país para dejar el mensaje del fracaso perpetuado y la esperanza basada en una sola persona. El contraste con el mensaje de inclusión y reconciliación es más que evidente.

Por otro lado están los entusiastas. Los creyentes a ciegas. Los que creen a pies juntillas en unos colores, asisten a los mítines y se comprometen con una causa, ya sea por convicción o por interés personal. Ellos ya están trabajando, recibiendo indicaciones y esperando integrarse, lo antes posible, a la posición desde la que puedan ser parte del plan maestro.

Sin embargo, hay una tercera vertiente cuya importancia no puede negarse y que tal vez sea la más valiosa: la de los escépticos. Aquellos que pueden o no haber votado por el PRI, pero que están preocupados por la situación del país y dispuestos a hacer algo al respecto. Ellos son los interesantes, los que pueden cambiar a México. Los que están dispuestos a escuchar el mensaje sin matar al mensajero, a escuchar las propuestas y meditarlas. A integrarse en los diferentes proyectos con una mirada crítica, trabajar en ellos y señalar sus deficiencias. Los que cuestionan, los que vigilan, los que denuncian la apatía de quienes repudian sin pensar, y al mismo tiempo no están dispuestos a tolerar a quienes se entusiasman buscando tan sólo el propio beneficio. Los que dejan atrás la trinchera fácil del cinismo para pasar al frente del compromiso.

Hoy es el primer lunes de un sexenio que comienza con propuestas sustantivas y proyectos realizables. Un sexenio que, por la situación mundial que atravesamos, y las circunstancias nacionales, puede ser determinante en la construcción del México del futuro. Es el momento de preguntarnos, en lo individual, qué haremos con las propuestas de Peña Nieto. Qué haremos con nuestro país. Y actuar en consecuencia, con una salvedad: los que repudian, al menos no estorben.

¿Y qué infiltraron los 'infiltrados'?

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

Todos quienes hemos organizado manifestaciones y mítines sabemos el riesgo de los provocadores infiltrados para hacer pasar por delincuentes y vándalos a los manifestantes. No siempre conseguimos evitarlos. Pero este sábado 1 de diciembre, ¿de qué manifestación o mitin pacíficos se desprendieron unos provocadores infiltrados por “la mafia del poder” para destrozar a su paso cuanto encontraron en el bello centro de la ciudad de México?

No hubo manifestación ni mitin, sino citatorio tempranero para entregarse a vandalismo puro, rapiña, incendios, atracos, destrozos. Arrojaron un camión de volteo contra las vallas de dos y medio metros de altura y acero reforzado “que no eran necesarias y resultaban insultantes”, habían dicho PRD y sus comadres cuando se instalaron. Por suerte permanecieron las que cerraban los accesos de mayor importancia.

La técnica para evitar los infiltrados es sencilla: los contingentes se integran de forma identificable: Facultad de Ciencias, Sindicato de Organilleros, Club de Poetas Estridentes: de esa forma se evidencia toda persona desconocida. Luego se acordonan las orillas para que no se infiltren provocadores y, por último, si no se logra el control con esos medios, hay una comisión de orden de la manifestación que, ante una desbandada con fines ajenos a la marcha interviene y, si es necesario, ejerce la fuerza necesaria. Dicho en forma elegante: los para a chingadazos. Para eso formamos las comisiones de orden en marchas y mítines. ¿O no?

El rector Barros Sierra, ingeniero, no confió en nadie, cuando encabezó la primera manifestación del 68, sino en los alumnos de Ingeniería, a quienes dio la vigilancia del orden. A pesar de eso, se desprendió un grupo al grito de “¡Al Zócalo!” No eran provocadores, eran estúpidos: el Ejército estaba a dos cuadras. Se reintegraron a la manifestación.

Se cubre el rostro el delincuente que ya planeó asaltar un banco, robar una tienda a mano armada. Lo hace, es una obviedad decirlo, para no ser identificado por cámaras ni testigos. Así iban este sábado y bien provistos hasta de gas para hacer sopletes.

SÚPLICA a mis lectores: No desciendan a la Gran Cloaca Máxima que escurre sus miasmas aquí abajo. Admito que he leído comentarios inteligentes, críticas justas, precisiones aceptables. Pero ya no me asomo. Que los inmundos se debatan en su inmundicia y en su anonimato (que no se perdería ni poniendo nombre y foto): no les den el placer de saberse leídos, son inmunes a argumentos porque no los leen. Hagamos todos el vacío.

Sugerencia: Otros días, otros años, Planeta, 2008.